18 septiembre,2018

Salmo 125: Cuando el Señor cambió la suerte de Sión

SALMO 125

1 Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
2 la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
3 El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

4 Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
5 Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.

6 Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Catequesis de Benedicto XVI

17 de agosto de 2005

El nuevo éxodo

1. Al escuchar las palabras del salmo 125 se tiene la impresión de contemplar con los propios ojos el acontecimiento cantado en la segunda parte del libro de Isaías: el «nuevo éxodo». Es el regreso de Israel del exilio babilónico a la tierra de los padres, tras el edicto del rey persa Ciro en el año 558 a.C. Entonces se repitió la experiencia gozosa del primer éxodo, cuando el pueblo hebreo fue liberado de la esclavitud egipcia.

Este salmo cobraba un significado particular cuando se cantaba en los días en que Israel se sentía amenazado y atemorizado, porque debía afrontar de nuevo una prueba. En efecto, el Salmo comprende una oración por el regreso de los prisioneros del momento (cf. v. 4). Así, se transforma en una oración del pueblo de Dios en su itinerario histórico, lleno de peligros y pruebas, pero siempre abierto a la confianza en Dios salvador y liberador, defensor de los débiles y los oprimidos.

Canto de libertad

2. El Salmo introduce en un clima de júbilo: se sonríe, se festeja la libertad obtenida, afloran a los labios cantos de alegría (cf. vv. 1-2).

La reacción ante la libertad recuperada es doble. Por un lado, las naciones paganas reconocen la grandeza del Dios de Israel: «El Señor ha estado grande con ellos» (v. 2). La salvación del pueblo elegido se convierte en una prueba nítida de la existencia eficaz y poderosa de Dios, presente y activo en la historia. Por otro lado, es el pueblo de Dios el que profesa su fe en el Señor que salva: «El Señor ha estado grande con nosotros» (v. 3).

Fecundidad del sufrimiento

3. El pensamiento va después al pasado, revivido con un estremecimiento de miedo y amargura. Centremos nuestra atención en la imagen agrícola que usa el salmista: «Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (v. 5). Bajo el peso del trabajo, a veces el rostro se cubre de lágrimas: se está realizando una siembra fatigosa, que tal vez resulte inútil e infructuosa. Pero, cuando llega la cosecha abundante y gozosa, se descubre que el dolor ha sido fecundo.

En este versículo del Salmo se condensa la gran lección sobre el misterio de fecundidad y de vida que puede encerrar el sufrimiento. Precisamente como dijo Jesús en vísperas de su pasión y muerte: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).

La cosecha para la vida eterna

4. El horizonte del Salmo se abre así a la cosecha festiva, símbolo de la alegría engendrada por la libertad, la paz y la prosperidad, que son fruto de la bendición divina. Así pues, esta oración es un canto de esperanza, al que se puede recurrir cuando se está inmerso en el tiempo de la prueba, del miedo, de la amenaza externa y de la opresión interior.

Pero puede convertirse también en una exhortación más general a vivir la vida y hacer las opciones en un clima de fidelidad. La perseverancia en el bien, aunque encuentre incomprensiones y obstáculos, al final llega siempre a una meta de luz, de fecundidad y de paz.

Es lo que san Pablo recordaba a los Gálatas: «El que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de obrar el bien; que a su tiempo nos vendrá la cosecha si no desfallecemos» (Ga 6,8-9).

Reflexión de San Beda el Venerable

5. Concluyamos con una reflexión de san Beda el Venerable (672-735) sobre el salmo 125 comentando las palabras con que Jesús anunció a sus discípulos la tristeza que les esperaba y, al mismo tiempo, la alegría que brotaría de su aflicción (cf. Jn 16,20).

Beda recuerda que «lloraban y se lamentaban los que amaban a Cristo cuando vieron que los enemigos lo prendieron, lo ataron, lo llevaron a juicio, lo condenaron, lo flagelaron, se burlaron de él y, por último, lo crucificaron, lo hirieron con la lanza y lo sepultaron. Al contrario, los que amaban el mundo se alegraban (…) cuando condenaron a una muerte infamante a aquel que les molestaba sólo al verlo. Los discípulos se entristecieron por la muerte del Señor, pero, conocida su resurrección, su tristeza se convirtió en alegría; visto después el prodigio de la Ascensión, con mayor alegría todavía alababan y bendecían al Señor, como testimonia el evangelista san Lucas (cf. Lc 24,53). Pero estas palabras del Señor se pueden aplicar a todos los fieles que, a través de las lágrimas y las aflicciones del mundo, tratan de llegar a las alegrías eternas, y que con razón ahora lloran y están tristes, porque no pueden ver aún a aquel que aman, y porque, mientras estén en el cuerpo, saben que están lejos de la patria y del reino, aunque estén seguros de llegar al premio a través de las fatigas y las luchas. Su tristeza se convertirá en alegría cuando, terminada la lucha de esta vida, reciban la recompensa de la vida eterna, según lo que dice el Salmo: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares”» (Omelie sul Vangelo, 2,13: Collana di Testi Patristici, XC, Roma 1990, pp. 379-380).

 

Comentario del Salmo 125

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

Generalmente se dice que este salmo es un cántico jubiloso de quienes retornan del destierro. Una nueva desgracia habría motivado la súplica del v 4. Tal vez está aludida en Is 59,9-11. Han regresado los grupos de desterrados, no todos, ni de un modo tan maravilloso como el previsto por el Déutero-Isaías, ni la totalidad del orbe se ha encaminado hacia Jerusalén. Para colmo, han comenzado las dificultades externas e internas en el grupo de los repatriados. Prevalece, no obstante, la alegría y la acción de gracias. Pudiera ser también que el salmo no se hubiera formado con motivo de la restauración, sino de un cambio de «fortuna» de Jerusalén antes del destierro. Esta hipótesis justifica mejor ciertas expresiones arcaicas del salmo.

El salmo es básicamente una acción de gracias comunitaria. El v. 4 intercala una súplica: que el retorno sea tan intenso como los torrentes de la estepa meridional hinchados repentinamente por una lluvia fuerte. Continúa la acción de gracias expresada con imágenes agrícolas. Se puede salmodiar del siguiente modo:

Asamblea, Recuerdo de la liberación: «Cuando el Señor cambió… y estamos alegres» (vv. 1-3).

Presidente, Súplica: «Que el Señor cambie… torrentes del Negueb» (v. 4).

Asamblea, La siembra y la cosecha: «Los que sembraban… trayendo sus gavillas» (vv. 5-6).

Volverán de la tierra hostil

Jeremías, el profeta de la desolación, no clausura su profecía sin abrir sus ojos a la esperanza: «Hay esperanza para tu futuro, volverán tus hijos a su territorio» (Jr 31,17). La vuelta es un retorno a casa, porque es una conversión al Señor. ¡Qué alegría en el Hijo que retorna al Padre de donde salió! (Jn 16,28). Antes tuvo que pasar por una tierra hostil. Ya ha vuelto. Ha iniciado la vuelta a casa. Le acompañan una multitud de hermanos, con la boca llena de risas y la lengua de cantares. El rezagado, atraído por los encantos del país lejano, puede vivir la dicha del retorno el día en que se decida a levantarse e ir a su padre. El Padre le besará efusivamente y celebrará una gran fiesta porque este hijo querido ha sido hallado (Lc 15,18ss). Volvamos de la tierra hostil, que el Señor ha estado grande con nosotros.

Mi sueño era sabroso

Que los expatriados piensen en la repatriación es un bonito sueño cargado de nostálgica impaciencia. Pero este sueño se realizará porque el juramento del Omnipotente Creador garantiza la permanencia de Israel. Dios ha realizado la sorprendente proeza de volver a su Hijo a la tierra de los vivos. Era el cambio inesperado de su suerte. A los discípulos les pareció un sueño. Necesitaron que las palabras del Resucitado hicieran arder su corazón para que comprendieran la necesidad de que Cristo padeciese para entrar así en su gloria. Reconocido el Resucitado, el sueño no es tal: es realidad; la alegría de los discípulos es incontenible: comunican a los demás lo que han visto y oído para que su gozo sea completo. Volver cantando, cuando partimos llorando, podrá parecernos un sueño: un sueño sabroso para nosotros.

La alegría de la cosecha

Enterrar el grano en el surco trae consigo la preocupación de una posible esterilidad o el dolor de la muerte. Dios se ha velado por la sementera que ha hecho de Israel. Ahora ha acrecentado el gozo, ha agrandado la alegría. Se alegran como se alegran en la siega. El grano de trigo ha muerto en el surco. Es la culminación de un proceso de donación de sí mismo. Es la consecuencia de un amor a los suyos hasta el extremo (Jn 13,1). La cosecha será ubérrima porque el amor ha sido grande: no sólo los judíos heterodoxos, sino también los gentiles son gavillas de esta excelente cosecha. Ni una sola se perderá cuando el Señor cambie nuestra suerte, porque las obras acompañarán a quienes vuelven a casa. Ya en casa, Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.

Resonancias en la vida religiosa

Nuestra vida, alegría inesperada: Parece a veces que la vida religiosa está formada de renuncias, esclavitudes, soledades. En ocasiones cunde la impresión de que se hace mucho por nada. Como si no hubiera merecido la pena tanto esfuerzo.

Sin embargo, hay un momento de gracia en el que todo puede ser contemplado desde otra perspectiva, como si fuera un sueño: la presencia del Señor Resucitado, que se aparece de los modos más sutiles entre nosotros. Aunque no parezca, no son ilusiones esas fuerzas que nos obligan a esperar contra toda esperanza, esa alegría innata e irresistible que brota sin interrupción de nuestros corazones agraciados.

También nuestra experiencia se ve adecuadamente reflejada en la expresión de este salmo 125: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres».

Nuestro futuro no es la esterilidad, el llanto, la desilusionante esclavitud. Nuestro futuro, construido por el Señor, es una mies abundante, un retorno gozoso a la casa del Padre, una alegría imponente y entusiasmadora. Nadie se lo esperaba, pero ¡el Señor ha cambiado nuestra suerte!».

Oraciones sálmicas

Oración I: Padre, creador de nuestro futuro, conviértenos a ti; que la tierra hostil por la que hemos de cruzar sea para nosotros camino de retorno a tu casa, guiados por tu Hijo Jesús, nuestro camino, y alentados por la alegría incesante del Espíritu. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: La resurrección de tu Hijo nos ha llenado, Padre, de una alegría incontenible; pon palabras y gestos de testimonio en nuestra vida para que comuniquemos a los demás lo que ya hemos visto y oído. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Padre de la fecundidad, que haces que al tiempo doloroso de la siembra siga el tiempo gozoso de la siega; que nuestra existencia no sea estéril; que nuestro servicio humilde no deteriore los frutos ubérrimos de tu gracia. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Comentario del Salmo 125

Por Maximiliano García Cordero

Este bello poema refleja la situación moral de los repatriados de la cautividad babilónica, los cuales, de un lado, están gozosos al ver que se han cumplido los oráculos de Yahvé sobre el final del exilio, pero al mismo tiempo sufren grandes penalidades y ansían que la nación recupere su plenitud política y económica, como en los tiempos antiguos. Los oráculos proféticos hablaban de una reconstrucción gloriosa, pero la realidad es mucho más modesta; y, por ello, las almas justas que vivían de las promesas mesiánicas esperaban el cumplimiento de los deslumbradores vaticinios de los profetas.

En el salmo se percibe un ritmo elegíaco y por su contenido se asemeja al salmo 84. La composición es extremadamente bella y emotiva.

El retorno de la cautividad resultó tan insólito, que los que asistían al espectáculo no creían lo que veían, como si fuera un sueño. El júbilo popular fue grande al ver llegar las caravanas después del decreto de retorno firmado por Ciro, conquistador de Babilonia (538 a.C.). Los mismos paganos estaban admirados del cumplimiento de los antiguos oráculos sobre el retorno de los exilados. Yahvé había cumplido sus promesas. El salmista se suma a esta admiración por las magnificencias de su Dios (v. 3); pero desea que se cumplan las antiguas promesas de restauración plena. Con bellas metáforas anuncia la futura transformación de la nación israelita: como los torrentes o wadys del Negueb están secos en verano y se llenan de agua en el otoño con las primeras lluvias impetuosas, así la nación israelita recuperará su plena vitalidad nacional; y como los que siembran lo hacen con no pocas penalidades, pero sus trabajos son compensados con la recolección de las ricas gavillas, así los israelitas ahora trabajan penosamente en la reconstrucción de la nación, pero al fin verán alegres coronada su obra y sentirán la íntima satisfacción del agricultor que recoge su mies, que le compensa de los trabajos de siembra. La frase tiene un aire de proverbio, que refleja bien la situación psicológico-moral de los repatriados en los tiempos de Zacarías y aun después, en la época de Esdras y de Nehemías. La hostilidad de los pueblos vecinos agravaba su penuria material; y sólo la esperanza de un futuro mejor podía reanimar a aquellas gentes depauperadas y desilusionadas.