La Anunciación; Misterio de Acogida

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PRIMER MISTERIO (II)

La Anunciación, misterio de Acogida

Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a un pueblo de Galilea, llamado Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David. La virgen se llamaba María. Cuando entró, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en tu seno y a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, le llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto posible, si no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y le llamarán Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y ya está en el sexto mes la que era considerada estéril, porque no hay nada imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel la dejó y se fue. (Lc 1, 26-37)

A veces damos excesiva importancia a nuestras propias palabras, para con frecuencia terminar descubriendo que sólo nosotros las escuchábamos, que no era un diálogo sino un monólogo. Otras veces nos parece que no hallamos palabras. No sabemos qué decirle a una persona que lo necesita. No sabemos qué responder a una pregunta que nos interpela vitalmente. No sabemos hallar palabras para orar y nos parece que no sabemos rezar.

En la Universidad Gregoriana de Roma, una gran biblista, Bruna Costacurta, sigue impartiendo sus clases, en aulas siempre repletas a causa de una multitud improvisada de alumnos que ya no tienen que cursar su materia, entre los que me cuento. Nos gusta acudir a escuchar la sabiduría de esta mujer que lleva más de cuarenta años de docencia, y sigue inspirándonos el deseo de orar con la Palabra. En una clase en que introducía su curso sobre los Salmos y libros sapienciales, nos explicaba: cuando un niño nace, ni sabe ni puede hablar. Apenas crezca un poco, sus padres comenzarán a repetirle las palabras que necesita aprender. Le enseñarán a decir papá, mamá, agua, pan, gracias… Dentro de poco, el niño las hará suyas. Y formará sus propias frases. Con ellas se expresará, se comunicará, se relacionará. Pero serán siempre palabras heredadas de sus padres. Palabras que no ha inventado él, sino que sus padres le han dado para que pueda dirigírselas a ellos y a los demás. Lo mismo sucede con la Palabra de Dios. Nos es dada por el Padre; si la acogemos, penetra nuestra existencia, vivimos con ella y desde ella, y espontáneamente se la regresamos.

«Portadora del Verbo, mucho antes de concebirlo, María aprendió a ofrecerse de Aquel que es todo entero consentimiento al Padre. Formada por el Espíritu, ella ve, sin saberlo, que la actividad más fecunda del hombre es ser capaz de su Dios. De modo que la humilde sierva puede responder al Anuncio con todo su ser, mediante la Palabra misma de su Señor en el principio de los tiempos: «Hágase» (Lc 1, 38 y Gn 1,3)». (Jean Corbon, Liturgia Fontal, p.42)

Aquella misma Palabra que el Padre pronunció por el Espíritu Santo en la primera Creación, Palabra que era su Hijo, hace germinar desde el corazón de María, la Nueva Creación, la del Nuevo Adán, en Jesucristo. De esta manera, María primero concibió la Palabra y luego la vistió de Carne. El Espíritu Santo desciende sobre la virgen de Nazaret, y Ella, con un Sí penetrado de fe, acoge la semilla que el Señor sembrará en su cuerpo. Ese Sí es ya Palabra encarnada en ella. La misma que le enseñaron sus padres, la que heredó de su pueblo, eco vivo de los patriarcas y los profetas… Su corazón, lleno del Espíritu Santo, lleno de gracia, pronuncia al Verbo: «Hágase».

Entre el Espíritu y María emerge una sinergia fraguada en el silencio de un amor cotidiano, profundo y añejo, a pesar de la corta edad de la virgen. María puede pronunciar la Palabra, porque la ha Acogido. Y la ha Acogido porque se experimenta inundada de este Amor, porque su vida ya le pertenece al Amado de tal manera que su único deseo es escuchar Su voz, conocer Su querer, para abrazarlo y hacerlo suyo con todo su ser.

«En la Encarnación del Verbo, María no es un lugar inerte, sino que con todo su ser personal se ofrece, se da, se entrega al Espíritu Santo. Del mismo modo, el Padre no envía desde lejos a su Espíritu para realizar su designio redentor: Él se da, al entregar a su Hijo único, en su Espíritu de amor. Desde la sinergia de este primer Pentecostés, todo es gratuito, personal, poder del Espíritu. Quien no queda impresionado por este misterio de la concepción virginal del Verbo, no puede acoger «la revelación de lo que debe llegar pronto» (Ap 1,1,) porque siempre será así como el Rio de Vida entrará en nuestra carne. De ahora en adelante, todo lo que es carne está impregnado de la Energía del Amor. Cuando el Río de Vida se une a la Energía de la Acogida, toma nombre; al fin, el Nombre humano con el que el Padre se dice y nos dice a su Hijo amado: JESÚS. Entonces ¡estalla la Alegría! La Fuente está aquí, todavía escondida en la kénosis, pero ha nacido». (Corbon, p.43)

En el mosaico que contemplamos, vemos a María traspasada por la Palabra que desciende, la recorre y penetra, y, gracias a su Sí, continúa su camino. Es la misma Palabra con la que «muchas veces y de muchas maneras Dios ha hablado en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas» (Hb 1,1), que nos habla de la historia del plan de Salvación revelado por Dios, escrita con las vidas de aquellos que la acogieron: Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés… También la vida de María, revestida de Palabra viva, es revelación del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, que ha llegado hasta nosotros. Su vida es historia de la Nueva Alianza, es Palabra de Dios. Su «hágase», no es ya tan sólo la Palabra de Dios que ella pudo pronunciar «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4). Su pequeño «hágase» podemos decir que en cierto sentido provocó la Encarnación de Hijo de Dios. Y el Verbo recibió y asumió de los labios de su Madre su propio «Hágase».

María, ¿y qué decías cuando dijiste «hágase en mí según tu Palabra»? Decías, que ahora te callabas tú, para que Él hablara, y que te vaciabas para que Él llenara tu seno de su Presencia viva. Que acallabas toda voz en tu interior que quisiera oponerse al plan del Padre. Que abandonabas todo temor que pudiera constituir un freno a la acción de Dios y te entregabas toda entera con inaudita confianza para que Él obrara en ti lo que con toda evidencia era para el hombre imposible. Que la iniciativa era Suya y tú le ofrecías tu ser entero para secundarla. Y que le ibas a dejar hacer, porque «nada hay imposible para Dios». Y el ángel te dejó y se fue.

«Al acoger la palabra de Dios hay un camino de soledad del hombre con su Dios. En la vida de todo cristiano hay inevitablemente un discernimiento de fondo: qué palabra, qué voz seguir. El mosaico hace ver que la Palabra atraviesa a María, pero María se ha confiado totalmente a ella, apoyándose sobre ella. Así sucede con cada uno de nosotros». (Centro Aletti, Mosaicos… p.18)

El ángel se ha ido y María se ha quedado sola. Sola con la Palabra, que la colma de Presencia. En compañía de Jesús. Los ojos cerrados para contemplar el misterio que en Ella se encarna. Los oídos cubiertos con el manto rojo que representa la presencia y la santidad de Dios que reviste su vida, para indicar la Voz a la que la llena de gracia escucha y responde con todo su ser. Su cuerpo abrazado y recostado sobre la Palabra, a la que a partir de hoy abrazará y llamará Hijo suyo, en mutuo abandono, descanso, confianza y entrega.

Ella se ha quedado en silencio, para escuchar al Otro. Su vida se ha vuelto un diálogo de mutua donación.

«Mi boca no sabe cómo llamarte, oh hijo del Viviente.

Si me atrevo a llamarte hijo de José tiemblo, porque tú no eres semilla suya.

Pero de negar su nombre tengo miedo, porque es a él a quien he sido dada por esposa. Aunque seas Hijo del Uno, te llamaré hijo de muchos

porque no son suficientes para ti miles de nombres:

tú eres Hijo de Dios, pero también Hijo del hombre, e hijo de José,

hijo de David e hijo de María.

¿Quién ha hecho al que no tiene lengua Señor de las lenguas?

Debido a tu concepción pura me calumnian los malvados.

Sé tú, oh santo, el defensor de tu Madre.

Muestra prodigios que les persuadan sobre el origen de tu concepción.

Por tu causa me odian todos, oh tú que amas a todos.

Soy perseguida por haber concebido y dado a luz al único refugio de los hombres.

Que se alegre Adán porque eres la llave del paraíso.

Se estremece el mar contra tu Madre, como contra Jonás.

Herodes, como una ola furiosa, quiere ahogar al Señor de los mares.

¿A dónde debo huir? Enséñamelo tú, oh maestro de tu Madre.

Huiré contigo para obtener la vida, por medio de ti, en todo lugar.

Contigo la fosa ya no es una fosa, porque en ti se sube al cielo.

Contigo el sepulcro ya no es sepulcro, porque tú eres también la resurrección».

 (San Efrén el Sirio, Himnos sobre la Navidad, 6, 1-16, cit. en Centro Aletti, Mosaicos… p.18)