Salmo 147: Glorifica al Señor, Jerusalén

1163

SALMO 147

12 Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
13 que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
14 ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

15 Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
16 manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

17 hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
18 envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

19 Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
20 con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Catequesis de Juan Pablo II

5 de junio de 2002

La Eucaristía y la Palabra que sacian al hombre

1. El Lauda, Jerusalem, que acabamos de proclamar, es frecuente en la liturgia cristiana. A menudo se entona el salmo 147 refiriéndolo a la palabra de Dios, que «corre veloz» sobre la faz de la tierra, pero también a la Eucaristía, verdadera «flor de harina» otorgada por Dios para «saciar» el hambre del hombre (cf. vv. 14-15).

Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía: «Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice: el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6,53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?» (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

Los estudiosos ponen de relieve que este salmo está vinculado al anterior, el salmo 146, constituyendo una única composición, como sucede precisamente en el original hebreo. En efecto, se trata de un único cántico, coherente, en honor de la creación y de la redención realizadas por el Señor. Comienza con una alegre invitación a la alabanza: «Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa» (Sal 146,1).

Bendición de Dios sobre Jerusalén

2. Si fijamos nuestra atención en el pasaje que acabamos de escuchar, podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación dirigida a la ciudad santa, Jerusalén, para que glorifique y alabe a su Señor (cf. Sal 147,12).

En el primer momento (cf. vv. 13-14) entra en escena la acción histórica de Dios. Se describe mediante una serie de símbolos que representan la obra de protección y ayuda realizada por el Señor con respecto a la ciudad de Sión y a sus hijos. Ante todo se hace referencia a los «cerrojos» que refuerzan y hacen inviolables las puertas de Jerusalén. Tal vez el salmista se refiere a Nehemías, que fortificó la ciudad santa, reconstruida después de la experiencia amarga del destierro en Babilonia (cf. Ne 3, 3.6.13-15; 4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). La puerta, por lo demás, es un signo para indicar toda la ciudad con su solidez y tranquilidad. En su interior, representado como un seno seguro, los hijos de Sión, o sea los ciudadanos, gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina.

La imagen de la ciudad alegre y tranquila queda destacada por el don altísimo y precioso de la paz, que hace seguros sus confines. Pero precisamente porque para la Biblia la paz (shalôm) no es un concepto negativo, es decir, la ausencia de guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el salmista introduce la saciedad con la «flor de harina», o sea, con el trigo excelente, con las espigas colmadas de granos. Así pues, el Señor ha reforzado las defensas de Jerusalén (cf. Sal 87,2); ha derramado sobre ella su bendición (cf. Sal 128,5; 134,3), extendiéndola a todo el país; ha dado la paz (cf. Sal 122,6-8); y ha saciado a sus hijos (cf. Sal 132,15).

La Palabra de Dios es la creación

3. En la segunda parte del salmo (cf. Sal 147,15-18), Dios se presenta sobre todo como creador. En efecto, dos veces se vincula la obra creadora a la Palabra que había dado inicio al ser: «Dijo Dios: «haya luz», y hubo luz. (…) Envía su palabra a la tierra. (…) Envía su palabra» (cf. Gn 1,3; Sal 147, 15.18).

Con la Palabra divina irrumpen y se abren dos estaciones fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace que descienda sobre la tierra el invierno, representado de forma pintoresca por la nieve blanca como lana, por la escarcha como ceniza, por el granizo comparado a migas de pan y por el frío que congela las aguas (cf. vv. 16-17). Por otro, una segunda orden divina hace soplar el viento caliente que trae el verano y derrite el hielo: así, las aguas de lluvia y de los torrentes pueden correr libres para regar la tierra y fecundarla.

En efecto, la Palabra de Dios está en el origen del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza. La humanidad es invitada a reconocer al Creador y a darle gracias por el don fundamental del universo, que la rodea, le permite respirar, la alimenta y la sostiene.

La Palabra de Dios como tesoro

4. Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de alabanza (cf. vv. 19-20). Se vuelve al Señor de la historia, del que se había partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso, el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: «Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos» (v. 20).

Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a los judíos en el Deuteronomio: «¿Cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4,8).

La creación y la historia como revelación

5. Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y la historia, así existen dos revelaciones: una inscrita en la naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de san Juan- y sin ella no se ha hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo «carne», es decir, entró en la historia y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,3.14).

 

Comentario del Salmo 147

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

El autor de este himno vivió probablemente en tiempos de Nehemías. Por entonces se reconstruyeron las murallas de Jerusalén, pero el pueblo está pasando momentos de escasez y de hambre, de luchas con los persas, con los samaritanos y con un grupo de judíos aprovechados. Nuestro salmista vuelve los ojos, una vez más, a Dios, auténtico fortín de Israel. Las huellas de su presencia son clamorosas en la creación, orientada a la regeneración del pueblo. La reunión de los dispersos, la renovación de los destruidos, la reconstrucción de la ciudad de Dios, la ayuda salvadora a los desamparados y la paz sobre la ciudad y el país, ¿no testimonian la presencia de Dios? El pueblo ha recibido, sobre todo, la gracia de la Palabra. ¿Con qué pueblo obró Dios así?

No es tan importante describir los motivos temáticos de alabanza, cuanto advertir la presencia benefactora de Dios en medio de su pueblo. Por eso, este himno dirigido al Señor absoluto de los acontecimientos puede ser salmodiado al unísono.

Las fortificaciones de la unidad

En medio de los sudores de la reconstrucción, el pueblo recibe una palabra de aliento: «Yo seré para Jerusalén -dice el Señor- como una muralla de fuego alrededor». La presencia de Dios en la ciudad es la mejor fortificación. Nuestro salmista así lo comprende: Dios ha reforzado los cerrojos de las puertas, ha puesto paz en las fronteras; ahora ha de ser glorificado y alabado. La nueva ciudad, la «Cristópolis», sí que tiene a Dios en medio; no vacila. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Aun cuando en el momento presente camine en el claroscuro de la fe, espera que se le confiera la inmunidad de la Jerusalén celeste, a la que nada manchado podrá tocar. Que la Iglesia entone himnos de alabanza al «Dios-con-ella». Dios ha reforzado los cerrojos de sus puertas.

«Voy a crear regocijo y alegría»

La lamentable situación vivida poco ha llega a su ocaso. Vuelven a resonar cantarinas las voces del esposo y de la esposa, las voces alegres de los niños. Dios comienza a crear «regocijo» y «alegría» para una población juvenil. El gozo del esposo por la novia es el que Dios tiene por su pueblo. Es un Dios fecundo que llena las plazas de la ciudad de muchachos y de muchachas. Jerusalén abandonada, vieja madre estéril, genera a numerosos hijos. Son más los hijos de la abandonada que los de la casada. Han venido del judaísmo, han salido de toda nación pagana, hasta completar una muchedumbre incontable. Son fruto de la sementera vertida en el seno de María Virgen. El viejo Simeón y la encanecida Ana, hija del rostro de Dios, alaban a Dios y pueden marcharse en paz. Dios ha creado regocijo y alegría, por lo que Sión -Iglesia siempre joven- glorifica y alaba a su Señor.

La Palabra de Dios es fecunda

La única Palabra de Dios, creadora y reveladora, ha sido anunciada a Jacob, confiada al pueblo de Israel. La Palabra de Dios crea a Israel. Con la peculiaridad de que esa Palabra rebasa las estrechas fronteras de Israel, corre veloz por toda la tierra y se forma un pueblo ingente. Cristo, procedente de Israel según la carne, es la Palabra creadora y reveladora. El judío ortodoxo y el heterodoxo, así como también el pagano, están convocados por una misma Palabra. Quien cree en la Palabra venida a nosotros, como los samaritanos, como el funcionario regio con toda su familia, no será condenado. Ha aceptado la Luz que posibilita llegar a ser hijos de Dios. Con ninguna nación obró Dios como con nosotros. Exultantes, glorificamos al Señor nuestro Dios.

Resonancias en la vida religiosa

Somos alternativa: La comunidad religiosa está llamada a ser testigo de la paz escatológica del Reino: en ella se ha de anticipar la seguridad de que Dios Padre ofrece la paz del Espíritu, la saciedad de las bienaventuranzas de Jesús, la «domesticación» cristológica de la naturaleza («nieve como lana», «escarcha como ceniza», «hielo como migajas»), las relaciones confidenciales de Dios con sus elegidos. Jesús contagió primero con su presencia y después con la comunicación de su Espíritu estas actitudes escatológicas a su comunidad; de Él proceden.

Llamados a revivirlas constantemente, hemos de ofrecer a un mundo en el que todo se relativiza y cuestiona la alternativa de la seguridad que brota de la fe; en una sociedad dividida y enemistada, la alternativa de la paz vivificante; en una historia de dolor sin-sentido, la alternativa de las bienaventuranzas; en una naturaleza ecológicamente desequilibrada, la alternativa de su comprensión sacramental y humanizadora; en una humanidad, demasiado propensa al ateísmo y al idolismo, la alternativa del encuentro humilde y amoroso con Dios.

La fuerza de la Gracia de Dios en nuestra comunidad nos convoca a la alabanza y a la glorificación, pues con ella somos la alternativa esperada.

Oraciones sálmicas

Oración I: Después de haber probado a tu pueblo, Señor, pusiste paz en sus fronteras, reforzaste los cerrojos de la ciudad y saciaste a sus habitantes con flor de harina; mira también las dificultades de tu Iglesia, bendice a sus hijos, sácialos con el Pan Eucarístico, para que anuncien el Evangelio a toda nación y, de este modo, te alaben a Ti, su Dios y Señor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Oración II: Oh Dios, que en los tiempos finales mandaste a tu Hijo único, nacido de una mujer, para que todos los hombres recibieran la adopción filial; llena las plazas de nuestra ciudad con nuevas voces, que lleven tu mensaje a toda nación, bendice a los hijos de tu Iglesia y recibe la alabanza que te tributan por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: En otro tiempo, Dios nuestro, hablaste a nuestros padres de un modo fragmentario y múltiple; en los tiempos finales nos has hablado por medio de tu Palabra, que ha corrido veloz de un extremo a otro de la tierra; abre el corazón de todos los hombres, a fin de que acepten tu Palabra, lleguen a ser hijos tuyos y sepan que con ninguna nación obraste así, Tú, nuestro Dios y Padre que vives por los siglos de los siglos. Amén.

 

Comentario del Salmo 147

Por Maximiliano García Cordero

El salmo 147 de la Vulgata y de la Liturgia de las Horas, que es sólo la segunda parte del salmo 147 de la versión hebrea, nos propone un canto de acción de gracias por la paz y la prosperidad de Jerusalén, y, sobre todo, por haberle dado el Señor la Ley por la que se distingue de todas las naciones, y que es prueba de la predilección divina por Israel.

Los israelitas tienen una obligación especial de entonar alabanzas a Yahvé por haber fortalecido las murallas de la ciudad reforzando los cerrojos de sus puertas y difundiendo sus bendiciones sobre sus habitantes. Conforme a las antiguas promesas, Yahvé ha dado paz a su pueblo, asegurando sus fronteras y proporcionándole trigo de la mejor calidad.

Los fenómenos atmosféricos, por su parte, se ordenan a una fructificación de la tierra al servicio del hombre: la nieve, la escarcha, el hielo, tienen un origen misterioso para el hagiógrafo, y su formación obedece a órdenes concretas y directas del mismo Dios, según la concepción religiosa de la naturaleza y de la vida.

Finalmente, el salmista pondera el mayor beneficio recibido por el pueblo elegido: la Ley, en la que se manifiesta concretamente y de modo minucioso la voluntad divina. El mismo Dios que dirige el curso de la naturaleza se ha dignado escoger a Israel como «heredad» suya particular, entregándole sus estatutos para su mejor gobierno y para asegurar el camino de la virtud, que merece las bendiciones del Omnipotente. Ningún pueblo puede gloriarse de haber sido objeto de tal predilección por parte del Creador.