Dificultades en la oración

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Si al principio no te sintieres con fuerza y vigor bastante para sufrir las dificultades y penas que se presentan en el camino de la perfección, es necesario que procures ocultártelas con destreza a ti misma, de suerte que te parezcan menores de lo que suelen figurarse los perezosos. Por ejemplo, si para adquirir una virtud necesitas ejercitarte en repetidos y frecuentes actos, y combatir con muchos y poderosos enemigos que se oponen a tu intento, empieza a formar dichos actos como si hubiesen de ser pocos los que has de producir, trabaja como si tu trabajo no hubiese de durar sino muy breve tiempo, y combate a tus enemigos, uno en pos de otro, como si no tuvieses sino uno solo que combatir y vencer, poniendo toda tu confianza en Dios, y esperando que con el socorro de su gracia serás más fuerte que todos ellos. Pues si obrares de esta suerte, vendrás a librarte del vicio de la pereza y a adquirir la virtud contraria. Lo mismo practicarás en la oración. Si tu oración debe durar una hora, y te parece largo este tiempo, proponte solamente orar medio cuarto de hora, y pasando de este medio cuarto de hora a otro, no te será difícil ni penoso el llenar, finalmente, la hora entera. Pero si al segundo o tercero medio cuarto de hora, sintieres demasiada repugnancia y pena, deja entonces el ejercicio para no aumentar tu desabrimiento y disgusto; porque esta interrupción no te causará ningún daño, si después vuelves a continuarlo. Este mismo método has de observar en las obras exteriores y mentales. Si tuvieres diversas cosas que hacer, y, por parecerte muchas y muy difíciles, sientes inquietud y pena, comienza, siempre por la primera, con resolución, sin pensar en las demás, porque haciéndolo así con diligencia, vendrás a hacerlas todas con menos trabajo y dificultad de lo que imaginabas.(El Combate Espiritual, Lorenzo Scupoli)