La bienaventuranza de tener a Dios en el corazón

En el estado de los bienaventurados: Finis humanae creaturae est adhaerere Deo; in hoc enim felicitas ejus consistit («El fin de la criatura humana consiste en estar unida con Dios. Toda su felicidad estriba en eso», D. Thom.). Con ella ocurre lo contrario de las alegrías del mundo, y es que las espinas están hacia afuera y las rosas por dentro. ¡Qué dignas de compasión son las pobres gentes de este mundo!, dice el Santo Cura de Ars. Llevan sobre sus espaldas una capa forrada de espinas, y no pueden hacer el menor movimiento sin sentir sus punzadas; en cambio, los buenos cristianos tienen una capa forrada de piel de conejo. Crucem vident, unctionem non vident («La Cruz se ve; pero la unción, no», San Bernardo). Es también la vida interior un estado celestial. Porque el alma viene a ser un cielo viviente, y canta como Santa Margarita María: Poseo en todo tiempo y llevo en todo lugar el Dios de mi corazón y el corazón de mi Dios. Es, en fin, el principio de la felicidad: Inchoatio quaedam beatitudinis (D. Thom. 2.ª 2 ae, q. 180, a. 4). La gracia es el cielo en germen. (Dom. J.B. Chautard, El alma de todo apostolado)