Vivir en tiempo real

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Silencio, llamado y vocación II

Hoy no sabemos esperar. La tecnología nos ha desacostumbrado al volver instantáneas tantas cosas. La información es instantánea. Los resultados médicos son instantáneos. Las calificaciones de los exámenes son instantáneas. O, como suele decirse, “en tiempo real”. De hecho, la expresión “en tiempo real” se ha vuelto sinónimo de inmediatez.

El peligro de la inmediatez

Es un signo de nuestro tiempo. Y, sin duda, uno de los grandes triunfos de la técnica. Sólo que la inmediatez tiene sus desventajas. Por lo menos, si es indiscriminada. El ser humano necesita tiempo para digerir muchas cosas; más aún, para digerir su propia vida.

Una vida sin “mediatez” corre el peligro de ser indigesta. Dicho de otro modo, no fuimos creados para la inmediatez. La experiencia del estrés no es más que un justificado reclamo de nuestra psicología y, más en el fondo, de nuestra misma humanidad. Porque la vida es alimento pesado; nos exige digerirla poco a poco.

Redefiniendo el «tiempo real»

Me parece que el concepto de “tiempo real” merece otro significado. El “tiempo real” no tiene nada que ver con la inmediatez. Para Aristóteles, el tiempo es la medida del cambio, del movimiento.

El “tiempo real”, según esta definición, es la medida del “movimiento real”, del cambio verdadero de la vida y de las cosas. El “tiempo real”, aplicado a nuestra vida, es el tiempo que ella exige para ser humana.

La naturaleza, con sus ciclos y tiempos, es una gran maestra de la lentitud, de lo paulatino, del “poco a poco”.

Nuestra vida debería discurrir también así, lentamente, siguiendo la rigurosa sabiduría de la gradualidad, de la asimilación, de la sana “digestión vital”. Creo que ciertas reacciones sociales y hasta mercadológicas van en esa dirección.

Los restaurantes “slow food” son mucho más que una puntada para atraer clientes; son una justificada reacción contra la prisa y un volver a la sensatez del “despacito”. De hecho, ya son todo un movimiento internacional, cuyo elocuente símbolo es un caracol.

En esa misma línea, Carl Honoré escribió su ya célebre Elogio de la lentitud, en oposición a una cultura que valora la velocidad y la hiperactividad como claves del éxito.

El reaprendizaje de la espera

Hoy iniciamos el tiempo litúrgico de Adviento. Tiempo de espera por excelencia. Con el tiempo de Adviento, la Iglesia nos presenta una vez más el valor de la espera. Nos propone re-aprender a esperar.

Aprender a esperar, ante todo, a Dios, que es el sentido propio del Adviento; pero también aprender a esperar a los demás y a nosotros mismos.

Esperar a Dios

El Adviento es la espera de Dios por excelencia. Es la espera de Cristo. ¡Nada menos! Hoy es una espera segura y cierta, pero a la que quizá nos hemos acostumbrado por celebrarla año tras año.

Hace dos mil años, la espera del Mesías era muy diferente. Era una espera acariciada por siglos; una espera que había llegado a ser la vida y la esencia de un pueblo.

El pueblo judío se definía a sí mismo como el pueblo de las promesas de Dios. Y toda promesa supone una espera. Para muchos, sin embargo, la espera no resistió la prueba del tiempo y cayó en el olvido. Cuando finalmente vino Cristo al mundo, ya muy pocos lo esperaban realmente.

Ahora bien, el Adviento es la espera de algo más que una conmemoración anual de la Navidad. Es la espera de una nueva intervención de Dios en nuestra vida.

En este sentido, el Adviento constituye la expresión litúrgica de un aprendizaje fundamental: saber esperar a Dios y ajustarnos a “sus tiempos”; saber aguardar la “hora de Dios” en nuestra vida.

Quizá todos nos hemos impacientado alguna vez con Dios por no concedernos un favor, una gracia, algo que le pedíamos y necesitábamos “con urgencia”. Pero Dios conoce nuestro “tiempo real”. Y sabe cuándo es “la hora precisa” de darnos algo.

Dios forja y purifica nuestro corazón en la fragua de la espera. Propiamente, Dios no necesita tiempo para darnos algo. Él vive “fuera del tiempo”. Somos nosotros los que lo necesitamos para recibir con madurez sus dones. Y por eso, Dios “nos hace esperar”. Así nos dilata el corazón, como decía san Agustín; lo hace más apto y capaz de acoger sus gracias.

La espera cristiana es, en este sentido, una virtud: la de aceptar los tiempos de Dios en nuestra vida.

Esperar a los demás

El Adviento nos propone, en segundo lugar, reaprender a esperar a los demás. Y vaya que es un aprendizaje difícil. No es raro que los demás nos desesperen. O porque no hacen pronto lo que esperamos de ellos, o porque no cambian o mejoran a la velocidad que nosotros queremos.

El Adviento no sólo simboliza nuestra espera de Dios; también simboliza lo que Dios nos esperó para venir al mundo.

Con enorme paciencia, Él fue preparándonos poco a poco, durante siglos, para su venida al mundo. Él sabía y sabe que el hombre requiere tiempo, mucho tiempo para crecer y madurar y dar frutos.

El Adviento nos invita a renovar también nosotros la conciencia del “tiempo real” que necesitan los demás para actuar, para cambiar, para dar resultados. Nos invita, incluso, a aceptar la posibilidad de que nunca cambien, al menos en la medida que quisiéramos.

¡Cuánta paciencia nos exige esperar a los demás! Pero también cuánta sabiduría hay en esa espera. Ciertamente, es lo que da mejores frutos. Lo decía Steven Covey: «con los demás, rápido es lento; y lento es rápido».

De este modo imitamos un poco mejor a Dios, que nos tiene tanta paciencia. De hecho, podríamos parafrasear el Padrenuestro y orar así: “tennos paciencia, como nosotros se la tenemos a los demás”.

Esperarnos a nosotros mismos

Finalmente, el Adviento nos invita a reaprender a esperarnos a nosotros mismos. Hay quienes, por personalidad, somos más acelerados. Nos queremos ver demasiado pronto con trofeos en la mano; sea por vanidad, sea por presunción, sea por una insana necesidad de autoafirmación.

Por ese camino, sin embargo, no se va muy lejos. La rapidez nunca ha producido frutos de calidad. Y tal vez por eso en nuestra vida –decía Amado Nervo– «la hora del fracaso llega muchas veces por querer anticipar la hora del éxito».

Saber esperarnos a nosotros mismos supone reconocer nuestros límites e inmadureces. Supone, en otras palabras, reconocer el “tiempo real” que necesitamos para asimilar nuestra vida y sus circunstancias sin prisas ni desalientos.

Quien no sabe esperar-se –subrayo el carácter reflexivo del verbo– tomará decisiones arriesgadas, si no es que temerarias. Someterse a la fatiga de la espera es siempre un ejercicio humanizador. Porque nuestro “tiempo real” exige saber retrasar ciertas cosas; saber esperar. O, como decimos también, dar “tiempo al tiempo”.

Siguiendo la misma lógica del Adviento, de algo podemos estar seguros: esa espera paciente y laboriosa dará los mejores frutos de nuestra vida.

María, Madre de la esperanza

En términos de espera, nadie ha sido más sensata que la Virgen María. Ella, como nadie, supo esperar la “hora de Dios”. Y Ella, como nadie, sabe esperar también “nuestra hora”. Ella es la verdadera Maestra del “tiempo real” en los planes de Dios y en nuestra vida. Por eso le rezamos en cada Ave María que ruegue por nosotros “ahora y en la hora” de nuestra muerte.

Que Ella, pues, nos inspire y enseñe el austero aprendizaje de la espera.


La Palabra de Dios debe ser la materia fundamental de nuestros diálogos con Dios en la oración personal. Ojalá que este comentario a la liturgia te sirva para la meditación durante la semana. Agradecemos esta aportación al P. Alejandro Ortega, L.C. (consulta aquí su página web)

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