María, culmen de la historia de Israel

¡Oh prole, de veras ilustre, noblemente engrandada de la insigne prosapia de los patriarcas, generosamente producida de raza sacerdotal, dignísimamente derivada de la dignidad pontifical, verísimamente anunciada por el coro de los profetas, ilustrísimamente salida de estirpe real, rectísimamente originada de la línea de David, clarísimamente desgajada de la nobilísima tribu de Judá, felicísimamente engendrada de la tribu de Israel, singularísimamente elegida de en medio del elegido pueblo de Dios, por ordenación divina serenísimamente nacida a la luz del mundo de padres santos y religiosos, agradables a Dios! ¡Oh dichosa e intacta Virgen María, digna de toda alabanza y honor, a la que no podemos menos que rendirle amor y reverencia ilimitados! ¡Oh de las vírgenes espléndida perla! Tú desde el principio y antes de los siglos fuiste predestinada por Dios para dar a luz, en el tiempo fijado al Redentor del mundo. Por ti suspiraron los patriarcas y te anunciaron los profetas; muchos reyes y justos te adoptaron. El devotísimo pueblo de Israel te guardó por mucho tiempo; y al fin, gracias a la misericordia de Dios, apareciste en carne visible ante el mundo que yacía enfermo. ¡Oh sagrada e ilustrísima Virgen María! ¡Cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!(Kempis – La Imitación de María)