No perder la paz en el combate espiritual

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Para combatir con mayor eficacia el desasosiego que es tan perjudicial, San Francisco de Sales procura descubrir cuál es la causa ordinaria, por no decir única, de esta falta de paz. Es el amor propio, el buscarse a sí mismo. Ya lo había dicho Santa Teresa: «con verdadera humildad, aunque el alma se reconozca mala, y por ello esté triste, esta tristeza no va acompañada de turbación ni de inquietud; no produce en el espíritu ni oscuridad ni aridez, sino por el contrario, consuelo. El alma se aflige de haber ofendido a Dios, pero por otra parte se dilata en la esperanza de su misericordia. Tiene luz para confundirse ella misma y para alabar a Dios, que tanto la ha sufrido. Mas en la humildad falsa, que da el demonio, no hay luz para cosa alguna buena. Parece que Dios pone todo a sangre y fuego. Es ésta una invención del demonio de las más perniciosas, sutiles y disimuladas, que yo he entendido de él» (Vida). Por eso, perturbarse después del pecado es un mal muy corriente. «Humillarse por las propias miserias, ha dicho un santo sacerdote, es muy bueno y pocas personas lo comprenden; inquietarse y perder la paciencia es cosa que todo el mundo hace, pero es cosa mala, porque en esta especie de inquietud y de enfado es el amor propio el que tiene la mayor parte» (J J. ALLEMAND). Federico Ozanan añade: «Hay dos clases de orgullo: el que está contento de sí mismo, que es el más corriente y el menos peligroso; y el que está descontento de sí, porque esperaba mucho de él mismo y se ha visto defraudado en su esperanza. Esta segunda especie de orgullo es mucho más refinada y peligrosa.» (José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas)