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IV Domingo de Pascua - Jornada mundial por las vocaciones

(Act 4, 8-12; Sal 117; 1Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18)

Se nos ha concedido conocer a quien ha vencido a la muerte y nos ha rescatado de un futuro incierto. Jesucristo es nuestro Salvador. “No se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (Act 4, 12).

Jesús fue a la muerte para rescatarnos del abismo. Su Pasión no fue un accidente, sino la consumación de un proyecto divino. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3, 1). Hemos obtenido esta filiación por gracia, en razón de la entrega total de Jesús. Por Él y en Él nos sabemos y somos hijos de Dios.

III Domingo de Pascua

(Act 3, 13-15. 17-19; Sal 4; 1Jn 2, 1-5; Lc 24, 35-48)ç

Textos para contemplar

“Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1Jn 2, 1-2).

“El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén” (Lc 24, 47-48).

Necesitamos de Otro que nos perdone

No quieras soportar injustamente la sombra de tu historia malversada. No intentes huir de la voz que en lo más profundo de ti te dicta tu conciencia. No te justifiques aplicando sobre tu zona oscura el argumento de tus obras buenas, incluso generosas.

La frase «conversación con Dios» describe muy bien la oración cristiana. Cristo ha revelado que Dios es una persona real y que está interesado –apasionadamente interesado- en nuestras vidas, nuestra amistad, nuestra cercanía. Para los cristianos, entonces, la oración, como lo explicó el Papa Benedicto XVI cuando visitó Yonkers, Nueva York en el 2007, es una expresión de nuestra «relación personal con Dios». Y esa relación, continuó diciendo el Santo Padre, «es lo que más importa».

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(Gén 9, 8-15; Sal 24; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15)

Desde el primer domingo de Cuaresma, las lecturas nos ofrecen la perspectiva de la Pascua. Gracias a quien será levantado en alto, vendrá sobre la tierra la Alianza definitiva, no solo la que selló Dios con Noé -"Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes. Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra" (Gén 9, 13)-, sino la que sella para siempre mediante su Hijo en la Cruz.

Si en tiempos antiguos la revelación anunciaba el perdón divino, cuánto más no será el ofrecimiento de la misericordia que se nos regala, por la ofrenda de Cristo. "... la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas- se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva" (1 Pe 3,20).

Una queja paradójica

En los pasados dos artículos comenzamos una reflexión alrededor del silencio de Dios. Lo contemplamos desde diversos puntos de vista, para ayudarnos a comprender siquiera un poco, a aceptar, a conocer, a abrazar en la fe, a vivir este misterio bello, por ser Suyo, pero que tantas veces nos sorprende y algunas veces puede causar inquietud, constituir un obstáculo para el encuentro sereno y amoroso con Él en nuestra ermita interior.

A veces Dios parece mudo, indiferente, a nuestras súplicas. Cuando su silencio se prolonga incluso por años puede llegar a ser una experiencia tremendamente dolorosa para el alma que lo busca con sinceridad.

 

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