Reconocimiento del pecado y del amor de Dios

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Y si contejando los bienes que con vos Dios ha hecho y los males que vos a Él, no sintieres vergüenza y dolor como deseáis, no os turbéis por ello, mas perseverad en aqueste juicio, y presentad delante los ojos de Dios vuestro corazón tan llagado y tan adeudado. Suplicadle que os diga Él quién vos sois y en qué posesión os habéis de tener. Porque el efecto de este ejercicio no es solamente entender que sois mala, mas sentirlo y gustarlo con la voluntad, y hallar tomo en vuestra maldad e indignidad, como quien tiene un perro muerto a sus narices.

Y por eso estas consideraciones que os he dicho no han de ser apresuradas, trabajando luego por llegar a cosas semejantes, mas han de ser largas y despacio, y con mucho sosiego, para que poco a poco se vaya embebiendo en vuestra voluntad aquel desprecio o indignidad que con el entendimiento pensastes. El cual pensamiento habéis de presentar delante de Dios, pidiéndole y esperándole que Él lo asiente y haga embeber en vuestra voluntad, estimándoos de ahí adelante, con mucha sencillez y verdad, como una persona muy mala o indigna de todo bien, y merecedora de todo desprecio y tormento, y como una cosa infernal, maravillándoos mucho de la infinita benignidad del Señor, cómo a un gusano hediondo no lo alanza de sí, más mantiénelo y regálalo, y le hace mercedes, todo para gloria de Él, sin que tengamos nosotros de qué gloriarnos.

Audi filia