Salmo 149: Cantad al Señor un cántico nuevo

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SALMO 149

1 ¡Aleluya!
Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
2 que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

3 Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
4 porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

5 Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
6 con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

7 para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
8 sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

9 Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Catequesis de Juan Pablo II

23 de mayo de 2001

El salmo como alabanza matutina

1. «Que los fieles festejen su gloria, y canten jubilosos en filas». Esta invitación del salmo 149, remite a un alba que está a punto de despuntar y encuentra a los fieles dispuestos a entonar su alabanza matutina. El salmo, con una expresión significativa, define esa alabanza «un cántico nuevo» (v. 1), es decir, un himno solemne y perfecto, adecuado para los últimos días, en los que el Señor reunirá a los justos en un mundo renovado. Todo el salmo está impregnado de un clima de fiesta, inaugurado ya con el Aleluya inicial y acompasado luego con cantos, alabanzas, alegría, danzas y el son de tímpanos y cítaras. La oración que este salmo inspira es la acción de gracias de un corazón lleno de júbilo religioso.

Los fieles y piadosos

2. En el original hebreo del himno, a los protagonistas del salmo se les llama con dos términos característicos de la espiritualidad del Antiguo Testamento. Tres veces se les define ante todo como hasidim (vv. 1, 5 y 9), es decir, «los piadosos, los fieles», los que responden con fidelidad y amor (hesed) al amor paternal del Señor.

La segunda parte del salmo resulta sorprendente, porque abunda en expresiones bélicas. Resulta extraño que, en un mismo versículo, el salmo ponga juntamente «vítores a Dios en la boca» y «espadas de dos filos en las manos» (v. 6). Reflexionando, podemos comprender el porqué: el salmo fue compuesto para «fieles» que militaban en una guerra de liberación; combatían para librar a su pueblo oprimido y devolverle la posibilidad de servir a Dios. Durante la época de los Macabeos, en el siglo II a. C., los que combatían por la libertad y por la fe, sometidos a dura represión por parte del poder helenístico, se llamaban precisamente hasidim, «los fieles» a la palabra de Dios y a las tradiciones de los padres.

El compromiso ante el Reino de Dios

3. Desde la perspectiva actual de nuestra oración, esta simbología bélica resulta una imagen de nuestro compromiso de creyentes que, después de cantar a Dios la alabanza matutina, andamos por los caminos del mundo, en medio del mal y de la injusticia. Por desgracia, las fuerzas que se oponen al reino de Dios son formidables: el salmista habla de «pueblos, naciones, reyes y nobles». A pesar de todo, mantiene la confianza, porque sabe que a su lado está el Señor, que es el auténtico Rey de la historia (v. 2). Por consiguiente, su victoria sobre el mal es segura y será el triunfo del amor. En esta lucha participan todos los hasidim, todos los fieles y los justos, que, con la fuerza del Espíritu, llevan a término la obra admirable llamada reino de Dios.

Comentario de San Agustín

4. San Agustín, tomando como punto de partida el hecho de que el salmo habla de «coro» y de «tímpanos y cítaras», comenta: «¿Qué es lo que constituye un coro? (…) El coro es un conjunto de personas que cantan juntas. Si cantamos en coro debemos cantar con armonía. Cuando se canta en coro, incluso una sola voz desentonada molesta al que oye y crea confusión en el coro mismo» (Enarr. in Ps. 149: CCL 40, 7, 1-4).

Luego, refiriéndose a los instrumentos utilizados por el salmista, se pregunta: «¿Por qué el salmista usa el tímpano y el salterio?». Responde: «Para que no sólo la voz alabe al Señor, sino también las obras. Cuando se utilizan el tímpano y el salterio, las manos se armonizan con la voz. Eso es lo que debes hacer tú. Cuando cantes el aleluya, debes dar pan al hambriento, vestir al desnudo y acoger al peregrino. Si lo haces, no sólo canta la voz, sino que también las manos se armonizan con la voz, pues las palabras concuerdan con las obras» (ib., 8,1-4).

Los pobres y humildes

5. Hay un segundo vocablo con el que se definen los orantes de este salmo: son los anawim, es decir, «los pobres, los humildes» (v. 4). Esta expresión es muy frecuente en el Salterio y no sólo indica a los oprimidos, a los pobres y a los perseguidos por la justicia, sino también a los que, siendo fieles a los compromisos morales de la alianza con Dios, son marginados por los que escogen la violencia, la riqueza y la prepotencia. Desde esta perspectiva se comprende que los «pobres» no sólo constituyen una clase social, sino también una opción espiritual. Este es el sentido de la célebre primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Ya el profeta Sofonías se dirigía así a los anawim: «Buscad al Señor, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el día de la cólera del Señor» (So 2,3).

Dios está con los humildes

6. Ahora bien, el «día de la cólera del Señor» es precisamente el que se describe en la segunda parte del salmo, cuando los «pobres» se ponen de parte de Dios para luchar contra el mal. Por sí mismos, no tienen la fuerza suficiente, ni los medios, ni las estrategias necesarias para oponerse a la irrupción del mal. Sin embargo, la frase del salmista es categórica: «El Señor ama a su pueblo, y adorna con la victoria a los humildes (anawim)» (v. 4). Se cumple idealmente lo que el apóstol san Pablo declara a los Corintios: «Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es» (1 Co 1,28).

Con esta confianza «los hijos de Sión» (v. 2), hasidim y anawim, es decir, los fieles y los pobres, se disponen a vivir su testimonio en el mundo y en la historia. El canto de María recogido en el evangelio de san Lucas -el Magníficat- es el eco de los mejores sentimientos de los «hijos de Sión»: alabanza jubilosa a Dios Salvador, acción de gracias por las obras grandes que ha hecho por ella el Todopoderoso, lucha contra las fuerzas del mal, solidaridad con los pobres y fidelidad al Dios de la alianza (cf. Lc 1,46-55).

 

Comentario del Salmo 149

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

Una victoria concreta, sin que sepamos determinar cuál, ni precisar la época en que fue compuesto este himno, motivó la elaboración de un «cántico nuevo», en el que se entremezclan motivos de alabanza y de combate, de oración y de guerra. Estos motivos persisten en el rezo dominical en virtud de la victoria concreta de Cristo, sea sobre sus enemigos, sea el día de la consumación. Podemos rezar el salmo desde los agentes y acciones que figuran en el mismo.

Los cuatro primeros versículos son una invitación a la alabanza, dirigida al pueblo para que en asamblea cante a su Creador y Rey. La interpelación va seguida de un motivo de alabanza. El v. 5 repite una nueva invitación para celebrar ahora una victoria universal sobre las gentes. En el rezo podemos separar las invitaciones de los motivos de alabanza, del modo siguiente: Invitación a la alabanza: «Cantad…, cantadle con tambores y cítaras» (vv. 1-3). Motivo de alabanza: «Porque el Señor… con la victoria a los humildes» (v. 4). Nueva invitación: «Que los fieles… jubilosos en filas» (v. 5). Nuevo motivo (victoria universal): «Con vítores a Dios… para todos sus fieles» (vv. 6-91).

Cántico de los humildes

Que un pueblo compuesto de «humildes» sea invitado a cantar puede parecer un sarcasmo a los sabios y ricos de este mundo. Cuando se advierte que la pobreza bíblica tiene la hondura de quien lo espera todo de Dios, es lícito entonar un cántico nuevo. Son los pobres cuya situación bienaventurada se constata y se proclama en los Evangelios, los mismos por quienes Jesús, lleno de gozo, bendijo al Padre, que «manifestó estas cosas a los pequeños» (Lc 10,21ss). Nosotros tenemos el conocimiento íntimo de quién es Jesús, a quien le fue dado todo el día primero. Expresión reconocida del conocimiento que se nos ha dado es el cántico nuevo que ahora entonamos.

Dios, creador de su pueblo

La creación no es ninguna noción abstracta en Israel. Dios es, ante todo, el creador de su Pueblo. Lo creó en el comienzo de su existencia y lo crea nuevamente después de mil peligros amenazantes y destructores. Esta conducta divina sólo es comprensible cuando se confiesa: «Dios ama a su Pueblo». La nueva creación, surgida en Cristo Jesús, participa de la vigorosa novedad del Primogénito. Si Él es la creatura definitiva, nos es lícito esperar la «gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21) y alegrarnos, durante este domingo, por nuestro Creador.

Veré la derrota de mis enemigos

El pueblo humilde y su Dios, que crea venciendo, entablan encarnizada batalla contra sus enemigos. De hecho el pueblo ha triunfado «aplicando el castigo a las naciones» y encadenando a sus reyes. Tal es la «ejecución de la sentencia dictada». Desde esta perspectiva el salmo nos habla de la victoria de Cristo -que es también la nuestra- sobre sus enemigos y sobre los nuestros. En Cristo Jesús no tememos ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni la espada (Rm 8,35). Nuestra alabanza dominical se dirige a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo.

Resonancias en la vida religiosa

Impulsores de un cántico nuevo: Nadie puede arrebatarnos el derecho a la alegría, a la fiesta. Somos comunidad guerrera en el Pueblo de Dios, intérpretes de sus luchas y victorias. Cristo en medio de su Pueblo es fuerza incitante y aglutinante. Quisieron borrar su nombre de la tierra, arrasar a su Iglesia, exterminar la fe en Él. Y siglo tras siglo su figura se engrandece y su presencia resulta más alentadora. Nuestro proyecto de vida dramatiza en la Iglesia la victoria del Reino de Dios. La humildad, la pobreza, el despojo que nos hace solidarios de los humillados, pobres y despojados, son los medios estratégicos de Dios para conseguir su victoria.

Urge dejar que la victoria de Cristo se marque en nuestra carne; que nuestro canto no sea un cántico viejo, sino nuevo, con la novedad de Cristo Resucitado.