Salmo 135: Dad gracias al Señor porque es bueno

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SALMO 135

1 Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

2 Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

3 Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

4 Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

5Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

6 Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

7 Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

8 El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

9 La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

10 Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

11 Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

12 Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

13 Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

14 Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

15 Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

16 Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

17 Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

18 Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

19 A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

20 Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

21 Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

22 En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

23 En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

24 Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

25 Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

26 Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Catequesis de Benedicto XVI

9 de noviembre de 2005

Una relación personal con Dios

1. Ha sido llamado «el gran Hallel», es decir, la alabanza solemne y grandiosa que el judaísmo entonaba durante la liturgia pascual. Hablamos del salmo 135, cuya primera parte acabamos de escuchar, según la división propuesta por la Liturgia de las Vísperas (cf. vv. 1-9).

Reflexionemos ante todo en el estribillo: «Es eterna su misericordia». En esa frase destaca la palabra «misericordia», que en realidad es una traducción legítima, pero limitada, del vocablo originario hebreo hesed. En efecto, este vocablo forma parte del lenguaje característico que usa la Biblia para hablar de la relación que existe entre Dios y su pueblo. El término trata de definir las actitudes que se establecen dentro de esa relación: la fidelidad, la lealtad, el amor y, evidentemente, la misericordia de Dios.

Aquí tenemos la representación sintética del vínculo profundo e interpersonal que instaura el Creador con su criatura. Dentro de esa relación, Dios no aparece en la Biblia como un Señor impasible e implacable, ni como un ser oscuro e indescifrable, semejante al hado, contra cuya fuerza misteriosa es inútil luchar. Al contrario, él se manifiesta como una persona que ama a sus criaturas, vela por ellas, las sigue en el camino de la historia y sufre por las infidelidades que a menudo el pueblo opone a su hesed, a su amor misericordioso y paterno.

Alabanza a Dios por la creación

2. El primer signo visible de esta caridad divina -dice el salmista- ha de buscarse en la creación. Luego entrará en escena la historia. La mirada, llena de admiración y asombro, se detiene ante todo en la creación: los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas.

Antes de descubrir al Dios que se revela en la historia de un pueblo, hay una revelación cósmica, al alcance de todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador, «Dios de los dioses» y «Señor de los señores» (vv. 2-3).

Como había cantado el salmo 18, «el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra» (vv. 2-3). Así pues, existe un mensaje divino, grabado secretamente en la creación y signo del hesed, de la fidelidad amorosa de Dios, que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y el alimento, la luz y el tiempo.

Hay que tener ojos limpios para captar esta revelación divina, recordando lo que dice el libro de la Sabiduría: «De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sb 13,5; cf. Rm 1,20). Así, la alabanza orante brota de la contemplación de las «maravillas» de Dios (cf. Sal 135,4), expuestas en la creación, y se transforma en gozoso himno de alabanza y acción de gracias al Señor.

Comentario de S. Basilio Magno

3. Por consiguiente, de las obras creadas se asciende hasta la grandeza de Dios, hasta su misericordia amorosa. Es lo que nos enseñan los Padres de la Iglesia, en cuya voz resuena la constante Tradición cristiana.

Así, san Basilio Magno, en una de las páginas iniciales de su primera homilía sobre el Exameron, en la que comenta el relato de la creación según el capítulo primero del libro del Génesis, se detiene a considerar la acción sabia de Dios, y llega a reconocer en la bondad divina el centro propulsor de la creación. He aquí algunas expresiones tomadas de la larga reflexión del santo obispo de Cesarea de Capadocia:

«»En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Mi palabra se rinde abrumada por el asombro ante este pensamiento» (1,2,1: Sulla Genesi, en Omelie sull’Esamerone, Milán 1990, pp. 9.11). En efecto, aunque algunos, «engañados por el ateísmo que llevaban en su interior, imaginaron que el universo no tenía guía ni orden, como si estuviera gobernado por la casualidad», el escritor sagrado «en seguida nos ha iluminado la mente con el nombre de Dios al inicio del relato, diciendo: «En el principio creó Dios». Y ¡qué belleza hay en este orden!» (1,2,4: ib., p. 11). «Así pues, si el mundo tiene un principio y ha sido creado, busca al que lo ha creado, busca al que le ha dado inicio, al que es su Creador. (…) Moisés nos ha prevenido con su enseñanza imprimiendo en nuestras almas como sello y filacteria el santísimo nombre de Dios, cuando dijo: «En el principio creó Dios». La naturaleza bienaventurada, la bondad sin envidia, el que es objeto de amor por parte de todos los seres racionales, la belleza más deseable que ninguna otra, el principio de los seres, la fuente de la vida, la luz intelectiva, la sabiduría inaccesible, es decir, Dios «en el principio creó los cielos y la tierra»» (1,2,6-7: ib., p. 13).

Creo que las palabras de este Santo Padre del siglo IV tienen una actualidad sorprendente cuando dice: «Algunos, engañados por el ateísmo que llevaban en su interior, imaginaron que el universo no tenía guía ni orden, como si estuviera gobernado por la casualidad». ¡Cuántos son hoy los que piensan así! Engañados por el ateísmo, consideran y tratan de demostrar que es científico pensar que todo carece de guía y de orden, como si estuviera gobernado por la casualidad. El Señor, con la Sagrada Escritura, despierta la razón que duerme y nos dice: «En el inicio está la Palabra creadora. Y la Palabra creadora que está en el inicio -la Palabra que lo ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente que es el cosmos- es también amor».

Por consiguiente, dejémonos despertar por esta Palabra de Dios; pidamos que esta Palabra ilumine también nuestra mente, para que podamos captar el mensaje de la creación -inscrito también en nuestro corazón-: que el principio de todo es la Sabiduría creadora, y que esta Sabiduría es amor, es bondad; «es eterna su misericordia».

 

16 de noviembre de 2005

La presencia de Dios en la historia

1. Nuestra reflexión vuelve al himno de alabanza del salmo 135 que la Liturgia de las Vísperas propone en dos etapas sucesivas, siguiendo una distinción específica que la composición ofrece a nivel temático. En efecto, la celebración de las obras del Señor se delinea entre dos ámbitos, el del espacio y el del tiempo.

En la primera parte (cf. vv. 1-9), que fue objeto de nuestra meditación precedente, desempeñaba un papel destacado la acción divina en la creación, que dio origen a las maravillas del universo. Así, en esa parte del salmo se proclama la fe en Dios creador, que se revela a través de sus criaturas cósmicas. Ahora, en cambio, el gozoso canto del salmista, llamado por la tradición judía «el gran Hallel», o sea, la alabanza más elevada dirigida al Señor, nos conduce a un horizonte diverso, el de la historia. La primera parte, por tanto, trata de la creación como reflejo de la belleza de Dios; la segunda habla de la historia y del bien que Dios ha realizado por nosotros en el curso del tiempo. Sabemos que la revelación bíblica proclama repetidamente que la presencia de Dios salvador se manifiesta de modo particular en la historia de la salvación (cf. Dt 26,5-9; Jos 24,1-13).

El viaje por el desierto

2. Así pues, pasan ante los ojos del orante las acciones liberadoras del Señor, que tienen su centro en el acontecimiento fundamental del éxodo de Egipto. A este está profundamente vinculado el arduo viaje por el desierto del Sinaí, cuya última etapa es la tierra prometida, el don divino que Israel sigue experimentando en todas las páginas de la Biblia.

El célebre paso a través del mar Rojo, «dividido en dos partes», casi desgarrado y domado como un monstruo vencido (cf. Sal 135,13), hace surgir el pueblo libre y llamado a una misión y a un destino glorioso (cf. vv. 14-15; Ex 15,1-21), que encuentra su relectura cristiana en la plena liberación del mal con la gracia bautismal (cf. 1 Co 10,1-4). Se abre, además, el itinerario por el desierto: allí el Señor es representado como un guerrero que, prosiguiendo la obra de liberación iniciada en el paso del mar Rojo, defiende a su pueblo, hiriendo a sus adversarios. Por tanto, desierto y mar representan el paso a través del mal y la opresión, para recibir el don de la libertad y de la tierra prometida (cf. Sal 135,16-20).

El don de la libertad

3. Al final, el Salmo alude al país que la Biblia exalta de modo entusiasta como «tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares (…), tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas montañas extraerás el bronce» (Dt 8,7-9).

Esta celebración exaltante, que va más allá de la realidad de aquella tierra, quiere ensalzar el don divino dirigiendo nuestra expectativa hacia el don más alto de la vida eterna con Dios. Un don que permite al pueblo ser libre, un don que nace -como se sigue repitiendo en la antífona que articula cada versículo- del hesed del Señor, es decir, de su «misericordia», de su fidelidad al compromiso asumido en la alianza con Israel, de su amor, que sigue revelándose a través del «recuerdo» (cf. Sal 135,23). En el tiempo de la «humillación», o sea, de las sucesivas pruebas y opresiones, Israel descubrirá siempre la mano salvadora del Dios de la libertad y del amor. También en el tiempo del hambre y de la miseria el Señor entrará en escena para ofrecer el alimento a toda la humanidad, confirmando su identidad de creador (cf. v. 25).

La misericordia divina en Cristo

4. Por consiguiente, en el salmo 135 se entrelazan dos modalidades de la única revelación divina, la cósmica (cf. vv. 4-9) y la histórica (cf. vv. 10-25). Ciertamente, el Señor es trascendente como creador y dueño absoluto del ser; pero también está cerca de sus criaturas, entrando en el espacio y en el tiempo. No se queda fuera, en el cielo lejano. Más aún, su presencia en medio de nosotros alcanza su ápice en la encarnación de Cristo.

Esto es lo que la relectura cristiana del salmo proclama de modo límpido, como testimonian los Padres de la Iglesia, que ven la cumbre de la historia de la salvación y el signo supremo del amor misericordioso del Padre en el don del Hijo, como salvador y redentor de la humanidad (cf. Jn 3,16).

Así, san Cipriano, mártir del siglo III, al inicio de su tratado sobre Las obras de caridad y la limosna, contempla con asombro las obras que Dios realizó en Cristo su Hijo en favor de su pueblo, prorrumpiendo por último en un apasionado reconocimiento de su misericordia. «Amadísimos hermanos, muchos y grandes son los beneficios de Dios, que la bondad generosa y copiosa de Dios Padre y de Cristo ha realizado y siempre realizará para nuestra salvación; en efecto, para preservarnos, darnos una nueva vida y poder redimirnos, el Padre envió al Hijo; el Hijo, que había sido enviado, quiso ser llamado también Hijo del hombre, para hacernos hijos de Dios: se humilló, para elevar al pueblo que antes yacía en la tierra, fue herido para curar nuestras heridas, se hizo esclavo para conducirnos a la libertad a nosotros, que éramos esclavos. Aceptó morir, para poder ofrecer a los mortales la inmortalidad. Estos son los numerosos y grandes dones de la divina misericordia» (1: Trattati: Collana di Testi Patristici, CLXXV, Roma 2004, p. 108).

Con estas palabras el santo Doctor de la Iglesia desarrolla el Salmo con una enumeración de los beneficios que Dios nos ha hecho, añadiendo a lo que el Salmista no conocía todavía, pero que ya esperaba, el verdadero don que Dios nos ha hecho: el don del Hijo, el don de la Encarnación, en la que Dios se nos dio a nosotros y permanece con nosotros, en la Eucaristía y en su Palabra, cada día, hasta el final de la historia. El peligro nuestro está en que la memoria del mal, de los males sufridos, a menudo sea más fuerte que el recuerdo del bien. El Salmo sirve para despertar en nosotros también el recuerdo del bien, de tanto bien como el Señor nos ha hecho y nos hace, y para que podamos ver si nuestro corazón se hace más atento: en verdad, la misericordia de Dios es eterna, está presente día tras día.

 

Comentario del Salmo 135

Por Ángel Aparicio y José Cristo Rey García

Introducción general

«Gran himno en forma de letanía: el pueblo responde a las diversas invocaciones. El salmo realiza una sublime y sencilla síntesis de naturaleza e historia, contemplando y aclamándolo todo bajo el signo de la «misericordia» o amor salvador. Es decir, todo es salvación, la salvación comienza con la creación del universo, sigue con la redención de Israel, continúa en la vida cotidiana. Y el salmo queda abierto para nuevas invocaciones, porque la misericordia de Dios es eterna y continúa» (L. Alonso Schökel). La primera parte del «Gran Hallel» -como denominaba el judaísmo a este salmo- se compone de un cántico de entrada o invitación a la alabanza (vv. 1-3) y de la alabanza a Dios creador (vv. 4-9). La forma litánica o responsorial es exponente de su carácter litúrgico.

En la segunda parte del salmo, vv. 10-26, continúa la alabanza haciendo un recorrido por los hitos más salientes de la historia pasada, desde Egipto hasta la tierra prometida. Llegados a la tierra dada a Israel como heredad, se resumen las incidencias históricas sin relatar ningún dato concreto. En la opresión política y en la derrota militar, Dios continúa manifestando su gran misericordia. Desde aquí se da un paso a lo cotidiano. También el pan de cada día es una demostración del gran amor de Dios. Se impone una rendida tributación de gratitud a Dios, cuya misericordia es eterna.

En la celebración comunitaria, para la salmodia de la primera parte de este cántico o himno (vv. 1-9), deben tenerse en cuenta los dos temas que lo componen: invitación a la alabanza y alabanza de Dios creador. Puede salmodiarse de forma litánica: la asamblea recita el segundo verso-estribillo: «Porque es eterna su misericordia». He aquí la distribución:

Presidente, Invitación a la alabanza: «Dad gracias al Señor… Señor de los señores» (vv. 1-3).

Salmista, Alabanza de Dios creador: «Sólo él hizo maravillas… la luna que gobierna la noche» (primer inciso de los vv. 3-9).

Asamblea, Estribillo: «Porque es eterna su misericordia».

A la segunda parte del salmo se le aplica el mismo modo litánico que a la parte precedente: un salmista proclama los motivos, signos que descubren el amor de Dios, y la asamblea responde a cada uno de los motivos: «Porque es eterna su misericordia».

Bendito sea Dios por su gran misericordia

La bondad, la misericordia, el amor de Dios es inaprehensible en palabras humanas. La superioridad incomparable del Dios de Israel, su hacer creacional y sus hazañas históricas son algunos de los gestos, tan sólo indicativos, de ese inconmensurable amor. Llegada la plenitud de los tiempos, el gesto sorprendente de enviar a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley (Gál 4,4), permite asomarnos al océano de amor divino, sin poder divisar sus costas. «En esto consiste el amor… en que Dios nos amó y envió a su Hijo» (1 Jn 4,10). Cristo es la manifestación de la misericordia, del amor de Dios hacia los hombres. Consecuencia de ello es que cantemos la eterna misericordia de Dios con el lenguaje de los hechos: «Si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11). «¡Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por su gran misericordia!» (1 Pe 1,3).

Un cántico para nuestro destierro

La miopía de los contemporáneos de Jeremías sólo les permite ver el abandono y la desolación de las ciudades de Judá. El profeta percibe un trajín de multitudes. Vienen a la casa de Dios con esta canción: «Alabad al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor» (Jer 36,10-11). Ni la fuerza destructora del destierro silencia el amor de Dios. El ruido del destierro humano condenó a Jesús a una radical soledad (cf. Mc 14,50). Pudo parecer incluso que la voz de Dios había enmudecido para siempre. Pero Jesús, perdonando y acogiendo todavía, llega a la cumbre del «más grande amor» (Jn 15,13). El escándalo de la cruz es un escándalo de amor, que ha introducido en nuestro mundo la desconocida y operante fuerza del Espíritu. Ella es quien entona la canción de nuestro destierro: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8,15). Prepara así el triunfo del amor eterno, en el que «conoceremos como somos conocidos» (1 Cor 13,12).

La creación, capítulo primero del amor

El amor que el hombre retorna a Dios se fundamenta en que Él es único, Dios de los dioses y Señor de los señores; en que sólo Él y no otro hizo los cielos, afianzó la tierra; en que todo fue creado por Él, en que Él es nuestro Dios: un posesivo que concentra todo el amor divino hacia su pueblo. El que nos formó y creó es el creador de todo. Con la creación comienza el estupendo libro del amor de Dios. El título de este capítulo es «Todo fue creado por Cristo y para Cristo» (Col 1,16). Las inquietantes preguntas que surgen de vez en cuando: «¿Por qué, para qué existo?», tienen una sola respuesta: por Amor y para el Amor. Para nosotros, en efecto, «no hay más que un solo Dios, el Padre del cual proceden todas las cosas y para el que somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y para el cual somos nosotros» (1 Cor 8,6). Es justo que alabemos el eterno amor de nuestro Dios.

Creo en Dios Todopoderoso

Recordar la liberación de Egipto es confesar el poder de Dios. Se interpusieron poderes adversos: el Faraón que no reconoce a Dios, el mar como poder de desorden, los reyes cananeos… La mano fuerte y el brazo extendido de Dios revelan al Dios de Israel como el único Todopoderoso en el cielo y en la tierra. Jesús, ungido con la fuerza del Espíritu y con poder, hubo de enfrentarse con otros poderes. Por un momento pareció que triunfaba el poder de las tinieblas. Sin embargo, una vez elevado, atrae a todos hacia sí (Jn 12,31-32). Es decir, se le han dado tales poderes en el cielo y en la tierra, que el resto de las potencias han sido destronadas. Para reconocer ese sorprendente y único poder, para reconocer a Cristo y el poder de su resurrección, es necesario creer en el poder de Dios que resucitó a Cristo. Este mismo poder guardará a los creyentes para la salvación que se revelará en los últimos tiempos. Mientras salmodiamos, afirmamos nuestra fe: Creemos en Dios Padre todopoderoso.

En la nueva creación no habrá mar

El mar tiene diversos simbolismos religiosos: es la fuerza del desorden caótico que debe ser domada para que exista lo creado. Simboliza igualmente el poder hostil de las naciones, que deben ser vencidas para que el pueblo de Dios pase el Mar a pie enjuto. Simboliza, finalmente, las fuerzas satánicas con que Dios se enfrentará en el último combate. Se puede decir que el mar es la lejanía más absoluta de Dios. Esa lejanía deja de serlo porque el Creador tiene un dominio absoluto sobre los acontecimientos históricos. Jesús, imperando sobre el mar, subyugándolo como un señor a su esclavo, es el vencedor del desorden, de los poderes adversos y de la fuerza satánica que ahora acosa a los que son de Cristo. Los que creemos en Cristo llegaremos al día extraordinario en el que ya no habrá mar (Ap 21,1). La lejanía de Dios será absoluta y cálida cercanía porque es eterno su amor.

Danos hoy el pan del mañana

El amor de Dios no es una vieja historia pasada. El pan de cada día es una dádiva de su amor. Este pan es una sombra del auténtico pan, el que da la vida al mundo. El alimento que se acaba da solamente una vida que perece. Hay un alimento para el futuro que, por ser la mayor condensación del amor, comporta una vida imperecedera. Por ese pan debemos afanarnos. Ya se reparte ahora en la mesa del Reino y hace dichoso al hombre. Quien se acerca a la Eucaristía y come la carne entregada por nosotros, saborea el pan del cielo, que contiene en sí todo deleite. Encierra el deleite de la saciedad del momento y de la hartura futura, cuya prenda es. Por eso pedimos insistentemente que Dios nos dé hoy el pan del mañana, cuando seremos saciados para siempre en nuestros anhelos de vida (Mt 6,11), porque es eterno el amor que Dios nos tiene.

Resonancias en la vida religiosa

I.- Vida Religiosa, Eucaristía permanente: Llevamos en nosotros las marcas indelebles del seguimiento de Cristo, impresas definitivamente en nuestra carne el día de nuestra profesión perpetua, el día del compromiso definitivo. Son marcas que su amor nos ha producido, y por ello anuncian, proclaman que su amor, su gracia es eterna. No necesitamos hablar; nuestra misma vida habla el lenguaje silencioso, pero elocuente, del amor.

Por ello nuestra vida es una continua acción de gracias; estamos llamados a ser portavoces permanentes de la gracia de Dios en nuestro mundo, reflejo de su inmensa benevolencia; de aquella que se manifiesta en todas las cosas creadas: en la maravilla de los cielos, en la consistencia de la tierra y de sus mares, en la portentosidad de las estrellas, en la magnificencia del sol y en la poesía de la luna.

Mas nuestra acción de gracias, nuestra eucaristía, no es sino una prolongación de ese momento constituyente de nuestra comunidad, en el que celebramos la muerte y la resurrección del Señor, hasta que venga, y en donde Cristo Jesús se convierte en la acción de gracias más sublime del hombre al amor eterno de Dios Padre.

II.- Comunidad que relata las maravillas de Dios: Congregados portentosamente en comunidad desde los lugares y familias más dispares, unidos quienes estábamos separados por diversas experiencias, ideas y mentalidades, entonamos un cántico sinfónico al Dios que conduce la historia. Con nuestra vida y nuestra alabanza agradecida queremos relatar, dramatizar los portentos maravillosos del Dios del amor. No solamente esos acontecimientos que llaman la atención, sino también, y principalmente, esos milagros cotidianos que solamente son posibles por la presencia vivificante y sorprendente del Espíritu de Dios.

Allí donde se establezca nuestra comunidad, debemos ofrecer a los hombres una Palabra de evangelización que relate, a veces silenciosa pero efectivamente, la grandeza y el amor inconmensurable de Dios. Y, sobre todo, cuando nos congregamos en torno a la mesa eucarística significamos que Dios Padre da alimento a todo viviente, a través del compartir lo que somos y tenemos («dadles vosotros de comer») y sobre todo a través de la entrega del Hijo, con todo lo que es y tiene («me ha sido dado todo el poder»). Comulgar en el Cuerpo del Señor es la gran oportunidad de realización para toda la humanidad. Nosotros, comunidad congregada desde la diversidad, así lo testificamos diariamente. Nuestra vida es un relato de las maravillas cotidianas de Dios.

Oraciones sálmicas

Oración I: Te damos gracias, Señor, porque eres bueno y has manifestado tu gracia eterna en Jesús el Cristo; Él ha sido para nosotros la muestra más indiscutible de tu amor; si Tú nos has amado de esa manera, concédenos que nos amemos igualmente unos a otros. Te lo pedimos, Padre, por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración II: Aunque experimentamos nuestra vida como un destierro, podemos proclamar, Señor, que tu misericordia es eterna; sabemos que Tú no nos abandonas, pues el escándalo de la cruz fue el escándalo de tu amor; que él llegue hasta nosotros mediante la operante fuerza de tu Espíritu. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Dios creador, que todo lo creaste en Cristo y para Cristo, proclamamos que así manifestaste tu amor y que en cada cosa de nuestro universo están plasmadas las huellas de tu benevolencia; concédenos la gracia de alabarte siempre a través de lo creado. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración IV: Dios de la historia, Tú ungiste a tu Hijo Jesús con la fuerza del Espíritu y con poder para enfrentarse a los poderes del mal, manifestándonos así tu inmensa misericordia; que nuestra vida se convierta en confesión permanente de tu poder amoroso, capaz de resucitarnos a nosotros como resucitaste a Cristo Jesús. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración V: Porque es eterno tu amor, te has aproximado tanto a nosotros, Señor, que has asumido nuestra carne por medio de tu Hijo; nos has ofrecido así la gran posibilidad de vencer a los poderes satánicos del pecado en nuestra misma carne; no permitas que nos alejemos de ti por la increencia. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración VI: Te damos gracias, Padre, porque das alimento a todo viviente y porque, en el colmo de tu amor, nos entregaste como alimento y bebida el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo haciendo de ellos tu eterno memorial; gracias, Dios del cielo, porque es eterna su misericordia. Amén.

 

Comentario del Salmo 135

Por Maximiliano García Cordero

Este salmo tiene un aire litúrgico y se asemeja mucho al anterior por su contenido, aunque literariamente se distingue por la inserción de un estribillo en la segunda parte de cada versículo, lo que indica su carácter responsorial, cantado con alternanza de coros. Sabemos por Esdras 3,11 y 2 Paralipómenos 7,3.6 que en la organización del culto cantaban alternativamente los coros, declarando la bondad y longanimidad de Yahvé. Algunas veces intervenía todo el pueblo con la contestación Amén, Aleluya. Entre los judíos, este salmo era llamado «Gran Hallel», en contraposición al simple «Hallel», que comprendía los salmos 112-117; pero aquella denominación pasó a designar también el conjunto integrado por los salmos 134-135 y 119-135.

Podemos distinguir en este himno tres partes: a) Yahvé, creador del universo (vv. 1-9); b) Yahvé, libertador del pueblo escogido (10-24); c) providencia de Yahvé sobre toda criatura (vv. 25-26). Como el salmo anterior, éste abunda en reminiscencias de otros salmos y pasajes bíblicos. Parece que en él se inspiró el autor de Eclesiástico 51,1-15 para componer su cántico. Algunos autores consideran el salmo 135 como una explicitación o adaptación coral del contenido del salmo 134.

Yahvé, Creador de todas las cosas (vv. 1-9).- El salmista inicia su himno responsorial invitando a reconocer la bondad divina y su soberanía sobre todo, incluso sobre los supuestos dioses de los otros pueblos, que para él no tienen vida propia. Su poder es omnímodo, y se manifestó en la obra de la creación. El canto sigue el relato de Génesis 1: la formación de los cielos y de la tierra sobre las aguas; después destaca el mundo sideral: el sol, la luna y las estrellas, que, lejos de ser divinidades, como creían los pueblos gentiles, son unos instrumentos al servicio del hombre. Cada uno de ellos tiene su momento fijado para aparecer: el sol de día, la luna y las estrellas de noche. Y todo conforme a un plan divino previamente fijado conforme a su sabiduría.

Protección divina sobre Israel (vv. 10-24).- Esta segunda sección del salmo está calcada sobre la segunda del salmo anterior, de la que es una simple adaptación litánica para ser cantado alternativamente con el pueblo.

La Providencia divina (vv 25-26).- El v. 25 parece fuera de lugar, pues la mención de la Providencia sobre todos los seres interrumpe bruscamente el himno que canta la protección divina sobre Israel como pueblo. Parece que forma parte de una sección perdida en la que se cantaría la solicitud providente de Yahvé sobre todos los animales y sobre el hombre, al estilo del salmo 103. La composición termina invitando a alabar y dar gracias al Dios del cielo, expresión que sólo aparece aquí en el Salterio y en los libros de la época persa.