11 julio,2018

El dolor como camino de santificación

Credo del dolor

El dolor ha sido sin duda un camino de santificación en mi vida. Un camino misterioso, a veces incomprensible, otras difícil de soportar, pero siempre un camino hacia Dios. Y esto no es mérito mío, es Él quien ha salido a mi encuentro cada vez.

En los momentos más difíciles de mi vida se las ha ingeniado para hacerse presente, para que mi fe no desfalleciera, para que renovara mi abandono confiado a su voluntad o simplemente para acompañarme en mi dolor desde la cruz. Siempre haciendo patente su amor infinito y perfecto.

A los trece años, me encontré con un crucifijo hermoso que hasta hoy está grabado en mi memoria. ¡Era tan realista! El cuerpo de Cristo estaba cubierto en su totalidad de heridas, al observarlo por detrás se podía ver cada una de las marcas de la flagelación. Nunca había visto algo así. Nunca me había detenido a pensar en la dimensión del dolor que Jesús había soportado por nosotros, siendo Dios, sólo por amor. A partir de entonces, mi dolor cobraría otro sentido al unirlo al de Él.

La oración de abandono que aprendí en quinto de primaria, las experiencias en las misiones, los sabios y tan oportunos consejos de sacerdotes han sido ejemplos de como nuestro Señor me ha protegido y acompañado siempre para que yo pudiera hacer una experiencia de amor y fe en medio de los periodos más oscuros de mi vida.

En cada una de mis dificultades, en los momentos de mayor miedo o duda, siempre se me ha atravesado un Sagrario. Cristo Eucaristía ha sido mi fiel compañero en cada crisis. Cuando me encuentro con Él, puedo sentirme muy triste, llorar a mares, pero nunca me voy sin haber recibido su amor y consuelo. El Espíritu Santo se las arregla para traer a mi mente frases como: “Todo colabora para el bien de los que aman a Dios”, “Nadie será tentado más allá de sus fuerzas”, “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo”, “El amor es más grande”, “El león de Judá ha vencido”, “El Señor es mi refugio y mi salvación” o tantas otras que brincan a mi cabeza sin saber cómo.

De la vida de los Santos y sobre todo del ejemplo de María Santísima he aprendido el poder redentor del dolor. Ofrecer el dolor permite darle un sentido de eternidad.

En alguna visita al Sagrario, le pedí a Cristo que me diera más sufrimiento, que yo quería acompañarlo de esa manera, que con Él, todo lo podía soportar. Pero ¡cuidado! Bastó una pena más para que me derrumbara y me diera cuenta que me había instalado en la soberbia y la autosuficiencia, que yo no era capaz de nada, que todo es gracia y don de Dios. Sin embargo, en su misericordia infinita, Él me permitió darme cuenta de mi error y nuevamente me acogió.

Hoy, no me acostumbro a sufrir sino que renuevo mi confianza y abandono todos los días, no me siento fuerte o capaz, sino que reconozco mi debilidad y limitaciones, hoy sé que Dios está siempre conmigo y que me ama. Hoy, le pido no olvidarlo nunca. Sé que su mano está siempre extendida hacia mí, pero le pido que no sea yo la que me suelte.