Convertir la prueba en virtud

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Ascesis y oración (Primera parte)

“Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. «Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?». Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás». Él me respondió: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo (Apc 7, 9. 13-14).

COMENTARIO

Se oculta a nuestros ojos la santidad anónima, más para la mirada de Dios es evidente la vida de quienes en medio de nuestro mundo avanzan por el camino estrecho de la perfección y de la santidad.

No somos jueces, pero estoy seguro de que ningún sufrimiento se pierde, ni hay lágrima inútil, ni dolor estéril. Cuando nos acosa la pandemia y se nos encoge el corazón ante tantos que sufren de muchas maneras las consecuencias de la covid 19, las palabras de Jesús en el sermón del monte se convierten en los títulos más nobles de la humanidad que padece persecución, migración, hambre, enfermedad, llanto, soledad y hasta muerte.

Las Bienaventuranzas no son palabras poéticas y literarias para discursos engolados; son expresiones existenciales en boca de quien ha vivido cada uno de los títulos que ennoblecen a una persona.

Jesús, quien padeció hambre, sed, llanto, desprecio y persecución, Jesús el Bienaventurado, asocia a todos los que con Él se suman en la posesión de títulos tan dramáticos.

Sin embargo, no nos consuela el hecho de que Jesús decrete el mejor premio que cabe escuchar: “Venid, benditos de mi Padre”, sino que a cada uno de nosotros se nos invita a ser las manos alargadas de la misericordia divina, al convertirnos, como nos dice el papa Francisco, en samaritanos.

Tenemos la oportunidad de trascender nuestras pruebas con la esperanza de que no sean inútiles, y además, tenemos la posibilidad de convertirnos en solidarios con quienes sufren por cualquier causa, haciéndolos testigos de la providencia amorosa a través de nuestras obras de misericordia. Entre la multitud que divisa el vidente del Apocalipsis están quienes han lavado sus túnicas en el dolor y en el sufrimiento, en lo que quizá con ojos humanos creemos desgracias.

Últimamente hemos quedado fascinados por la santidad del joven Carlos, que a los 15 años llegó a ser la expresión consumada del amor, a pesar de su cáncer. No quiero endulzar lo que es amargo, pero para Dios nada queda oculto. Convirtamos la prueba en virtud.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente (consulta aquí su página web) El contenido de este artículo puede ser reproducido total o parcialmente en internet y redes sociales, siempre y cuando se cite su autor y fuente original: www.la-oracion.com y no se haga con fines de lucro.