Salmo 136, 1-6: Junto a los canales de Babilonia

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SALMO 136, 1-6

1 Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
2 en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras.

3 Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión».

4 ¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
5 Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha;

6 que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías.

[7 Señor, toma cuentas a los Idumeos
del día de Jerusalén,
cuando se incitaban: «Arrasadla,
arrasadla hasta el cimiento».

8 Capital de Babilonia, ¡criminal!
¡Quién pudiera pagarte los males
que nos has hecho!
9 ¡Quién pudiera agarrar y estrellar
tus niños contra las peñas!]

Catequesis de Benedicto XVI

30 de noviembre de 2005

Contenido del Salmo 136

1. En este primer miércoles de Adviento, tiempo litúrgico de silencio, vigilancia y oración como preparación para la Navidad, meditamos el salmo 136, que se ha hecho célebre en la versión latina de su inicio, Super flumina Babylonis. El texto evoca la tragedia que vivió el pueblo judío durante la destrucción de Jerusalén, acaecida en el año 586 a. C., y el sucesivo y consiguiente destierro en Babilonia. Se trata de un canto nacional de dolor, marcado por una profunda nostalgia por lo que se había perdido.

Esta apremiante invocación al Señor para que libre a sus fieles de la esclavitud babilónica expresa también los sentimientos de esperanza y espera de la salvación con los que hemos iniciado nuestro camino de Adviento.

La primera parte del Salmo (cf. vv. 1-4) tiene como telón de fondo la tierra del destierro, con sus ríos y canales, que regaban la llanura de Babilonia, sede de los judíos deportados. Es casi la anticipación simbólica de los campos de concentración, en los que el pueblo judío -en el siglo que acaba de concluir- sufrió una operación infame de muerte, que ha quedado como una vergüenza indeleble en la historia de la humanidad.

La segunda parte del Salmo (cf. vv. 5-6), por el contrario, está impregnada del recuerdo amoroso de Sión, la ciudad perdida pero viva en el corazón de los desterrados.

La situación de destierro

2. En sus palabras, el salmista se refiere a la mano, la lengua, el paladar, la voz y las lágrimas. La mano es indispensable para el músico que toca la cítara, pero está paralizada (cf. v. 5) por el dolor, entre otras causas porque las cítaras están colgadas de los sauces.

La lengua es necesaria para el cantor, pero está pegada al paladar (cf. v. 6). En vano los verdugos babilonios «los invitan a cantar, para divertirlos» (cf. v. 3). Los «cantos de Sión» son «cantos del Señor» (vv. 3-4); no son canciones folclóricas, para espectáculo. Sólo pueden elevarse al cielo en la liturgia y en la libertad de un pueblo.

Comentario de S. Agustín

3. Dios, que es el árbitro último de la historia, sabrá comprender y acoger según su justicia también el grito de las víctimas, por encima de los graves acentos que a veces asume.

Vamos a utilizar una meditación de san Agustín sobre este salmo. En ella el gran Padre de la Iglesia introduce una nota sorprendente y de gran actualidad: sabe que incluso entre los habitantes de Babilonia hay personas comprometidas en favor de la paz y del bien de la comunidad, aunque no comparten la fe bíblica, es decir, aunque no conocen la esperanza en la ciudad eterna a la que aspiramos. Llevan en sí mismos una chispa de deseo de algo desconocido, de algo más grande, de algo trascendente, de una verdadera redención. Y él dice que incluso entre los perseguidores, entre los no creyentes, se encuentran personas con esa chispa, con una especie de fe, de esperanza, en la medida que les es posible en las circunstancias en que viven. Con esta fe también en una realidad desconocida, están realmente en camino hacia la verdadera Jerusalén, hacia Cristo. Y con esta apertura de esperanza también para los babilonios -como los llama Agustín-, para los que no conocen a Cristo, y ni siquiera a Dios, y a pesar de ello desean algo desconocido, algo eterno, nos exhorta también a nosotros a no fijarnos simplemente en las cosas materiales del momento presente, sino a perseverar en el camino hacia Dios. Sólo con esta esperanza más grande podemos también transformar este mundo, de modo adecuado. San Agustín lo dice con estas palabras: «Si somos ciudadanos de Jerusalén, (…) y debemos vivir en esta tierra, en la confusión del mundo presente, en esta Babilonia, donde no vivimos como ciudadanos sino como prisioneros, es necesario que no sólo cantemos lo que dice el Salmo, sino que también lo vivamos: esto se hace con una aspiración profunda del corazón, plena y religiosamente deseoso de la ciudad eterna».

Y añade, refiriéndose a la «ciudad terrestre llamada Babilonia»: «Tiene personas que, impulsadas por el amor a ella, se esfuerzan por garantizar la paz -la paz temporal-, sin alimentar en su corazón otra esperanza, más aún, poniendo en esto toda su alegría, sin buscar nada más. Y vemos que se esfuerzan al máximo por ser útiles a la sociedad terrena. Ahora bien, si se comprometen con conciencia pura en este esfuerzo, Dios no permitirá que perezcan con Babilonia, pues los ha predestinado a ser ciudadanos de Jerusalén, pero con tal de que, viviendo en Babilonia, no tengan su soberbia, su lujo caduco y su irritante arrogancia. (…) Ve su esclavitud y les mostrará la otra ciudad, por la que deben suspirar verdaderamente y hacia la cual deben dirigir todo esfuerzo» (Esposizioni sui Salmi, 136,1-2: Nuova Biblioteca Agostiniana, XXVIII, Roma 1977, pp. 397. 399).

Pidamos al Señor que en todos nosotros se despierte este deseo, esta apertura hacia Dios, y que también los que no conocen a Cristo sean tocados por su amor, de forma que todos juntos estemos en peregrinación hacia la ciudad definitiva y la luz de esta ciudad brille también en nuestro tiempo y en nuestro mundo.

 

Comentario del Salmo 136, 1-6

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

Los israelitas recién retornados del destierro tienen fresca aún su nostalgia de Sión. Han vivido la lejanía de su tierra junto a los canales de Babilonia. Allí entonaban canciones sin música y con lágrimas por la tierra de la que fueron arrancados, la tierra de su Dios. La fértil tierra de otros dioses no era digna de la canción de los deportados. No sólo porque es hiriente satisfacer la ironía de los deportadores, sino, sobre todo, porque son canciones de Sión, canciones del Señor. No deben ser profanadas. Sión, el Señor, merecen todos los respetos, todos los amores: que se paralice la mano si se extiende hacia la lira -mudo testimonio de la desolación del deportado-, que se pegue la lengua al paladar si osare cantar otra cosa que no fuera Sión. Tal es el amor a Jerusalén, centro del salmo y de la nostalgia de los deportados.

En la celebración comunitaria hay que tener en cuenta que esta canción de los desterrados en Babilonia es la canción de la Iglesia extranjera y peregrina en el mundo. La entona la Iglesia, asamblea de creyentes; la Iglesia desgrana su nostalgia por Sión, nuestra patria. Es conveniente salmodiar esta canción al unísono.

Los desterrados, hijos de Eva

Babilonia es, ante todo, la distancia teológica con relación a Sión; distancia motivada por el pecado. Todo hombre guarda en el bolsillo un billete hacia Babilonia desde que Dios preguntara al primero de los hombres: «¿Dónde estás?». Incluso el Hombre, que no conoció el pecado, pero que nació de una mujer y bajo la Ley, ha estado en Babilonia porque Dios le hizo pecado (2 Cor 5,21). Allí se unió al llanto de los deportados, con ruegos, súplicas y poderoso clamor (Hb 5,7). Pero Dios cambió su luto en danza; su muerte, en exaltación gloriosa. Nosotros, desterrados hijos de Eva, «mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor» (2 Cor 5,6). Podemos derramar nuestra nostalgia junto a los canales de Babilonia, pero llenos de buen ánimo porque nos asiste la seguridad de poder vivir con el Señor.

Ciudadanos del cielo

La lejana patria lleva consigo una melancolía sustantiva que se pega al alma. Vienen bien unas lágrimas de desahogo. Procedente del seno del Padre, Jesús ha gustado nuestra melancolía; ha sufrido nuestras mismas pruebas. Nadie sorbió como él la angustia de un bautismo de sangre, porque nadie sabía como él su procedencia y su destino. Extranjeros en el mundo, como Jesús, los cristianos sufren en la espera de la redención de su cuerpo. Somos, en efecto, ciudadanos del cielo. La convicción clara de que existe un hogar patrio, más allá de los canales de nuestro destierro, imprime el deseo de partir para estar con Cristo. Es un eco de las palabras de Jesús: «Me voy al Padre». Quienes lleguen a la meta tomarán, nuevamente, las cítaras en sus manos, porque el Padre habrá enjugado las lágrimas de todos los rostros.

Jerusalén, el amor de los amores

Los desterrados juran un amor inquebrantable a Jerusalén, la tierra de Dios, la casa de los antepasados. Se volverá a adorar a Dios en Sión. De ella se volverá a decir «Dios está aquí». Los desterrados deben guardar para entonces sus músicas y sus cánticos, que son cánticos del Señor. ¡Qué hermoso poema de amor dramatizó Jesús en Jerusalén! Era conveniente que efectuara allí su partida, como un profeta. Al finalizar el drama, Dios está en Jerusalén. En Jerusalén se recibe el Espíritu. De Jerusalén sale la Buena Noticia hasta las extremidades de la tierra. Jerusalén es la ciudad del Dios vivo, a la que nos hemos acercado ya en el bautismo. En ella se levanta majestuosamente el Templo «no hecho por manos humanas». Algún día entraremos, y pasearemos, y gozaremos en la Ciudad de nuestro Dios, en la Jerusalén de arriba, madre de los cristianos. Suspirad por Jerusalén, amad a Jerusalén, cumbre de nuestras alegrías, el amor de nuestros amores.

Resonancias en la vida religiosa

¡Cómo cantar en tierra extranjera!: Solidarios con los pobres, los solitarios, los oprimidos, nosotros los religiosos estamos especialmente sensibilizados al descentramiento existencial producido por el pecado en nuestro mundo. Partícipes de la gloriosa esperanza de los hijos de Dios, anhelamos impacientemente la liberación definitiva de todo el universo en la Jerusalén celestial.

En tal situación rechazamos las fáciles alianzas con nuestros opresores; nuestros cantos no pueden ser narcóticos que diviertan o adormezcan las conciencias; más bien nos sentimos incitados a actuar una esperanza activa, que incomode y descentre a quien pone su centro en lo efímero, en lo destructor, y a proclamar un mensaje que convulsione las conciencias y las oriente decididamente hacia la conversión. Nuestra presencia profética es signo del mundo futuro, aliento de esperanza para los pobres y amenazante profecía para los orgullosos y prepotentes.

Oraciones sálmicas

Oración I: Mira, Padre, que mientras habitamos en el cuerpo vivimos lejos del Señor, como deportados en tierra extraña, sin alegría y sin música; alienta nuestra esperanza en este destierro, porque Tú convertirás nuestro luto en danza, nuestra muerte en exaltación gloriosa. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración II: Desterrados en este mundo, tenemos, Padre, nostalgia de Patria; Tú nos has constituido ciudadanos del cielo, moradores de tu casa; y por eso nuestra situación dolorosa tiene impreso el deseo de partir con Cristo hacia ti. Él, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: Padre, Tú que habitas en la Jerusalén celestial y que nos has acercado ya a ella por el bautismo, atráenos hacia ti, para que un día entremos, paseemos y gocemos en tu Ciudad, cumbre de nuestras alegrías, amor de nuestros amores. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Comentario del Salmo 136, 1-6

Por Maximiliano García Cordero

Para los judíos, la tierra patria era la única tierra sagrada del orbe, porque en ella tenía su morada el Dios de Israel. Todos los otros territorios resultaban profanos para su cerrada concepción religiosa nacionalista. Por eso, la ausencia de la tierra santa producía una nostalgia irreprimible entre los fieles israelitas. El salmista se considera morando en las tierras del opresor babilónico, y, por eso, su lengua enmudece en espera de poder reanudar las alabanzas de Yahvé en la tierra sagrada de sus antepasados. Esperando en los antiguos vaticinios proféticos, esperaba que un día la tierra de Yahvé se convertiría en centro religioso de todos los pueblos. En un arranque de cólera desea para los enemigos tradicionales de su pueblo el castigo devastador y la exterminación de su población. Estas imprecaciones han de medirse conforme al estadio imperfecto de revelación del A. T., en el que la doctrina del perdón y del amor al enemigo no había adquirido las claridades evangélicas.

Desde el punto de vista literario, este salmo es considerado como una de las perlas del Salterio. En general, predomina el tono elegíaco, aunque al final se impone el acento imprecatorio.

Parece que el autor es un levita recién llegado de la cautividad, que tiene fresco el recuerdo de los tristes años del exilio y se expresa como si aún morase a orillas del Eufrates. En su composición se refleja el alma lacerada de los exilados en Babilonia, que aún sufren lejos de la patria.

VV. 1-4.- El salmista se traslada mentalmente a su antigua estancia junto a los ríos o canales del Eufrates, en cuya orilla se asentaba la odiada Babilonia. Para un israelita procedente del territorio calcinado, seco y lleno de colinas de Palestina, lo que más le impresionaba era la llanura feraz de Babilonia, con sus múltiples canales de regadío. A la sombra de los sauces se reunían los deportados judíos, recordando, tristes y melancólicos, a su tierra nativa y los trágicos sucesos que los habían llevado a aquellas lejanas tierras. En los árboles colgaban sus instrumentos músicos para meditar sobre el triste pasado. Los soldados que los vigilaban les invitaban a entonar sus canciones patrias y sus himnos cantados en las solemnidades litúrgicas del templo. La petición resultaba sarcástica en labios de sus opresores. La reacción de los deportados es el silencio sistemático: no podían entonar sus cánticos sagrados en tierra extraña y profana (v. 4). Hubiera sido traicionar a sus amores patrios y a su religión.

VV. 5-6.- Con frases vigorosas, el salmista lanza imprecaciones contra él mismo, caso de que acceda a tan sacrílega invitación. Estos juramentos han de ser entendidos dentro del radicalismo de expresión tan frecuente en los escritos bíblicos, obra de autores orientales de imaginación ardiente y de temperamento fogoso.

VV. 7-9.- Llevado de un espíritu de revancha, pide a Yahvé que haga uso de su justicia contra los edomitas, que se alegraron de la ruina de Jerusalén. Y, finalmente, lanza una imprecación feroz contra Babilonia, la devastadora del pueblo elegido: «¡Que sus hijos sean estrellados contra las rocas!». Esta afirmación, que hiere nuestra sensibilidad humanitaria y cristiana, ha de entenderse teniendo en cuenta el módulo literario de la composición -propensión a la exageración y a la hipérbole, a las frases radicales y extremosas- y a la imperfección del ideal ético del A. T. El salmista, en un desahogo psicológico, ansía acabar con la progenie de la nación opresora, para que sea tratada como ella trató a Jerusalén.