Contemplación de Cristo llevando la cruz

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Mas como todo esto nada aprovechase, dióse por sentencia que el Inocente fuese condenado a muerte, y muerte de cruz. Y para que por todas partes creciese su tormento y su deshonra, ordenaron sus enemigos que Él mismo llevase sobre sí el madero en que había de ser justiciado.

Toman, pues, aquellos crueles carniceros el santo madero, que según se escribe era de quince pies, y cárganlo sobre los hombros del Salvador, el cual, según los trabajos de aquel día y de la noche pasada, y la mucha sangre que con los azotes había perdido, apenas podía tenerse en pie y sustentar la carga de su proprio cuerpo; y sobre esta le añaden tan grande sobrecarga como era el peso de la cruz.

En este paso puedes considerar por una parte la mansedumbre inestimable del Salvador, y por otra la crueldad grande de sus enemigos: porque ni la mansedumbre pudo ser mayor, ni tampoco la crueldad. ¿Qué mayor crueldad que desde la hora de la pasión hasta el punto de la muerte no darle una sola hora de reposo, sino añadir siempre dolores a dolores y tormentos a tormentos? Uno le prende, otro le ata, otro le acusa, otro le escarnece, otro le escupe, otro le abofetea, otro le azota, otro lo corona, otro le hiere con la caña, otro le cubre los ojos, otro le viste, otro le desnuda, otro le blasfema, otro le carga la cruz a cuestas, y todos finalmente se ocupan en darle tormento. Vuelven y revuelven, llevarlo y traerlo de juicio en juicio, de tribunal en tribunal, de pontífice a pontífice, como si fuera un loco de atar o un público ladrón.

Pues ¿quién no se moverá a piedad, considerando un hombre tan manso y tan inocente, y que había hecho tantos bienes a los hombres, y curándolos de tantas enfermedades, y predicándoles tan maravillosa doctrina, y después le ve llevar con una cruz a cuestas por las calles públicas con tanta ignominia? ¡Oh crueles corazones!, ¿cómo no os mueve a piedad tanta mansedumbre? ¿Cómo podéis hacer mal a quien tanto bien os ha hecho? ¿Cómo no miráis siquiera esta tan grande inocencia, pues provocado con tantas injurias, ni os amenaza, ni se queja, ni se indigna contra vosotros?

¡Quién me diera, oh buen Jesús, que yo te pudiera dar un poco de refrigerio en esa tan grande agonía! Toda la noche has velado y trabajado, y los crueles sayones a porfía se han entregado en ti, dándote bofetadas y diciéndote injurias, y después de tan largo martirio, después de enflaquecido ya el cuerpo y desangrado con tantos azotes, cargan la cruz sobre tus delicadísimos hombros y así te llevan a ajusticiar. Oh delicado cuerpo, ¿qué carga es ésa que llevas sobre ti? ¿A do caminas con ese peso? ¿Qué quieren decir esas insignias tan dolorosas? Pues ¿cómo? ¿Tú mismo hablas de llevar a cuestas los instrumentos de tu pasión?

Aquí, oh ánima mía, lleva el Señor sobre sí toda la carga de tus pecados: dale gracias por ese tan grande beneficio, y ayúdale a llevar esa cruz por imitación de su ejemplo, y síguelo con las lágrimas de esas piadosas mujeres que le van acompañando, y mira sobre todo esto que si eso se hace en el madero verde, en el seco ¿qué se hará?

Vida de Cristo