Nadie está seguro en su castidad

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Entre las miserables caídas de castidad que en el mundo ha habido, no es razón que se ponga en olvido la del Santo Rey y Profeta David; que por ser ella tan miserable, y la persona tan calificada, pone un escarmiento tan grande a quien la oye, que no hay quien deje de temer su propia flaqueza. La causa de aquesta caída dice San Basilio que fue un liviano complacimiento que David tomó en sí mismo, una vez que fue visitado de la mano de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a decir: Yo dije en mi abundancia: No seré ya mudado de este estado para siempre. Mas ¡oh cuan al revés le salió! ¡ y cómo después entendió lo que primero no entendía, que (Eccl., 7, 15) en el día de los bienes que tenemos, nos hemos de acordar de los males en que podemos caer! Y que se debe tomar la consolación divinal con peso de humildad, acompañada del santo temor de Dios, para que no pruebe lo que el mismo David luego dijo (Ps., 29, 8): Quitaste tu faz de mí, y fui hecho conturbado. (Juan De Ávila, Audi filia)