20 septiembre,2018

Salmo 129: Desde lo hondo a ti grito, Señor

SALMO 129

1 Desde lo hondo a ti grito, Señor;
2 Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

3 Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
4 Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

5 Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
6 mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

7 Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
8 y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Catequesis de Benedicto XVI

19 de octubre de 2005

Un canto a la misericordia divina

1. Se ha proclamado uno de los salmos más célebres y arraigados en la tradición cristiana: el De profundis, llamado así por sus primeras palabras en la versión latina. Juntamente con el Miserere ha llegado a ser uno de los salmos penitenciales preferidos en la piedad popular.

Más allá de su aplicación fúnebre, el texto es, ante todo, un canto a la misericordia divina y a la reconciliación entre el pecador y el Señor, un Dios justo pero siempre dispuesto a mostrarse «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7). Precisamente por este motivo, el Salmo se encuentra insertado en la liturgia vespertina de Navidad y de toda la octava de Navidad, así como en la del IV domingo de Pascua y de la solemnidad de la Anunciación del Señor.

La misericordia de Dios infunde respeto

2. El salmo 129 comienza con una voz que brota de las profundidades del mal y de la culpa (cf. vv. 1-2). El orante se dirige al Señor, diciendo: «Desde lo hondo a ti grito, Señor». Luego, el Salmo se desarrolla en tres momentos dedicados al tema del pecado y del perdón. En primer lugar, se dirige a Dios, interpelándolo directamente con el «tú»: «Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto» (vv. 3-4).

Es significativo que lo que produce el temor, una actitud de respeto mezclado con amor, no es el castigo sino el perdón. Más que la ira de Dios, debe provocar en nosotros un santo temor su magnanimidad generosa y desarmante. En efecto, Dios no es un soberano inexorable que condena al culpable, sino un padre amoroso, al que debemos amar no por miedo a un castigo, sino por su bondad dispuesta a perdonar.

Esperanza del orante y de Israel

3. En el centro del segundo momento está el «yo» del orante, que ya no se dirige al Señor, sino que habla de él: «Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora» (vv. 5-6). Ahora en el corazón del salmista arrepentido florecen la espera, la esperanza, la certeza de que Dios pronunciará una palabra liberadora y borrará el pecado.

La tercera y última etapa en el desarrollo del Salmo se extiende a todo Israel, al pueblo a menudo pecador y consciente de la necesidad de la gracia salvífica de Dios: «Aguarde Israel al Señor (…); porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa: y él redimirá a Israel de todos sus delitos» (vv. 7-8).

La salvación personal, implorada antes por el orante, se extiende ahora a toda la comunidad. La fe del salmista se inserta en la fe histórica del pueblo de la alianza, «redimido» por el Señor no sólo de las angustias de la opresión egipcia, sino también «de todos sus delitos». Pensemos que el pueblo de la elección, el pueblo de Dios, somos ahora nosotros. También nuestra fe nos inserta en la fe común de la Iglesia. Y precisamente así nos da la certeza de que Dios es bueno con nosotros y nos libra de nuestras culpas. Partiendo del abismo tenebroso del pecado, la súplica del De profundis llega al horizonte luminoso de Dios, donde reina «la misericordia y la redención», dos grandes características de Dios, que es amor.

Reflexiónd e S. Ambrosio

4. Releamos ahora la meditación que sobre este salmo ha realizado la tradición cristiana. Elijamos la palabra de san Ambrosio: en sus escritos recuerda a menudo los motivos que llevan a implorar de Dios el perdón.

«Tenemos un Señor bueno, que quiere perdonar a todos», recuerda en el tratado sobre La penitencia, y añade: «Si quieres ser justificado, confiesa tu maldad: una humilde confesión de los pecados deshace el enredo de las culpas… Mira con qué esperanza de perdón te impulsa a confesar» (2, 6, 40-41: Sancti Ambrosii Episcopi Mediolanensis Opera SAEMO, XVII, Milán-Roma 1982, p. 253).

En la Exposición del Evangelio según san Lucas, repitiendo la misma invitación, el Obispo de Milán manifiesta su admiración por los dones que Dios añade a su perdón: «Mira cuán bueno es Dios; está dispuesto a perdonar los pecados. Y no sólo te devuelve lo que te había quitado, sino que además te concede dones inesperados». Zacarías, padre de Juan Bautista, se había quedado mudo por no haber creído al ángel, pero luego, al perdonarlo, Dios le había concedido el don de profetizar en el canto del Benedictus: «El que poco antes era mudo, ahora ya profetiza -observa san Ambrosio-; una de las mayores gracias del Señor es que precisamente los que lo han negado lo confiesen. Por tanto, nadie pierda la confianza, nadie desespere de las recompensas divinas, aunque le remuerdan antiguos pecados. Dios sabe cambiar de parecer, si tú sabes enmendar la culpa» (2, 33: SAEMO, XI, Milán-Roma 1978, p. 175).

 

Comentario del Salmo 129

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

La presente súplica, individual o colectiva, es uno de los llamados «salmos penitenciales». La petición por el perdón de los pecados y el canto de esperanza se hermanan. Diría incluso que el segundo aspecto prevalece sobre el primero en la medida en que el salmista confiesa su angustia y su fe, su confianza en Dios que perdona los pecados. Tal es la verdadera seguridad de Israel. Los tres momentos que se suceden se articulan en torno a la persuasión. El salmista persuade a Dios para que le escuche (vv. 1-2), se persuade a sí mismo de que Dios le escucha y perdona (vv. 3-4), persuade finalmente al pueblo para que confíe en Dios, que de hecho atiende y acoge (vv. 5-8).

En la celebración comunitaria, este salmo, que es fundamentalmente una lamentación individual, debe conjugar la persuasión individual con la colectiva. Podemos adoptar uno de estos dos modos de rezo:

Que un salmista cante las estrofas y la asamblea conteste cantando «Mi alma espera en el Señor…».

Si se recita, se puede asumir una salmodia litánica del siguiente modo:

Salmista, Persuasión divina: «Desde lo hondo… a la voz de mi súplica» (vv. 1-2).

Asamblea, «Desde lo hondo, a ti grito, Señor».

Salmista, Persuasión personal: «Si llevas cuenta… infundes respeto» (vv. 3-4).

Asamblea, «Desde lo hondo, a ti grito, Señor».

Salmista, Persuasión comunitaria: «Mi alma espera… de todos sus delitos» (vv. 5-8).

Asamblea, «Desde lo hondo, a ti grito, Señor».

De lo profundo a lo excelso

Lo «profundo» es, en sentido directo, las aguas abismales, caóticas y vacías que amenazan a lo creado (Gn 1,2). En sentido trasladado es la angustia o la culpabilidad. ¿Cómo levantarse de lo «profundo» hasta «lo excelso»? Por el momento es suficiente con que un grito desgarre la oscuridad y llegue hasta Dios, que escucha. Una vez que Cristo descendió hasta «lo profundo», hasta el reino de la muerte, por haber asumido una carne de pecado, subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Cristo exaltado es un grito sustantivo que ha suprimido la distancia entre el abismo profundo y el excelso celeste. La angustiosa pregunta de Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?», tiene una respuesta: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7,24-25).

Tú eres un Dios de perdón

Verdad es que ningún hombre vivo es inocente frente a Dios, que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, que nadie puede decir «no he pecado» sin hacer mentiroso a Dios. Junto a esto, el Dios de la Alianza se proclama Dios de perdón. La consecuencia de esta definición fue hacer de Cristo la víctima propiciatoria por nuestros pecados. La sangre de Cristo obró la purificación del pecado. Así es como nos infunde respeto; es decir, adoración, acción de gracias y un temor reverencial, que no minimiza la realidad de nuestro pecado, sino que exalta su actitud misericordiosa. Esperamos en el Señor, esperamos en su palabra clemente, porque Cristo está siempre vivo para interceder en favor nuestro.

Dios es grande en perdonar

Nadie espera la aurora tan ansiosamente como el centinela. También amanecerá la misericordia del Señor sobre el hombre y sobre el pueblo pecador. Será una mañana espléndida, porque Díos es grande en perdonar. Un futuro hecho presente desde que resonaron aquellas palabras en nuestra tierra: «Ánimo, hijo, tus pecados son perdonados» (Mt 9,2). Muchas ovejas perdidas han sido encontradas desde entonces. Tienen el rostro de la Samaritana, de Zaqueo, de Simón Pedro, de Pablo, mi propio rostro. También yo «conseguí misericordia, para que en mí primeramente mostrase Jesucristo toda su longanimidad» (1 Tim 1,16). En cada creyente se va preparando el Señor la esposa santa e intachable hasta que pueda presentarla engalanada como una novia ataviada para su Esposo (Ap 21,2). Dios redimirá a la Iglesia de todos los delitos.

Resonancias en la vida religiosa

Un grito desde lo hondo: El grito más desgarrador y más significativo de toda nuestra historia fue aquel que Jesús moribundo lanzó en la cruz. Había recorrido el camino del destierro, lejos de su Patria, lejos de su Padre; había entrado en la angustiosa y desesperada condición del hombre; se había solidarizado en todo, menos en el pecado, con nosotros. Y cuando llegó hasta el fondo-fondo de nuestra condenación gritó al Padre. Era su grito una súplica esperanzada desde la más absoluta desgracia. Era el grito colectivo de toda la humanidad pecadora. Pero al mismo tiempo la potencia de la súplica revelaba la inmensa confianza que Jesús depositaba en el Padre; Él sabía que debía anhelar impacientemente la aurora de la resurrección, y entonces todo quedaría transformado, y Dios respondería a la oración, redimiendo, liberando a la humanidad.

Sintonizamos con el grito de Cristo, cuando también nosotros reconocemos la hondura terrible del pecado en que nos encontramos nosotros y los hombres que pueblan nuestro planeta. Nuestro grito ha de estar potenciado con el grito dolorido de tantos hombres y mujeres desesperados. Pero hemos de poner en él un acento de infalible esperanza: ¡Que aguarde el mundo la aurora de la liberación copiosa y abundante! ¡Que la esperanza desborde la magnitud imponente del gemido y de la súplica!

Oraciones sálmicas

Oración I: Mira, Señor, nuestra postración; estamos abismados en nuestro pecado y quisiéramos vernos libres de él; escucha nuestro grito y libéranos de este cuerpo de muerte, como liberaste a tu Hijo, que asumió nuestra misma carne pecadora, y a quien exaltaste sobre todo lo creado. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración II: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti, Señor, y, sin embargo, Tú eres un Dios de perdón y por la sangre de tu Hijo purificaste nuestros pecados; recibe por ello nuestra adoración, nuestra acción de gracias, la expresión de nuestro temor reverencial, que exalta tu actitud misericordiosa. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración III: Nuestra alma te aguarda, como centinela a la aurora; la presencia de tu Hijo, Padre, abrió en el mundo un amanecer de perdón y misericordia, que llegó a su culmen cuando en la mañana de Pascua restauraste el universo; recibe nuestro agradecimiento y alabanza vespertina. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Comentario del Salmo 129

Por Maximiliano García Cordero

Esta deprecación está transida de compunción y humildad. El salmista reconoce sus pecados, y, por tanto, su rehabilitación espiritual sólo depende de la misericordia infinita de su Dios. Confiado en su bondad, implora perdón y protección para él y para su pueblo. La oración de Nehemías implorando perdón por su pueblo (Neh 1,4-11) tiene muchas afinidades conceptuales y de expresión con este salmo, que tiene también una proyección nacional.

Algunas frases del salmo aparecen en la oración de Salomón según 2 Par 6,40-42. Por su contenido es comparable al salmo 85. Es uno de los siete «salmos penitenciales» de la liturgia.

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. Lejos de sentirse el salmista alejado de su Dios, toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza.

El salmista se siente anegado en un abismo de inquietudes y de pesares; por eso, desde lo profundo de su aflicción se dirige a su Dios para que le preste auxilio, rehabilitándolo en su vida de amistad con Él. En realidad, su esperanza está en su misericordia y su prontitud al perdón, pues si no olvida los pecados y los guarda cuidadosamente en su memoria, reteniendo la culpabilidad de los hombres, ¿quién podrá subsistir o mantenerse incólume ante su tribunal? Nadie puede hacer frente a las exigencias de la justicia divina. Pero la medida con que trata a sus siervos no es la de la justicia, sino la de la extrema indulgencia, invitándoles así a un temor reverencial basado en el agradecimiento del que ha sido perdonado.

Basado en esta indulgencia del Señor, el salmista espera en Él con impaciencia y ansiedad más que los centinelas por la aparición de la aurora para ser relevados de su puesto de vigilancia. En esta espera ansiosa, el salmista representa a Israel como colectividad nacional, vejado por pueblos opresores y ansioso de redención. La longanimidad e indulgencia de Yahvé dan confianza al pueblo elegido para pedir su plena rehabilitación a pesar de sus numerosas iniquidades.