El provecho de conocerse a sí mismo

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¿Qué cosa más provechosa que la que pide San Agustín, cuando dice: «Señor, conózcate a Ti con amoroso conocimiento, y conózcame a mí»? ¿Y qué cosa tan a lo propio para conocerse un hombre a sí mismo, como verse por experiencia en tales trances, que toca con sus manos, como dicen, su propia flaqueza tan de verdad, que queda bien desengañado de su propia estima? Y por otra parte experimenta cuan verdadero es Dios en cumplir las promesas de su socorro en el tiempo de su necesidad, cuan fuerte en librar los suyos de tanta flaqueza, y en darles admirable fortaleza súbitamente; y cuan lleno es de misericordia, pues visita y apiada a los que tan extremadamente están fatigados. Con lo cual el hombre cae en su faz, conociendo su poquedad y miseria; y adora a su Dios, amándolo y esperando socorro de Él, si en otro peligro se viere. Lo cual afirma San Pablo haberle acaecido a él de esta manera (2 Cor., 1, 8): No quiero, hermanos, que ignoréis nuestra tribulación que pasamos en Asía; en la cual sobre manera y sobre nuestras fuerzas fuimos atribulados; tanto, que nos daba fastidio el vivir, y nosotros, dentro de nosotros, tuvimos por cierto que no habíamos de escapar de la muerte. Y esto acaeció así, paro que no tengamos fiucia (esperanza esforzada) en nosotros, mas en Dios, que da vida a los muertos, el cual nos libró de tan grandes peligros; en el cual esperamos que también nos librará de aquí adelante. (Juan De Ávila, Audi filia)