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XXI Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

(Is 22, 19-23; Sal 137; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20)

Entra dentro de ti, aunque vivas un tiempo de descanso un tanto extrovertido. No pierdas la ocasión que te ofrece la Palabra que se proclama este domingo. Jesucristo ha entregado a la Iglesia el poder divino de perdonar los pecados, de desatar la conciencia, secuestrada tantas veces por la mala memoria.

En la parte I, hablamos sobre lo que sucede cuando hay sequedad o aridez en la oración. En la segunda, vimos nuestra parte en la batalla. Hoy, veremos la parte de Dios en ese combate*.

Un lector pregunta: Estimado Padre John, desde hace mucho tiempo he estado utilizando la meditación para orar, pero últimamente estoy experimentando sequedad. Siento que no saco mucho fruto de ella como antes. ¿Será que estoy en la «noche oscura del alma»? Si no, ¿qué es lo que me está pasando y qué debo hacer?

Habiendo explicado el sentido de la señal de la cruz, para qué hacerla y cuándo hacerla, explico ahora cómo hacerla.

La señal de la cruz se hace...

- Con plena conciencia: dándole todo el sentido que tiene como explicamos en el artículo anterior. Como todo gesto religioso, debe hacerse con fe y convicción para que sea un acto de oración. Por ejemplo, al entrar en una iglesia y santiguarse con agua bendita, puede ser toda una renovación de las promesas bautismales.

A ti, la gloriosa, Virgen y Madre, Santa María, a quien los discípulos de tu Hijo veneraron como a madre propia, por fidelidad al testamento del Crucificado, y a quien nosotros seguimos venerando del mismo modo.

A ti, la Bienaventurada, la llenada de gracia, según el saludo del ángel, elevada a lo más alto del cielo, a cuya casa los discípulos de tu Hijo sintieron la necesidad de acudir a la hora de tu tránsito para despedirte y sentir tu última mirada terrena, y a quien nosotros acudimos también para sentirnos mirados por tus ojos misericordiosos.

En la parte I, hablamos sobre lo que sucede con la sequedad o la aridez en la oración. Hoy, veremos nuestra parte en la lucha*.

Un lector pregunta: Estimado Padre John, desde hace mucho tiempo he utilizado la meditación para orar, pero últimamente estoy experimentando sequedad. Siento que no saco mucho fruto de ella, como antes. ¿Será que estoy en la «noche oscura del alma»? Si no, ¿qué es lo que me está pasando y qué debo hacer?

 

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