¿Cómo Orar?

¿Cómo rezar bien el Rosario?

¿Cómo rezar bien el Rosario?

Tres angustias radicales del ser humano son: perder el sustento, el miedo a la muerte y no encontrar el descanso eterno.

La Virgen María conoce bien a sus hijos, sabe que estas preguntas nos escuecen por dentro y que se nos presentan con mayor o menor fuerza según las circunstancias, los tiempos, la personalidad y la conciencia de cada uno. Por ello hacemos bien en pedirle: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.”

Al rezar el Rosario desde nuestra realidad de hijos, pecadores y en camino, le presentamos esta súplica 50 veces seguidas.

Pensé que el tema podría venir a cuento ahora que estamos en el mes de Mayo, mes de la Madre. ¿Cómo rezar el santo rosario? 

Orar con María

Orar con María

Necesitamos a una madre que nos enseñe a orar

Muchas cosas no nos salen si las hacemos solos. Necesitamos a los demás. Necesitamos aprender. Y la oración es un arte que requiere una profunda humildad porque parece que necesita un volver a empezar, un aprender siempre de nuevo, una conquista que hay que realizarla cada día.

Precisamente el mérito de la oración es que nos devuelve el alma de niños, que nos hace siempre tener un corazón dispuesto a maravillarse por la vida, por lo bello, por la luz, por el aire, por la bondad; que nos devuelve la capacidad de sorprendernos, de tener el estupor de que hablaba Juan Pablo II. Pero esto requiere un reconocerse niño, un saberse siempre necesitado, un reconocerse mendigo, un corazón contrito y humillado. Y por eso es que necesitamos en la oración la presencia y la compañía de María.

La oración ¿me hace más alegre?

La oración ¿me hace más alegre?

 

Está claro que la oración no quita los problemas. No es la oración una panacea universal de resolución de los infinitos problemas humanos que surgen en las diversas circunstancias y ámbitos de la vida. Por ello no poca gente se pregunta, ¿para qué sirve la oración? ¿Me hace sentirme mejor? ¿Me hace más bueno? ¿Me hace más alegre, más feliz? ¿Qué es lo que me da para que merezca la pena dedicarle tiempo, energías y dedicación? Estas preguntas reflejan la mentalidad utilitarista en la que vivimos en la que siempre se busca una utilidad en lo que hacemos, pero como son preguntas que es lícito ponerse, vale la pena tratar de ofrecer algunas pistas que nos ayudan a encontrar el valor de la oración.

¿Cuál es el mínimo de oración que debemos hacer cada día?

¿Cuál es el mínimo de oración que debemos hacer cada día?

Conocí un matrimonio que ha formado una familia con 7 hijos. Ambos trabajan, tienen un buen grupo de amigos, cada año van de misiones en familia. El día de fin de año hicieron un balance de su vida matrimonial. Reconocieron que la relación se estaba enfriando. Se dedicaban a cuidar, educar y mantener a sus hijos, pero estaban descuidando su vida matrimonial . Decidieron poner los medios para asegurar al menos 15 minutos diarios de estar los dos juntos, totalmente el uno para el otro. Durante esos 15 minutos ponen una veladora a la puerta de su habitación y un letrero: “Tiempo para mamá y papá”. Los hijos saben que durante ese espacio no se les puede interrumpir.

éxito en la vida, en dos pasos

El éxito en dos pasos sencillos

«El pecador ha de sentir siempre que tus palabras proceden exclusivamente de tu caridad. Las palabras caritativas han de preceder siempre a las recomendaciones punzantes. Si quieres ser útil a las almas de tus prójimos, recurre primero a Dios de todo corazón y pídele con sencillez que te conceda esa caridad, suma de todas las virtudes y la mejor garantía de éxito en tus actividades» (San Vicente Ferrer, Tratado sobre la vida espiritual). 

7 medios prácticos para formar el hábito de la presencia de Dios

7 medios prácticos para formar el hábito de la presencia de Dios

En las últimas dos notas he hablado sobre el hábito más importante la vida espiritual: el hábito de la presencia de Dios. Allí he explicado en qué consiste. Ahora propongo algunos medios prácticos para vivir en la presencia de Dios.

Ayúdame, oh Señor, a ser misericordioso

Cuando sufres y no entiendes nada

¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Cómo lo permite Dios? ¿Qué hice para merecer este castigo? ¿Qué será de mi futuro? Son preguntas hirientes que brotan con frecuencia en medio del sufrimiento.

Con el salmista (Sal 30) gritamos:

“Piedad, Señor, que estoy en peligro:

se consumen de dolor mis ojos,

mi garganta y mis entrañas.”

Le damos vueltas con la cabeza y no entendemos nada. Es simplemente incomprensible. Toda la sensibilidad se retuerce y a veces se rebela. No es para menos. “No lo entiendo, Señor, no tiene ningún sentido, no me entra en la cabeza.”