11 septiembre,2018

Salmo 111: Dichoso quien teme al Señor

SALMO 111

1 [¡Aleluya!] Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
2 Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

3 En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
4 En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

5 Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
6 El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

7 No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
8 Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

9 Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

10 El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Catequesis de Benedicto XVI

2 de noviembre de 2005

El misterio de la muerte

1. Después de celebrar ayer la solemne fiesta de Todos los Santos del cielo, hoy conmemoramos a todos los Fieles Difuntos. La liturgia nos invita a orar por nuestros seres queridos que han fallecido, dirigiendo nuestro pensamiento al misterio de la muerte, herencia común de todos los hombres.

Iluminados por la fe, contemplamos el enigma humano de la muerte con serenidad y esperanza. Según la Escritura, más que un final, es un nuevo nacimiento, es el paso obligado a través del cual pueden llegar a la vida plena los que conforman su vida terrena según las indicaciones de la palabra de Dios.

El salmo 111, composición de índole sapiencial, nos presenta la figura de estos justos, los cuales temen al Señor, reconocen su trascendencia y se adhieren con confianza y amor a su voluntad a la espera de encontrarse con él después de la muerte.

A esos fieles está reservada una «bienaventuranza»: «Dichoso el que teme al Señor» (v. 1). El salmista precisa inmediatamente en qué consiste ese temor: se manifiesta en la docilidad a los mandamientos de Dios. Llama dichoso a aquel que «ama de corazón sus mandatos» y los cumple, hallando en ellos alegría y paz.

El dolor y la prueba

2. La docilidad a Dios es, por tanto, raíz de esperanza y armonía interior y exterior. El cumplimiento de la ley moral es fuente de profunda paz de la conciencia. Más aún, según la visión bíblica de la «retribución», sobre el justo se extiende el manto de la bendición divina, que da estabilidad y éxito a sus obras y a las de sus descendientes: «Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita. En su casa habrá riquezas y abundancia» (vv. 2-3; cf. v. 9). Ciertamente, a esta visión optimista se oponen las observaciones amargas del justo Job, que experimenta el misterio del dolor, se siente injustamente castigado y sometido a pruebas aparentemente sin sentido. Job representa a muchas personas justas, que sufren duras pruebas en el mundo. Así pues, conviene leer este salmo en el contexto global de la sagrada Escritura, hasta la cruz y la resurrección del Señor. La Revelación abarca la realidad de la vida humana en todos sus aspectos.

Con todo, sigue siendo válida la confianza que el salmista quiere transmitir y hacer experimentar a quienes han escogido seguir el camino de una conducta moral intachable, contra cualquier alternativa de éxito ilusorio obtenido mediante la injusticia y la inmoralidad.

La generosidad con los necesitados

3. El centro de esta fidelidad a la palabra divina consiste en una opción fundamental, es decir, la caridad con los pobres y necesitados: «Dichoso el que se apiada y presta (…). Reparte limosna a los pobres» (vv. 5.9). Por consiguiente, el fiel es generoso: respetando la norma bíblica, concede préstamos a los hermanos que pasan necesidad, sin intereses (cf. Dt 15,7-11) y sin caer en la infamia de la usura, que arruina la vida de los pobres.

El justo, acogiendo la advertencia constante de los profetas, se pone de parte de los marginados y los sostiene con ayudas abundantes. «Reparte limosna a los pobres», se dice en el versículo 9, expresando así una admirable generosidad, completamente desinteresada.

El perfil del justo

4. El salmo 111, juntamente con el retrato del hombre fiel y caritativo, «justo, clemente y compasivo», presenta al final, en un solo versículo (cf. v. 10), también el perfil del malvado. Este individuo asiste al éxito del justo recomiéndose de rabia y envidia. Es el tormento de quien tiene una mala conciencia, a diferencia del hombre generoso cuyo «corazón está firme» y «seguro» (vv. 7-8).

Nosotros fijamos nuestra mirada en el rostro sereno del hombre fiel, que «reparte limosna a los pobres» y, para nuestra reflexión conclusiva, acudimos a las palabras de Clemente Alejandrino, el Padre de la Iglesia del siglo II, que comenta una afirmación difícil del Señor. En la parábola sobre el administrador injusto aparece la expresión según la cual debemos hacer el bien con «dinero injusto». Aquí surge la pregunta: el dinero, la riqueza, ¿son de por sí injustos?, o ¿qué quiere decir el Señor? Clemente Alejandrino lo explica muy bien en su homilía titulada «¿Cuál rico se salvará?» Y dice: Jesús «declara injusta por naturaleza cualquier posesión que uno conserva para sí mismo como bien propio y no la pone al servicio de los necesitados; pero declara también que partiendo de esta injusticia se puede realizar una obra justa y saludable, ayudando a alguno de los pequeños que tienen una morada eterna junto al Padre (cf. Mt 10,42; 18,10)» (31, 6: Collana di Testi Patristici, CXLVIII, Roma 1999, pp. 56-57).

Y, dirigiéndose al lector, Clemente añade: «Mira, en primer lugar, que no te ha mandado esperar a que te rueguen o te supliquen; te pide que busques tú mismo a los que son dignos de ser escuchados, en cuanto discípulos del Salvador» (31, 7: ib., p. 57).

Luego, recurriendo a otro texto bíblico, comenta: «Así pues, es hermosa la afirmación del Apóstol: “Dios ama a quien da con alegría” (2 Co 9,7), a quien goza dando y no siembra con mezquindad, para no recoger del mismo modo, sino que comparte sin tristeza, sin hacer distinciones y sin dolor; esto es auténticamente hacer el bien» (31, 8: ib.).

En el día de la conmemoración de los difuntos, como dije al principio, todos estamos llamados a confrontarnos con el enigma de la muerte y, por tanto, con la cuestión de cómo vivir bien, cómo encontrar la felicidad. Y este salmo responde: dichoso el hombre que da; dichoso el hombre que no utiliza la vida para sí mismo, sino que da; dichoso el hombre que es «justo, clemente y compasivo»; dichoso el hombre que vive amando a Dios y al prójimo. Así vivimos bien y así no debemos tener miedo a la muerte, porque tenemos la felicidad que viene de Dios y que dura para siempre.

 

Comentario al Salmo 111

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

La alianza, vertebración de la religiosidad de Israel, abarca a Dios y al hombre. El salmo 110 ha cantado al Dios de la alianza, describiendo sus obras esenciales. El presente salmo describe la dicha y la conducta de los hombres que conocen y aceptan esa alianza. Todo el salmo es un desarrollo del axioma sapiencial: «Primicia de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 110,10). Nuestro salmo lo reformula en términos de dicha: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos» (Sal 111,1). El resto del salmo es una glosa de la «dicha» aquí proclamada y del «temor» divino. Es un poema netamente didáctico, apto tanto para la piedad privada como para la recitación pública en el templo, donde puede servir de enseñanza, o para proclamar los beneficios divinos.

En la celebración comunitaria, se recomienda que este salmo didáctico sea salmodiado por un solo salmista, receptor de la palabra de Dios y ahora pregonero de la misma para la asamblea.

La misericordia de Dios sobre los que le temen

El temor religioso ni siquiera es pariente del miedo. Dios no quiere aterrorizar al «pequeño rebaño». La constante exhortación bíblica a no temer infunde fortaleza a quienes han de habérselas con los hombres. No temen a los hombres quienes reconocen tan sólo la autoridad divina. Ésta, lejos de infundir temor, genera confianza en Dios y en Cristo, que venció al mundo. Una confianza de esta índole propicia una generosa entrega, un abnegado servicio, con la consiguiente observancia de los mandamientos. La misericordia de Dios se extiende sobre estos hombres, cuyo corazón está firme en el Señor. Un día recibirán la recompensa eterna por ser temerosos del nombre de Dios.

Un monumento a la memoria del justo

La abundancia, la riqueza, la descendencia proclaman la dicha del justo. Su seguridad, confianza y triunfo testimonian la fecundidad de su vida. Por todo ello el justo es un recuerdo eterno: no sólo porque permanezca en la memoria de los hombres, sino porque su casa permanece para memoria eterna. Ningún justo nos dejó como Jesús una tarea a realizar en memoria suya. Hoy hemos celebrado el memorial de su entrega. De él hemos deducido la persuasión de que Dios colabora en todo para nuestro bien, que nunca desfalleceremos, pues el hombre interior se renueva de día en día, que incluso la muerte nos acerca más a Cristo. Es que nada puede quebrantar el amor salvador de Dios. Nadie arrancará el recuerdo de Jesús, el Justo, de entre nosotros, cuya memoria somos y prolongamos hasta que dejemos la antorcha en manos de la próxima generación y seamos admitidos en el recuerdo de Dios.

El fulgor de la limosna

En un pueblo regido por el derecho divino que hermana a todos, la prodigalidad del que más tiene es signo de los auténticos valores vividos: ama a Dios más que a las riquezas, con las que llega a todo viviente. La luz interior del justo es percibida por los que están fuera. Este motivo que impulsa a la dádiva generosa está reforzado por la generosidad de Jesucristo, quien, siendo rico, por nosotros se hizo pobre. El rico Zaqueo comprendió la conducta de Jesús. Por eso da la mitad de sus bienes a los pobres y restituye más allá de las exigencias de la ley judía. La salvación ha llegado a la casa de Zaqueo. Si alguien reparte a manos llenas, a manos llenas cosechará, pues poderoso es Dios para colmar de toda gracia. Nos ha enriquecido con la pobreza de Cristo. Ahora nos pide que enriquezcamos a otros con nuestra riqueza. Así brillará como una luz el que es justo, clemente y compasivo.

Resonancias en la vida religiosa

Una vida para la bienaventuranza: Nuestra vida religiosa, vivida en autenticidad, es un camino abierto hacia la bienaventuranza, hacia la felicidad provocada y contagiada por Dios.

Es bienaventurada porque se despliega en la presencia del Dios infinito, tremendo y fascinante, y suscita en nosotros amor sincero a sus mandamientos. Es feliz nuestra norma de vida, porque, a pesar de profesar la virginidad, el celibato que aparentemente nos llena de soledad y esterilidad, el Dios del amor nos concede una nueva y más radical paternidad o maternidad en el Espíritu, que se despliega por toda la tierra y forma una familia en donde «la caridad es constante y sin falta».

Nuestra vida religiosa es dichosa porque está basada en la justicia, en la compasión, en la caridad constante, sobre todo hacia los más necesitados de entre los hombres; y en esa misión encontramos la bienaventuranza de los pobres.

Y nuestra felicidad en el Espíritu está basada en el Dios que fortalece nuestra seguridad interior y exterior: «No temerá las malas noticias; su corazón está firme en el Señor».

Oraciones sálmicas

Oración I: Oh Dios, que permites que quien te teme no tenga temor de las malas noticias; haz que nuestro amor hacia ti sea tan humilde y acogedor que nos dejemos transformar por la seguridad que Tú nos infundes. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios de la historia, Tú has querido establecer el memorial de tu presencia en el mundo en el Sacramento de la Eucaristía y en el Sacramento que es tu Iglesia; haz que, unidos a tu recuerdo, jamás vacilemos y nuestro paso por la historia sea memorable y benéfico, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: Padre de toda prodigalidad, que manifestaste sobreabundantemente tu generosidad al enviarnos a tu Hijo; concédenos la gracia de imitarte para que nuestra caridad sea constante y sin falta, para que seamos justos, clementes y compasivos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Comentario al Salmo 111

Por Maximiliano García Cordero

Recogiendo la última idea del salmo anterior («Primicia de la sabiduría es el temor del Señor…»), el poeta desarrolla ahora las ventajas que al justo reporta la virtud: todo en su vida prosperará. En este sentido, puede considerarse como la segunda parte del salmo anterior. En el salmo 110 se cantaba el poder y fidelidad de Yahvé a sus promesas, con todo lo que ellas implican de protección a los rectos de corazón; en éste se explicitan las bienandanzas de aquel que corresponde a los beneficios divinos. Es, pues, este salmo como el desarrollo del principio expresado en el v. 10 del salmo anterior: «Primicia de la sabiduría es el temor del Señor…». El varón justo debe tener relaciones de piedad reverencial y espíritu de docilidad a Dios (vv. 1-4), y como consecuencia de su vida religiosa están sus virtudes de justicia para con el prójimo (vv. 5-10).

VV. 1-4.- Conforme a lo expresado en el v. 10 del salmo anterior -«Primicia de la sabiduría es el temor del Señor…»-, el poeta prosigue ahora exponiendo las ventajas del que se entrega de todo corazón a Dios, cumpliendo con fidelidad sus mandamientos. En primer lugar, se verá bendecido con una vigorosa descendencia, que será poderosa en el país, pues prosperará en sus haciendas. Dios no desampara a la descendencia del justo, sino que la bendecirá con todo género de prosperidades, conforme a las antiguas promesas. Dada la falta de luces sobre la retribución en ultratumba en este estadio de la Revelación, el salmista, conformándose con la mentalidad tradicional sobre el problema, piensa que las bendiciones de Dios han de ser terrenales; por eso se habla de riquezas, de numerosa prole y de memoria permanente en la sociedad de su nombre y del de sus hijos. La prosperidad permanente es un signo de aprobación divina, según los escritos del AT. En medio de las tinieblas de una sociedad corrompida, la confianza en Dios es como una luz para los rectos. Dios se muestra siempre compasivo y clemente, dando a cada uno según sus obras, pues es justo en su providencia con los hombres.

VV. 5-8.- Expuestas las ventajas de vivir vinculados a Dios y plegándose a sus preceptos, el salmista pasa a hablar de las relaciones del justo con el prójimo. Dios premia al que es compasivo con el necesitado, prestándole -sin interés- de sus bienes para aliviar las necesidades del prójimo y llevando la marcha de sus negocios según las exigencias de la ley divina. A la sombra del Omnipotente, y con la conciencia de hacer el bien, nunca titubeará, sino que se afirmará y prosperará en sus bienes. Su memoria permanece en la sociedad, sin que se extinga su descendencia. Seguro de la protección divina, no temerá la mala nueva, pues los reveses de fortuna serán pasajeros, y, sobre todo, no sentirá sobresaltos, como el impío, ante el posible castigo divino. Su serenidad ante los acontecimientos contrastará con la triste suerte que espera a sus enemigos, que han vivido fuera de la ley divina.

VV. 9-10.- Bendecido con toda clase de bienes y nadando en la opulencia, sabrá distribuirlos con generosidad a los necesitados, sabiendo que tiene obligación de asistirlos conforme a sus posibilidades. Y, lejos de disminuir sus bienes, su poder se acrecentará, y será glorificado ante la sociedad, ya que todos verán que su fortuna es un premio a su virtud. La reacción del impío será de despecho y amargor, pero será impotente para impedir la prosperidad del justo. No le quedará sino rechinar los dientes ante su impotencia, pues sus planes y deseos contra el justo se frustrarán. El final del salmo es semejante al del salmo 1 (1,6: «porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal», como son similares los comienzos de ambos (1,1-2: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos… sino que su gozo es la ley del Señor»).