Confianza en la oración de Jesús

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El mismo nos tiene dicho que todo cuanto pidamos al Padre en su nombre, esto es, poniéndole como valedor, nos será otorgado. Cuando nos presentemos a Dios, desconfiemos de nosotros mismos, pero sobre todo avivemos nuestra fe en el poder que Jesús, jefe y hermano mayor nuestro, tiene para introducirnos en la cámara de su Padre, que es también Padre nuestro. «Subo a mi Padre, que es también vuestro Padre» (Jn 20,17).- Porque si esta fe es viva, nos uniremos por su medio estrechamente con Jesucristo, y «Cristo, que mora en nosotros por la fe» (Ef 3,17) nos sube hasta el Padre. «Quiero, Padre, que los míos estén conmigo donde yo esté» (Jn 17,24). ¿Dónde está El? En el seno del Padre. Estamos por la fe donde El está en la realidad, en el seno del Padre. «En Cristo, dice San Pablo, por la fe tenemos seguridad y entrada confiada con Dios» (Ef 3,12). Entonces comienza la oración; Cristo, por su Espíritu, ora con nosotros y por nosotros (Heb 7,25). ¡Qué motivo más poderoso para atrevernos a comparecer confiados ante Dios! Si nos presenta Cristo, que nos mereció la filiación divina, señal cierta de que no somos ya huéspedes y advenedizos, sino hijos (Ef 1,19), podemos desde luego entregarnos a las expansiones de un amor tierno, que es perfectamente compatible con un respeto profundo. El Espíritu Santo, Espíritu de Jesús, combina con sus dones de, temor y de piedad esos sentimientos de adoración rendida y de ilimitada confianza, que a primera vista parecen sentimientos reñidos, y da a nuestra actitud interior el carácter que conviene a nuestras relaciones con Dios.(La oración por Columba Marmión)