¿Cómo aprovechar el breve pero intenso tiempo de Navidad?

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El silencio de la memoria

«Nace Cristo. Esto sucedió una vez, la noche de Belén, pero en la liturgia se repite cada año, en cierto modo se “actúa” cada año. Y asimismo cada año aparece rico de los mismos contenidos divinos y humanos; éstos hasta tal grado sobreabundan, que el hombre no es capaz de abarcarlos todos con una sola mirada; y es difícil encontrar palabras para expresarlos todos juntos. Incluso nos parece demasiado breve el período litúrgico de Navidad, para detenernos ante este acontecimiento que más presenta las características de mysterium fascinosum, que de mysterium tremendum. Demasiado breve para “gozar” en plenitud de la venida de Cristo, el nacimiento de Dios en la naturaleza humana. Demasiado breve para desenmarañar cada uno de los hilos de este acontecimiento y de este misterio» (Beato Juan Pablo II, Audiencia del 3 de enero de 1979).

Atesoramos pequeños momentos

¿Alguna vez han experimentado un momento en el que se desease que el tiempo se detenga? Situaciones en las que decimos: «Que las manecillas del reloj no sigan su rumbo»… como la canción mexicana de «Reloj no marques las horas». El abrazo con un ser querido, el día de un evento importante como puede ser la propia boda o la ordenación sacerdotal, una cena con unos amigos, etc. Son momentos de felicidad plena que, en cierta manera, nos hacen atisbar de reojo lo que será la eternidad con Dios. Y luego, al recordarlos, los anhelamos y cómo deseamos que se repitan.

Para el alma orante, cada rato de diálogo con Dios es un pequeño chapuzón en la eternidad. Pero también es verdad que Dios nos regala a lo largo del año momentos de particular gracia que nos permiten «detener el reloj» de la monotonía del día a día, especialmente en los momentos litúrgicos de mayor revelancia. Y eso es, justamente, lo que viviremos la próxima semana con la Navidad.

Un misterio fascinante

El beato Juan Pablo II así nos lo revela en el texto que arriba leíamos. Un misterio «fascinosum» lo llamaba él: fascinante, de quedarse con la boca abierta ante tanto amor de Dios. ¡Y díganme si no es así! Un Dios que es inmensamente grande, se hace pequeño; un Dios omnipotente se hace inerme. ¿Para qué? Para que podamos abrazarlo y amarlo… como seguramente hizo María. ¿Se la imaginan abrazando a Cristo Niño? ¿Qué pensaría? Sea o no verdad, yo creo que podría ser algo como esto:

«La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que describir en su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho y su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡mi pequeño! Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí y de su condición humana delante de su hijo. Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios.

Le mira y piensa: Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se me parece. Es Dios y se me parece. Y ninguna mujer jamás ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios caliente que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe. Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe» (Jean Paul Sartre, Barioná, el Hijo del Trueno).

¿Cómo será esta Navidad para ti?

¿Qué expectativas tienen para esta Navidad en su oración? ¿Pasará como un año más? ¿Será como una ola de mar que viene y va, sin realmente empaparme con el amor de Dios? Que la invitación que nos hace Juan Pablo II cale hondo en nuestras almas: que aunque sea demasiado breve el tiempo, gocemos interiormente del amor de un Dios omnipotentemente pequeño y tierno. ¡Feliz y santa Navidad a todos!


Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C

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