La contrición

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Cuando detesto las consecuencias de mi pecado, o sea las molestias e inconvenientes de que es causa, conservo, frecuentemente acaso, aficiones secretas a mi desorden interior; es decir, que en realidad detesto la acción vengadora de Dios y continúo amando mi acción mala. Singular contrición, en verdad, que rayaría casi en ironía, si la necedad humana no excusase algún tanto una burla tan grosera: a esto llamo “mi” contrición. Es demasiado “mía”, por desgracia, pues no procede apenas de Dios. ¿Me asombraré de que esta contrición humana produzca tan pocos frutos de conversión divina? ¿En cuántos casos esta pretendida contrición no sirve de almohada a la conciencia, para dormir tranquila en el mal? Siento en mí cierta detestación, y sin querer examinar demasiado el punto concreto sobre que recae, me tranquilizo sobre mis disposiciones interiores; y así permanezco en un estado de alma que tiene alguna semejanza con el del ladrón que, habiendo sido hecho preso, está pesaroso, no de haber robado, sino de haber sido cogido: peligrosa disposición que, después de una falta, tiende a esterilizar lo que Dios hace inmediatamente para curarla. (José Tissot, La vida interior)