En la tribulación: confianza en Dios y mantenerse en su presencia

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Bien sé, querida Hermana, que padece mucho, y yo tomo mucha parte en sus dolores; pero me parece que no debería desolarse tanto. El desamparo que experimenta es solo exterior, y las tinieblas tan densas que la envuelven son medios que Dios la envía para ayudarla a llegar hasta El con más seguridad. Ya sabe que cuanto más abunden las tinieblas y oscuridades en su camino, más abundara la fe, y bien sabe Vd. también que la fe sola es vida y guía de los que Dios tiene por suyos. Dígase a menudo así misma desde esa abismo: «Aun cuando estuviera reprobada, haría cuanto pudiese por Dios.» Y si, entre veinte acciones, no hiciera más que una buena o medio buena, siempre ello quedaría hecho por amor a Dios. Bueno será en el estado en que se encuentra que se humille algunas veces; pero de más provecho ha de serle el estímulo y la confianza en Dios. De nuevo le repito acuda a Dios por la oración ¿se le puede disgustar por ello? Líbrenos El de pensar tal cosa, carísima Hermana; créame, la oración atrae siempre alguna gracia aun sobre los más grandes pecadores. Ese es casi el único refugio que les quede, y aunque no hiciera Vd. otra cosa que permanecer en la presencia de Dios, le sería ciertamente utilísimo para no desalentarse en las penas y para no desalentarse en la presencia de Dios, le sería ciertamente utilísimo para no desalentarse en las penas y para esforzarse a soportarlas con paciencia. Ore, siempre que pueda, delante del Santísimo Sacramento. Eso le ayudara mucho a tranquilizar el espíritu y lo más hondo de su alma.