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XVII Domingo del tiempo ordinario, ciclo A

(1Re 3, 5. 7-12; Sal 118; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52)

¡Qué distinto es el concepto de sabio en la estimación social de la valoración que hace la Biblia! Según el parecer humano, el sabio e inteligente de este mundo se muestra arrogante, seguro, poseído de sí, por los dones que cree tener y el dominio que posee sobre la especialidad de la que es experto. En cambio, el sabio para Dios es aquel que, como Salomón, sabe discernir lo recto de lo torcido, lo bueno, lo perfecto, lo mejor.

D

espués de haber respondido a la pregunta ¿Cómo rezar bien el Avemaría? vamos a comentar el avemaría con la intención de que al pronunciar cada frase lo hagamos con pleno sentido.

En el año 1525 se encuentra ya el avemaría en los catecismos populares, pero la fórmula definitiva tal y como nosotros la rezamos la fijó Pío V en 1568, con ocasión de la reforma litúrgica.

XVI Domingo del tiempo ordinario, ciclo A


(Sb 12, 13. 16-19; Sal 85; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-43)

¡Qué diferente eres de nosotros, Señor! Cuando nos ofenden, solemos reaccionar de manera violenta y resentida. Nos justificamos en el daño que nos han hecho para legitimar el gesto de enojo, de rechazo, la decisión de mantener enemistad con quien de alguna manera nos hiere. Tú, en cambio, "eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan" (Sal 85).

Cuando queremos hablar con la Virgen María podemos decirle lo que queramos de manera sencilla y natural, lo que brote del corazón, y cuanta más devoción pongamos, mejor. La fórmula del avemaría es un excelente vehículo, probado millones de veces durante siglos, para tener un encuentro filial con nuestra Madre del cielo. El avemaría nos ofrece palabras y actitudes adecuadas para venerarla, invocarla, decirle algo que sabemos que a ella le agrada y que a nosotros nos hace bien.

Santa Teresa de Ávila tiene unas poesías magníficas y en cada una de ellas podríamos sacar muchas enseñanzas sobre la oración porque reflejan el estado de un alma que elevada su corazón a Aquel que sabía que le amaba y lo hacía con una familiaridad admirable y al mismo tiempo con el respeto proprio de quien sabía que trataba con la divina Majestad. Una de las poesías más conocidas es la que tiene como estribillo: "Vuestra soy, para vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?". Esta oración de Santa Teresa corresponde a lo que San Ignacio llama el "principio y fundamento" en sus ejercicios espirituales, es decir, reconocer que venimos de Dios y que vamos a Dios.

 

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