¿Cómo ver a tu familia con los ojos de la Fe?

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Meditación: el don de la familia

Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios» (Lc 9, 57-60).

Comentario

Resulta extraña la exigencia de Jesús al impedir al discípulo que fuera a enterrar a su padre, cuando es un deber de piedad. No parece compatible con la enseñanza del Evangelio la aparente insensibilidad del Maestro. Y, sin embargo, algún sentido debe de tener la propuesta de ir a anunciar el Reino de Dios antes que cumplir con un deber piadoso con los propios. El sentido de la exigencia hay que comprenderlo desde el contexto de la revelación evangélica. A partir de la Encarnación se han establecido unas nuevas relaciones que superan a las biológicas. La carne y la sangre ya no son el vínculo mayor, sino la fe.

La Familia

Jesús no niega las relaciones familiares cuando Él mismo se nos desvela como Hijo de Dios, pero los vínculos sagrados entre personas ya no los constituyen el árbol genealógico, sino el hecho de que formamos un mismo cuerpo con Cristo y pertenecemos a la familia de los hijos de Dios. Esta será la razón por la que en un momento en el que Jesús estaba predicando y le avisan de que a la puerta están su madre y sus hermanos, contesta: “«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre»” (Mt 12, 48-50).

Propuesta

¿Cuál es la razón de tus relaciones, la afectividad o la fe?


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