El corazón de Cristo y la paz del alma: (5) El Corazón herido

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Sagradp Corazon y paz interiori

«Simón, ¿me amas?» (Jn 21, 16)

Quien ama, quiere saber que el amor es correspondido. Uno de los dolores más tristes del ser humano es la indiferencia del amado. Cristo sabe todo, sabe que Pedro le ama, y aun así lo quiere escuchar. Y Pedro no soporta que Cristo dudara de su amor: Pedro se entristeció de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21, 17).

Hoy, Cristo nos muestra su corazón ardiente de amor, y nos pregunta a cada uno de nosotros: ¿Me amas?

Su corazón ama con amor divino, aquel amor infinito que movió al Verbo a emprender la obra de la redención. Y ama con un amor humano tierno y apasionado, pues el amor divino ha asumido un corazón de carne. Quiere escuchar nuestra respuesta.

Llamas y espinas

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús es un símbolo místico de la anchura y longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo que excede todo conocimiento (Ef 3, 18-19). Las llamas que brotan del corazón indican el fuego, la pasión, el ardor de ese amor. Las espinas que circundan su corazón indican nuestros pecados e infidelidades, que le hacen sufrir y sangrar.

Pero por muchas que sean las espinas, por mucho que se multipliquen las heridas, nunca endurecen su corazón ni ahogan el fuego de su amor. Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo, dice el Cantar de los Cantares (8, 7). La multitud de nuestros pecados no extingue el amor divino, pues el amor cubre multitud de pecados (1Pe 4, 7).

Si nuestros pecados no sofocan la hoguera de su amor, ¿nos permitiremos por ello añadir nuevas espinas, abrir nuevas llagas? Sor Lucía, una de las tres videntes de Fátima, narra que la Santísima Virgen les dijo una vez con inmenso dolor: “Digan a los hombres que ya no pequen más. No ofendáis más a Dios, Nuestro Señor, que ya está muy ofendido”. Su Corazón no deja de amar, pero no por eso deja de dolerse.

Un fuego que se multiplica

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». En la vigilia Pascual, encendemos nuestras velas en la llama del Cirio pascual. Pidámosle al Señor que de modo semejante el fuego de su Corazón ardiente encienda nuestros corazones. Que nos participe un amor que ama a todos. Un amor que ama sin límites a las personas cercanas – a nuestros esposos y esposas, a nuestros parientes, a la familia política, a los compañeros de trabajo, a los miembros de la propia comunidad; un amor que también ama, a ejemplo del buen samaritano, a todo “prójimo”: al extranjero que cruza en nuestro camino, a toda persona necesitada cuyo sufrimiento tenemos la posibilidad de aliviar.

Pidámosle que esta llama sea como la suya, un amor que no se enfría, un corazón que nunca se endurece. Que las heridas que recibamos – y las más dolorosas suelen venir de las personas cercanas – no apaguen nuestro amor ni lo disminuyan.

Recordemos la promesa: en la mansedumbre y humildad de corazón, unidos al Corazón ardiente del Salvador, “encontraréis descanso para vuestras almas”.

Para hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús:

Contemplemos el Corazón Sagrado de Jesucristo, ardiente y llagado de amor.

No hiramos más al Corazón de Dios.

Ni a nuestros semejantes.

Ni permitamos que las heridas que recibimos menoscaben la calidad de nuestro amor.

Corazón de Jesús, ardiente de amor por nosotros, inflama nuestro corazón de amor por ti.

El corazón de Cristo y la paz del alma: (1) La Promesa

El corazón de Cristo y la paz del alma: (2) El Padre

El corazón herido y la paz del alma: (3): El yugo y la tierra

El corazón de Cristo y la paz del alma: (4) El agua viva


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