El corazón de Cristo y la paz del alma: (2) El Padre

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Padre Dios

«Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». (Jn 11, 41-42)

Esta frase, pronunciada por Jesús en el momento de resucitar a Lázaro, revela una vivencia íntima, fuente de alegría interior: Cristo sabe que el Padre le ama y siempre le escucha.

Todos tenemos una profunda necesidad de sabernos dignos de amor. Ayuda aún más sabernos efectivamente amados. Es la seguridad que los buenos padres dan a sus hijos. Así fue también, y en grado superlativo, la experiencia interior que Jesús tenía de su Padre Celestial, fuente de gozo interior a lo largo de su vida y de fortaleza en la Pasión. ¡Qué frutos produjo en su alma humana, unida a la Persona divina, esta convicción entrañable: “El Padre me ama”! (Cfr. Jn 3, 35; 17, 24). Y él quiere que nosotros también conozcamos a su Padre: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar… Aprended de mí, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28). Tenemos nuestros padres terrenales, y nos sabemos amados por ellos; pero, como recuerda el Catecismo (239), “nadie es padre como lo es Dios”.

Penetrando el corazón de Cristo

¿Qué podemos descubrir en el evangelio sobre esta experiencia interior del Señor?

Cuando Jesús adolescente va a Jerusalén con María y José, nosotros decimos que “estuvo perdido”; pero, en realidad, en el Templo, él estaba muy en casa. Dice a María: «¿No sabías que tenía que estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2, 49). Más tarde, en su vida pública, al ver a los mercaderes que profanan el Templo, se indigna, y les echa fuera. Estará cada día enseñando en el Templo como en su propia casa (Cfr. Lc 19, 47).

En diversos momentos de su vida pública, levantará una esquina del velo de su intimidad, como cuando dice a Nicodemo: «El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano» (Jn 3, 35). O como referido arriba en la resurrección de Lázaro: «Gracias, Padre. Sé que siempre me escuchas».

Hay momentos en que el Padre quiere que esta verdad íntima de Cristo sea conocida por sus seguidores. En el bautismo de Jesús en el Jordán, el Padre proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1, 11). En el Tabor, los tres apóstoles escuchan: «Este es mi Hijo amado» (Mc 9, 7).

En la Pasión y Resurrección:

En su pasión, Jesús sigue teniendo en el fondo de su alma la presencia amorosa de su Padre. Durante la última cena, prevé el abandono de los apóstoles, y afirma: «Me dejaréis solo, pero no estoy solo, el Padre está conmigo» (Jn 16, 32).

En Getsemaní, los apóstoles le oyen dirigirse al Padre con el vocablo Abbá, que combina veneración, cariño y confianza. Con esa confianza, Jesús vive en medio de los tormentos lo que un día había dicho: «el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él» (Jn 8, 28-29). Y esa confianza le permite decir al final: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (Lc 23, 46).

Y ya resucitado, el Padre sigue al centro: «Como el Padre me envió, así yo os envío» (Jn 19, 21).

Para hoy:

Pidamos el gozo de saber que el Padre nos mira con afecto paternal. Él desea que dejemos atrás todo pecado, y repite a cada uno: “eres un hijo muy amado”. Bajo la acción del Espíritu Santo, pronunciemos desde el fondo de un corazón en paz: “Abbá, padre”.


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