Nuestra fragilidad nos hace comprensivos

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San Bernardo repite con el comentario de un proverbio: «El que está sano no siente el mal de otro, el que ha comido bien no conoce el tormento del que padece hambre. Cuanto más semejante es un enfermo a otro y un hambriento a otro hambriento, más profundamente se compadecen de su mal… Para sentirse desgraciado con la desgracia de los demás, es preciso ante todo experimentarla en sí mismo. Solamente conociéndonos a nosotros mismos podremos encontrar el alma del prójimo en la nuestra y saber cómo podemos prestarle ayuda» (De gradibus humilit., cap. 3). Aprendamos estas lecciones. Mientras estamos de pie no podemos ni disculpar ni comprender en los demás caídas que nos escandalizan, que nos sublevan. ¿Cuántas veces una secreta soberbia, disfrazada de celo, nos lleva a la indignación? Pero que una falta semejante nos tire por tierra, y pronto la compasión sustituirá a la severidad. Entonces comprendemos la sentencia de San Agustín: «No hay pecado posible en un hombre con el que yo no pueda mancharme.» Y la frase de la Imitación de Cristo: «Todos somos frágiles; pero tú a nadie tengas por más frágil que tú.» (José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas)