Las caídas y el salto

Las caídas y el salto

Santa Teresa de Jesús sabía que la mayor grande tentación de su vida había sido la de abandonar la oración después de haber sido infiel a Dios: “Sabe el traidor que el alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida y que todas las caídas que le hace dar la ayudan, por bondad de Dios, a dar después mayor salto en lo que es su servicio” (Libro de la Vida, 19, 4).

Orar con el corazón

Orar con el corazón

Nos podríamos preguntar si hay algún método que nos ayuda a rezar con María y como María. La verdad un método quizás no exista pero sí se puede decir que la presencia de María en nuestra vida de oración es decisiva como la fue en el milagro de Caná o como fue su estar silencioso y orante al pie de la Cruz de su Hijo.

Nunca dejes la oración

Nunca dejes la oración

El camino real de la oración

En el libro que Santa Teresa dedicó a las carmelitas de San José de Ávila para estimularlas en el camino de la perfección religiosa, ella dice que es preciso hacer oración “con una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino … siquiera se hunda el mundo” (Camino de Perfección 35, 2).

Santa Teresa habla de la oración como del asunto que más importa en la vida, como aquél del que depende lo más importante, que es la misma salvación eterna. Ella conocía muy bien lo necesaria que era la gracia de Dios en la vida espiritual, pero al mismo tiempo, por experiencia propia, era consciente del valor de la oración y de las grandes tentaciones de quien comienza a hacer oración tiene que afrontar en el camino.

Orar con María

Orar con María

Necesitamos a una madre que nos enseñe a orar

Muchas cosas no nos salen si las hacemos solos. Necesitamos a los demás. Necesitamos aprender. Y la oración es un arte que requiere una profunda humildad porque parece que necesita un volver a empezar, un aprender siempre de nuevo, una conquista que hay que realizarla cada día.

Precisamente el mérito de la oración es que nos devuelve el alma de niños, que nos hace siempre tener un corazón dispuesto a maravillarse por la vida, por lo bello, por la luz, por el aire, por la bondad; que nos devuelve la capacidad de sorprendernos, de tener el estupor de que hablaba Juan Pablo II. Pero esto requiere un reconocerse niño, un saberse siempre necesitado, un reconocerse mendigo, un corazón contrito y humillado. Y por eso es que necesitamos en la oración la presencia y la compañía de María.