Cómo purificar nuestra intención

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Para inclinar más fácilmente tu voluntad a querer en todas las cosas el agrado y honra de Dios, deberás considerar que su bondad infinita te ha prevenido con sus beneficios y misericordias, amándote, honrándote, y obligándote en diversos modos. En la creación, formándote de la nada a su imagen y semejanza, y dando el ser a todas las demás criaturas para que te sirvan (Genes. I). En la redención, enviando no un ángel, sino a su unigénito Hijo (Hebraeor. I. 2.–I Joann. IV, 9), para rescatarte, no a precio de plata ni de oro, que son cosas corruptibles, sino de su propia sangre (I Petr. I). En la Eucaristía, ofreciéndote, en este inefable y augusto Sacramento, el cuerpo de su unigénito amado en comida y alimento de vida eterna (Joann. VI). Después de esto no hay hora ni momento en que no te conserve y te proteja contra el furor y envidia de tus enemigos, y en que no combata por ti con su divina gracia. ¿No son éstas, hija mía, señales y pruebas evidentes del amor que te tiene este inmenso y soberano Dios? ¿Quién podrá comprender hasta dónde llega la estimación y aprecio que esta Majestad infinita hace de nuestra vileza y miseria, y hasta dónde debe llegar nuestra gratitud y reconocimiento con un Señor tan alto y liberal, que ha obrado y obra por nosotros cosas tan grandes y maravillosas?(El Combate Espiritual, Lorenzo Scupoli)