Tú, Señor, que asumiste la existencia

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Tú, Señor, que asumiste la existencia,

la lucha y el dolor que el hombre vive,

no dejes sin la luz de tu presencia

la noche de la muerte que lo aflige.

Te rebajaste, Cristo, hasta la muerte,

y una muerte de cruz, por amor nuestro;

así te exaltó el Padre, al acogerte,

sobre todo poder de tierra y cielo.

Para ascender después gloriosamente,

bajaste sepultado a los abismos;

fue el amor del Señor omnipotente

más fuerte que la muerte y que su sino.

Primicia de los muertos, tu victoria

es la fe y la esperanza del creyente,

el secreto final de nuestra historia,

abierta a nueva vida para siempre.

Cuando la noche llegue y sea el día

de pasar de este mundo a nuestro Padre,

concédenos la paz y la alegría

de un encuentro feliz que nunca acabe. Amén.