¿Cómo amar como Dios nos ama?

1093
Trato de amistad y amor eterno

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros (Jn 15, 9-17).

COMENTARIO

No es indiferente que el texto evangélico, que se proclama este domingo reitere nueve veces el verbo “amar” en distintas formas. Tampoco es neutro que en el original griego, el pasaje tome el verbo ἁγἁπἁω para referirse tanto al amor de Dios con que somos amados, como al amor que nos debemos profesar unos a otros.

Sabemos que en griego hay tres verbos diferentes para referirse a las relaciones humanas de tipo amoroso, el amor erótico, el amor de amistad y el amor de caridad o teologal. Normalmente, nuestra cultura reduce el amor a la mutua atracción y al sentimiento afectivo, que no son relaciones despreciables, todo lo contrario. Dios Creador ha bendecido el amor erótico, y se ha profesado amigo de los hombres. Pero a lo que somos llamados es al amor que Dios nos tiene, a un amor por amar, sin afán especulativo y más allá del sentimiento de atracción.

Del análisis del texto, cabría interpretar que el amor de Dios está condicionado, según sea nuestra respuesta de reciprocidad, al elevar el condicional “si hacéis lo que yo os mando” como si nuestra respuesta fuera llave que abre o cierra el amor de Dios. Esta interpretación contradice a lo que poco después declara Jesús: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido”.

La amistad de Jesús, como el amor de Dios, es un ofrecimiento gratuito que Él nos hace. Por nuestro lado, solo cabe que nos abramos a ese amor, pero no podremos impedir que Él nos quiera. A la vez, somos invitados a amarnos unos a otros como Dios nos ama, y no reducir nuestras relaciones a lo que dicta la naturaleza, el instinto o la afectividad. Esta llamada es don del Espíritu Santo.

Solo cuando dejamos amar en nosotros al Espíritu de Dios que nos habita, podemos amar como somos amados por Dios; de lo contrario quedaremos hipotecados a la limitación de nuestra debilidad, al condicionante de nuestro carácter, a la afectación de nuestras relaciones, según sintamos simpatía o no hacia las personas.

Cuando Jesús, al final del Cuarto Evangelio, pregunta a Simón Pedro si le ama, lo hace por dos veces con el verbo ἁγἁπἁω, pero el discípulo le responde con el verbo φιλέω. Mas, a lo que somos llamados es a amarnos como Él nos ama.


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente (consulta aquí su página web) El contenido de este artículo puede ser reproducido total o parcialmente en internet y redes sociales, siempre y cuando se cite su autor y fuente original: www.la-oracion.com y no se haga con fines de lucro.