Salmo 79: Pastor de Israel, escucha

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SALMO 79

2 Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece
3 ante Efraín, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos.

4 Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

5 Señor Dios de los ejércitos,
¿hasta cuándo estarás airado
mientras tu pueblo te suplica?

6 Les diste a comer llanto,
a beber lágrimas a tragos;
7 nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros.

8 Dios de los ejércitos, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

9 Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;
10 le preparaste el terreno, y echó raíces
hasta llenar el país;

11 su sombra cubría las montañas,
y sus pámpanos, los cedros altísimos;
12 extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.

13 ¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
14 la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?

15 Dios de los Ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
16 la cepa que tu diestra plantó
y que tú hiciste vigorosa.

17 La han talado y le han prendido fuego;
con un bramido hazlos perecer.
18 Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
19 No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.

20 Señor Dios de los ejércitos, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

Catequesis de Juan Pablo II

10 de abril de 2002

Dios, Pastor de su pueblo

1. El salmo 79 tiene el tono de una lamentación y de una súplica de todo el pueblo de Israel. La primera parte utiliza un célebre símbolo bíblico, el del pastor y su rebaño. El Señor es invocado como «pastor de Israel», el que «guía a José como un rebaño» (Sal 79,2). Desde lo alto del arca de la alianza, sentado sobre los querubines, el Señor guía a su rebaño, es decir, a su pueblo, y lo protege en los peligros.

Así lo había hecho cuando Israel atravesó el desierto. Sin embargo, ahora parece ausente, como adormilado o indiferente. Al rebaño que debía guiar y alimentar (cf. Sal 22) le da de comer llanto (cf. Sal 79,6). Los enemigos se burlan de este pueblo humillado y ofendido; y, a pesar de ello, Dios no parece interesado, no «despierta» (v. 3), ni muestra su poder en defensa de las víctimas de la violencia y de la opresión. La invocación que se repite en forma de antífona (cf. vv. 4 y 8) trata de sacar a Dios de su actitud indiferente, procurando que vuelva a ser pastor y defensa de su pueblo.

La viña del Señor

2. En la segunda parte de la oración, llena de preocupación y a la vez de confianza, encontramos otro símbolo muy frecuente en la Biblia, el de la viña. Es una imagen fácil de comprender, porque pertenece al panorama de la tierra prometida y es signo de fecundidad y de alegría.

Como enseña el profeta Isaías en una de sus más elevadas páginas poéticas (cf. Is 5,1-7), la viña encarna a Israel. Ilustra dos dimensiones fundamentales: por una parte, dado que ha sido plantada por Dios (cf. Is 5,2; Sal 79,9-10), la viña representa el don, la gracia, el amor de Dios; por otra, exige el trabajo diario del campesino, gracias al cual produce uvas que pueden dar vino y, por consiguiente, simboliza la respuesta humana, el compromiso personal y el fruto de obras justas.

Israel sometido a la prueba

3. A través de la imagen de la viña, el Salmo evoca de nuevo las etapas principales de la historia judía: sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12).

Pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres. A la fuerza del jabalí se asocian todas las alimañas, símbolo de una horda enemiga que lo devasta todo (cf. vv. 13-14).

Dios interviene en Cristo, vid verdadera

4. Entonces se dirige a Dios una súplica apremiante para que vuelva a defender a las víctimas, rompiendo su silencio: «Dios de los Ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña» (v. 15). Dios seguirá siendo el protector del tronco vital de esta viña sobre la que se ha abatido una tempestad tan violenta, arrojando fuera a todos los que habían intentado talarla y quemarla (cf. vv. 16-17).

En este punto el Salmo se abre a una esperanza con colores mesiánicos. En efecto, en el versículo 18 reza así: «Que tu mano proteja a tu escogido, al hijo del hombre que tú fortaleciste». Tal vez el pensamiento se dirige, ante todo, al rey davídico que, con la ayuda del Señor, encabezará la revuelta para reconquistar la libertad. Sin embargo, está implícita la confianza en el futuro Mesías, el «hijo del hombre» que cantará el profeta Daniel (cf. Dn 7,13-14) y que Jesús escogerá como título predilecto para definir su obra y su persona mesiánica. Más aún, los Padres de la Iglesia afirmarán de forma unánime que la viña evocada por el Salmo es una prefiguración profética de Cristo, «la verdadera vid» (Jn 15,1) y de la Iglesia.

Esperanza en el sufrimiento

5. Ciertamente, para que el rostro del Señor brille nuevamente, es necesario que Israel se convierta, con la fidelidad y la oración, volviendo a Dios salvador. Es lo que el salmista expresa, al afirmar: «No nos alejaremos de ti» (Sal 79,19).

Así pues, el salmo 79 es un canto marcado fuertemente por el sufrimiento, pero también por una confianza inquebrantable. Dios siempre está dispuesto a «volver» hacia su pueblo, pero es necesario que también su pueblo «vuelva» a él con la fidelidad. Si nosotros nos convertimos del pecado, el Señor se «convertirá» de su intención de castigar: esta es la convicción del salmista, que encuentra eco también en nuestro corazón, abriéndolo a la esperanza.

 

Comentario del Salmo 79

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

La caída de Samaría (año 721 a.C.) puede ser el telón de fondo de este salmo. Es una lamentación pública ante una grave desgracia: una invasión militar. El pueblo orante pide la restauración, que es volver a gozar de la benevolencia divina y de la prosperidad subsiguiente. El estribillo (vv. 4.8.15 y 20) subraya la insistencia de la petición. Las emociones expresadas son fundamentalmente dos: la amargura que se siente en el abandono, bajo la presión enemiga, y la confianza que alcanza tonos hímnicos al mencionar los títulos de la protección divina.

En el rezo comunitario, esta lamentación colectiva puede ser entonada por el Presidente de la Asamblea, representante de la comunidad, y apoyada por la oración coral de la Asamblea misma que recita el estribillo del modo siguiente:

Presidente, Petición de una intervención omnipotente: «Pastor de Israel… ven a salvarnos» (vv. 2-4a).

Asamblea, Estribillo: «Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (v. 4b).

Presidente, Lamentación por el pueblo: «Señor Dios de los ejércitos… se burlan de nosotros» (vv. 5-7).

Asamblea, Estribillo: «Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (v. 8).

Presidente, Favores pasados y dolor presente: «Sacaste una vid… y se la comen las alimañas» (vv. 9-14).

Asamblea, Estribillo: «Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (v. 8).

Presidente, Nuevas explicaciones: «Dios de los Ejércitos… para que invoquemos tu nombre» (vv. 15-19).

Asamblea, Estribillo: «Señor Dios de los Ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (v. 2).

Pastor de Israel

Dios pastoreó a Jacob desde su juventud. Las rutas del desierto fueron holladas por el Pastor, guía de Israel. Tras él avanzaba el Pueblo. Si ahora ha ocultado su rostro, el pueblo le apremia a que aparezca nuevamente. Israel acepta de buen grado que su Dios se oculte, pero a condición de que posteriormente resplandezca, porque Dios es el buen Pastor que cuida y vela por su rebaño. Busca la oveja perdida, torna a la descarriada, cura a la herida y sana a la enferma. Han sido congregadas las ovejas dispersas por los montes, en torno a quien afirma ser el Buen Pastor. En él también nosotros hemos hallado al Pastor y guardián de nuestras almas. Dios ha hecho brillar su rostro sobre nosotros y nos salva.

Israel, viña del Señor

Israel es una cepa selecta plantada por Yahvé; es la viña frondosa. Dios mismo la cuidó con mimo: «la entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas» (Is 5,2). El obrero enamorado de su viña tan sólo tiene que esperar la abundante cosecha de uva que sus cuidados merecen. Espera y trabajos de amor perdidos: la viña dará sólo agrazones, asesinatos y lamentos. El primer amor se trueca en celo destructor y purificador. La viña pasará a otros que paguen los frutos a su tiempo (Mt 21,41). Esos otros somos nosotros; es la Iglesia injertada en la vid verdadera, que extiende sus pámpanos de un extremo al otro de la tierra. El nuevo Israel, nacido de esa vid selecta, no puede ser estéril -so pena de que sus sarmientos sean amputados y se sequen-, sino que dará un fruto de sazonada justicia, que es el amor.

Benjamín, el hijo de la derecha

El salmista pide a Dios que su mano benefactora esté sobre el «hijo de la derecha», sobre el Príncipe exaltado por la derecha de Dios y llamado a dominar en medio de sus enemigos. Este rey necesita perentoriamente la asistencia divina, ya que su pueblo está disperso. Reunido en torno a su rey, el pueblo ya no se alejará de Yahvé, sino que le invocará. Benjamín, el hijo de la derecha de Dios, es uno por antonomasia: el Hijo de hombre sostenido y exaltado por el Señor de los ejércitos. Cristo el Señor es el único que reunió a todos los hombres dispersos. Cayeron los muros de separación. Todos los hombres han sido reconciliados por Dios en virtud de la cruz de Jesús. Dios ha hecho brillar su rostro sobre nosotros, nos ha restaurado y nos salva por medio del Hijo-de-su-derecha (Benjamín). Pidámosle por los deportados, prisioneros, emigrantes; por los pecadores, que retornen a la casa de Benjamín, donde el Padre y el hijo de su derecha son nuestro hogar familiar.

Resonancias en la vida religiosa

¡Oh Dios, restáuranos!: El «mito de la comunidad» cristiana, tal como aparece relatado idealmente en los sumarios de los Hechos de los Apóstoles («tenían un solo corazón y una sola alma») y tal como se relata en el origen de casi todos los institutos religiosos, no se verifica en su pureza en la posterior historia de la Iglesia o de nuestros institutos. Hasta se tiene la impresión de estar sometidos a un proceso de deterioro y depravación, o al menos de debilitamiento del estímulo inicial. El esforzado interés por plasmar en la realidad el ideal comunitario primitivo choca con el realismo de una serie de impedimentos que, tras los primeros escarceos, nos hacen volver al punto de partida.

«¡Oh Dios, restáuranos!», es la petición de nuestra inquieta comunidad. Él puede hacer brotar también en nosotros el ideal comunitario y misionero de los orígenes. Es preciso recordarle a Dios Padre su bondadosa presencia y eficacia de otros tiempos. «¡Ven a visitar tu viña!» «¡Danos vida para que invoquemos tu nombre!» «¡Que brille tu rostro y nos salve!».