La coronación de espinas y el Ecce Homo

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Acabado el martirio de los azotes, comiénzase de nuevo otro no menos injurioso, que fue la coronación de espinas. Porque vinieron a juntarse allí todos los soldados del presidente a hacer fiesta de los dolores e injurias del Salvador, y tejiendo primeramente una corona de juncos marinos, hincáronla por su sacratísima cabeza, para que así padeciese con ella con una parte sumo dolor, y por otra suma deshonra.

Muchas de las espinas se quebraban al entrar por la cabeza, otras llegaban, como dice san Bernardo, hasta los huesos, rompiendo y agujereando por todas partes el sagrado cerebro.

Y no contentos con este tan doloroso linaje de vituperio, vístenle de una púrpura vieja y rasgada, y pónenle por cetro real una caña en la mano, y hincándose de rodillas, dábanle bofetadas y escupíanle en la cara, y tomándole la caña de las manos, heríanle con ella en la cabeza, diciendo: Dios te salve, Rey de los judíos. No parece que era posible caber tantas invenciones de crueldades en corazones humanos. Porque cosas eran estas que si en un mortal enemigo se hicieran, bastaran para enternecer cualquier corazón. Mas como era el demonio el que las inventaba, y Dios el que las padecía, ni aquella tan grande malicia se hartaba con ningún tormento, según era grande su odio, ni a aquella tan grande piedad bastaban todos estos trabajos, según era grande su amor.

Mas tu, ánima mía, deja de considerar ahora la crueldad de los hombres y la malicia de los demonios, y vuelve los ojos a considerar la figura tan lastimera que allí temía el más hermoso de los hijos de los hombres: ¡Oh pacientísimo y clementísimo Redentor!, ¿qué figura es esa tan dolorosa, qué martirio tan nuevo, que mudanza tan extraña? ¿Eres tú Aquél que poco antes discurrías por las ciudades, predicando y haciendo tantas maravillas? ¿Eres tú Aquél que poco antes en el monte Tabor resplandeciste con figura celestial y vestiduras de nieve? ¿Eres tú Aquél testificado con voces del cielo por Hijo de Dios y Maestro del mundo? Pues ¿cómo se perdió aquella hermosura tan grande? ¿Qué se hizo aquel resplandor de tu cara? ¿Dónde están las vestiduras de nieve? ¿Qué es de la gloria del Hijo? ¿Qué es de la dignidad y pompa del Rey? ¿Éste es el reino que te tenían aparejado? ¿Ésa es la corona, y la púrpura, y el centro, y las ceremonias de Rey?

Ésta es, Señor, la cura de mi soberbia, ésta la satisfacción de mis atavíos y regalos, éste el dechado de la verdadera paciencia y humildad, éste el camino de la cruz para el reino, y éste el ejemplo de menosprecio del mundo. Esto me predican tus llagas, esto me enseñan tus deshonras, esto es lo que leo en el libro de tu pasión.

Pues como el presidente tuviese claramente conocida la inocencia del Salvador, y viese que no su culpa sino la envidia de sus enemigos le condenaba, procuraba por todas vías librarle de sus manos. Para lo cual le pareció bastante medio sacarlo así como estaba a vista del pueblo furioso: porque Él estaba tal, que bastaba la figura que tenía, según él creyó, para amansar la furia de sus corazones. Pues tú, oh ánima mía, procura hallarte presente a este espectáculo tan doloroso, y como si ahí estuvieras, mira con grande atención la figura que trae este, que es resplandor de la gloria del Padre, por restituirte la que tu perdiste cuando pecaste. Mira cuan avergonzado estaría allí en medio de tanta gente, con su vestidura de escarnio colorada y mal puesta, con su corona de espinas en la cabeza, con su caña en la mano, con el cuerpo todo quebrantado y molido de los azotes pasados, las manos cruelmente atadas, y todo encogido y ensangrentado. Mira cuál estaba aquel divino rostro, hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podría con ellas a limpiar los hilos de sangre que por los ojos caían: y así estarían aquellas dos lumbreras del cielo eclipsadas y cuasi ciegas, y hechas un pedazo de carne y de sangre.

Finalmente, tal estaba su figura, que ya ni parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por manos de aquellos malvados sayones y de aquel cruel presidente, a fin de que abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura.

Vida de Cristo