Meditación: Mensajero y Mensaje

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La oración en el Espíritu Santo

II DOMINGO DE ADVIENTO

Acoger y escuchar

Dios ha venido instruyendo a su pueblo desde antiguo con diferentes mensajes y mensajeros, por boca de jueces y profetas, para preparar el corazón y así se halle dispuesto en el momento de la llegada del Mesías. Ha usado todas las formas posibles, desde el susurro al grito, desde la manifestación al ocultamiento, pero siempre con la intención de provocar la espera de la venida del Señor.

Este domingo, la liturgia de la Palabra es buen exponente de la pedagogía divina. Por un lado dice que se hable al corazón y por el otro que se grite. «Hablad al corazón de Jerusalén, gritadle» (Is 40, 2). En definitiva, se descubre el deseo de Dios de disponer a los suyos para el acontecimiento. «Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos» (Mc 1, 3).

Ante los mensajes reiterados, la disposición adecuada no es otra que acoger y escuchar, como indica el salmista: «Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos»» (Sal 84).

La actitud pertinente, por la que se detecta la coherencia entre el deseo y la vida diaria, es la paz interior, de ahí el consejo: «Mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él» (1Pe 3, 14).

Tiempo de paz

Los preparativos más acordes con la Navidad son los que conducen a la paz interior y a la paz comunitaria y social. Santa Teresa la recomienda. «¡Paz, paz!, hermanas mías, dijo el Señor, y amonestó a sus Apóstoles tantas veces. Pues creeme, que si no la tenemos y procuramos en nuestra casa, no la hallaremos en los extraños» (Moradas II, 9).

La paz del alma es compatible con el sufrimiento, pero si es de Dios se permanece anclado en la certeza de que de Dios es. «Tienen también estas almas un gran gozo interior cuando son perseguidas, con mucha más paz que lo que queda dicho, y sin ninguna enemistad con los que las hacen mal o desean hacer; antes les cobran amor particular» (Moradas VII, 3, 5).

Es tiempo de lucha y combate y no de un pacifismo mal entendido. ¡Cuánto cuesta mantener la paz en tiempos de inclemencia! Pero es justo el momento de saber que la paz es de Dios. «¡Oh Jesús! Y ¡quién supiera las muchas cosas de la Escritura que debe haber para dar a entender esta paz del alma! Dios mío, pues veis lo que nos importa, haced que quieran los cristianos buscarla, y a los que la habéis dado, no se le quitéis, por vuestra misericordia; que, en fin, hasta que les deis la verdadera, y las llevéis adonde no se puede acabar, siempre se ha de vivir con temor» (Moradas VII, 3,13).


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente (consulta aquí su página web)

 

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