Si acoges a Cristo, concentras sobre tu alma su poder que cura y resucita.

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Lázaro, sal fuera. Acostado en la tumba, esta llamada ha resonado en tu oído. ¿Acaso hay una voz más potente que la del Verbo? Tú que estabas muerto, y no tan sólo desde hace cuatro días sino desde largo tiempo, has salido. Has resucitado con Cristo; tus vendas han caído. Ahora no vuelvas a morir: no te reúnas con los que yacen en las tumbas, no te dejes ahogar por las vendas de tus pecados. Pues, ¿acaso podrías resucitar de nuevo?

¡Que la llamada del Señor resuene en tus oídos! No los cierres a la enseñanza y a los consejos del Señor. Si en tu sepulcro estabas ciego y sin luz, abre los ojos para no hundirte en el sueño de la muerte. En la luz del Señor, contempla la luz; en el Espíritu de Dios, fija tus ojos sobre el Hijo. Si acoges la Palabra entera, concentras sobre tu alma el poder de Cristo que cura y resucita. No temas esforzarte para mantener la pureza de tu bautismo y pon en tu corazón los caminos que suben hacia el Señor. Conserva cuidadosamente la absolución que por pura gracia has recibido.