La seducción de la vanagloria

El siervo de Dios que no vive muy advertido en el amor propio y con cautela, empieza ordinariamente sus obras sin otra intención o fin que agradar a Dios; pero después, poco a poco, y sin conocerlo, se deja inducir y llevar a la vanagloria. Porque olvidándose de la divina voluntad, se aplica y aficiona al solo placer y gusto que halla en su trabajo, y no mira sino la utilidad o la gloria que le puede resultar; de manera que, si el mismo Dios le impide el progreso de su obra con alguna enfermedad o accidente, o por medio de alguna criatura, se turba, se enoja y se inquieta, y a veces murmura, ya contra éste, ya contra aquél, por no decir contra el mismo Dios. De donde viene a conocerse con claridad que su intención no era recta y pura, y que nacía de un mal principio; porque cualquiera que obra por el movimiento de la gracia y con intención pura de agradar a Dios, no se inclina ni aficiona más a un ejercicio que a otro; y si desea alguna cosa, no pretende obtenerla sino en el modo y tiempo que Dios quiere; sujetándose siempre a las órdenes de su providencia, y quedando en cualquier suceso, favorable o contrario, igualmente tranquilo y contento; porque no quiere ni desea sino solamente el cumplimiento de la voluntad divina.(El Combate Espiritual, Lorenzo Scupoli)