Confiamos poco

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Dios impone condiciones máximas. Él quiere dártelo todo, pero tú constantemente deseas poco y poco pides. Tú no buscas lo más importante, lo que sería la realización del propósito de tu vida: que Dios pueda vivir y reinar plenamente en ella. ¿Sabes en qué medida le atas las manos a Dios cuando le pides muy poco, cuando te sientes satisfecho con la medianía? Pero eso Dios no puede aceptarlo. Hay una escena conmovedora durante unas apariciones de la Virgen María. Cuando los niños iban a ir al lugar de las apariciones, alguien del entorno tuvo la idea de darles una lista de peticiones escritas en un papel, para que se las presentaran a la madre de Dios. Y escribieron una larguísima lista de peticiones. Uno pidió una vivienda, otro un puesto de trabajo; algunos pidieron mejor salud y otros calma y paz; también hubo quien pidió que su hijo o su esposo volviera a la fe. De esa manera escribieron un buen montón de hojitas que los niños se llevaron. María examinó las hojitas y se entristeció. Les dijo a los niños: «Mi Hijo no confía en ellos». María no hizo caso de las peticiones. No podía hacer caso de ellas, porque aquella gente le pidió «demasiado poco». En las peticiones de la gente no se manifestó el radicalismo evangélico. Dios no puede conceder peticiones relacionadas con la vivienda, el trabajo y la salud, si estas conducen a una situación en la que Dios resulta ya innecesario. Si esas peticiones no son para ayudar al hombre a seguir a Dios, hasta sus últimas consecuencias, entonces Dios no les hace caso. En nuestra vida todo debe estar subordinado al único propósito de que Cristo crezca en nosotros y alcance en nosotros la plenitud. Todo ha de estar al servicio de eso y, precisamente por ello, Dios exige de nosotros radicalismo también en nuestras peticiones. Dios está «loco», él quiere dártelo todo. Quiere darte el Reino, pero tú, al pedirle tan poco, se lo impides. (Tadeuz Dajczer, Meditaciones sobre la fe).