21 mayo,2018

¿No ardía nuestro corazón?

Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

“¿No ardía nuestro corazón en el camino mientras nos explicaba las Escrituras?”  Esta es la pregunta en forma de exclamación de los dos discípulos de Emaús cuando se dieron cuenta de que el misterioso acompañante que les había abierto los ojos del corazón durante el camino era nada menos que Jesús en persona. La expresión es muy significativa “arder el corazón”; y lo es, porque con frecuencia nuestro corazón no sólo no arde, sino que está como apagado, sin luz y sin calor, como un volcán extinto.

¿Cómo recuperar ese ardor si se ha perdido? En primer lugar, habría que recordar que se podría haber perdido el sentimiento emotivo de amor, mientras que el amor podría no haberse perdido. San Juan de la Cruz, con su habitual penetración de las cosas del espíritu, dice que “hay personas que sienten mucho y aman poco y otras que sienten poco y aman mucho”. Es verdad que no siempre somos dueños de nuestro sentir, de nuestras emociones, porque nuestra sensibilidad, por motivos muy diversos, no siempre traduce el verdadero estado de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.  Sin embargo, siempre es útil fomentar en nuestro corazón ese ardor que experimentaron los discípulos mientras escuchaban las palabras de Jesús.

¿Cómo podríamos favorecer ese ardor del corazón de que tantas veces carecemos? Un medio infalible es la oración mental, como la llamaba Santa Teresa, y que ella misma definía como tratar de amistad a solas y con frecuencia con Aquél que sabemos que nos ama. No cabe duda de que la práctica de la oración, si es sincera, constante y hecha con pureza de intención, hace que nuestro corazón, poco a poco, se vaya enfervorizando.

Es cierto que no podemos vivir siempre a 40 grados de temperatura espiritual, pero tampoco podemos vivir en mínimos insostenibles para nuestro corazón porque entonces, poco a poco, vamos perdiendo el fervor y nos encontramos con el corazón árido, quizás vacío. En algunas ocasiones son pruebas divinas que permite en el alma aridez o sequedad, pero otras veces somos nosotros que no fomentamos el amor debido y que nos quedamos en un amor que no es no frío ni caliente.

La oración nos hace volver al amor primero (Apoc 2, 4), a ese amor que sacudió el alma y la incendió en el amor de Dios y que revolucionó quizás nuestra vida. Luego el paso del tiempo, la costumbre, la rutina hicieron que se fuera perdiendo el brillo de ese amor que era capaz de iluminar los ojos del alma y que también se reverberaba con espontaneidad hacia los demás.

Hablando con Jesús, como un amigo habla con un Amigo, escuchando sus palabras, a través de la lectura meditativa y orante de la Palabra de Dios, en la adoración eucarística llena de fe y de devoción podremos ir renovando el amor primero y hacer que arda el corazón en un incendio de amor; de un amor que viene de Dios y que nos lleva a Él.

El mundo necesita de esos corazones ardientes, verdaderos fuegos pentecostales que se consuman en el amor a Dios y al prójimo, y que entreguen sus vidas sin reparos y con alegría para el bien de la Iglesia, de las comunidades, des los hermanos.

Si tú no ardes de amor, otros muchos morirán de frío. Tu ardor es necesario. Tu fuego es imprescindible para que el mundo conozca ese amor, y se pueda verdaderamente llenar de él y así encontrar la salvación en Jesucristo.

La Pascua es un camino con Jesús hacia la plenitud de la historia. Como peregrinos también nosotros caminamos con Él, también nosotros nos quedamos atónitos oyendo su palabra, también en nosotros arde el corazón cuando le oímos explicar las Escrituras a través de la acción del Espíritu Santo.

“¿No ardía nuestro corazón?”. Queremos que nuestro corazón arda, queremos que se inflame en el amor. No queremos ser tibios en el amor, queremos vivir la plenitud de nuestra vocación cristiana que consiste en el verdadero amor, a Dios y al prójimo por amor a Él. Sintamos con claridad y con emoción las palabras de Jesús a Santa Margarita María: “¡Al menos, tú, ámame!”. Percibamos  los latidos en nuestro corazón de quien ama con ardor, de que sabe que sólo el amor es creíble, de que sólo el amor puede llenar los deseos más profundos de nuestro corazón.