Abandono (definición)

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La palabra «abandono», en sí misma, no deja de tener ambigüedad y tiene peligro de engañarnos; por eso necesitamos hacerle un tratamiento de rayos X, para restituirle su carácter activo, tal como Cristo lo entiende en el evangelio y tal como ha sido comprendido en toda la tradición espiritual. Preferimos la expresión utilizada por el P. Víctor Sion cuando habla del «movimiento de abandono». Se trata de un movimiento que es pasivo y | activo al mismo tiempo, puesto que el hombre recibe de Dios la impulsión de su amor, que reviste su inteligencia, su voluntad y su actividad y que, finalmente, hace que el hombre se entregue a este amor sin exclusivismos. Recibir no es menos activo que hacer, pero es una actividad de otro orden que a los ojos de la impaciencia humana, se parece lamentablemente a la pasividad. Teresa ha sostenido siempre, y lo enseña en el noviciado, que su camino de infancia espiritual no tenía nada que ver con el quietismo, pero hay que comprender, en qué consiste la parte que corresponde al hombre. Su hermana Celina se expresa así: «Aunque caminaba por esta vía de confianza ciega y total que llama su caminito’, o ‘camino de infancia espiritual’, nunca descuidó la cooperación personal, dándole una importancia que llena toda su vida de actos generosos y constantes» (C v R II, 46). Pero de momento quisiéramos dejar a un lado este aspecto de la «cooperación personal», prontos a volver en seguida para mostrar cómo el abandono teresiano enraíza en el evangelio y en la tradición espiritual. Estudiando las diferentes «escuelas de espiritualidad», nos ha impresionado el hecho de que en este punto concreto del abandono coinciden todas. En el fondo, es normal, toda espiritualidad particular tiene su fuente en el evangelio y en el origen hay un acontecimiento de fuego, la conversión, es decir, el encuentro conmovedor con Cristo. (Lafrance J, Mi vocación es el amor).