Los efectos provechosos de nuestras caídas

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A veces, para castigar la soberbia, Dios permite caídas groseras en pecados vergonzosos. Estos pecados, dicen los Doctores, son menos graves que la soberbia, y la misericordia divina se sirve de ellos para espantar, despertar y reducir al alma orgullosa, para que humillada con esto, se levante de su confusión. De la misma manera que un hábil médico —añade— con el fin de curar una enfermedad más grave, permite en un enfermo los accesos de un mal más doloroso tal vez, pero menos peligroso. Luis Veuillot ha escrito acertadamente a este propósito: «Es una gracia concedida a la miseria del hombre el tener algún desliz, cuando los pasos firmes y seguros debían llevarlo a las funestas cimas del orgullo.» San Juan Crisóstomo hace reflexiones análogas: «Algunas veces Dios permite que los pecados de almas nobles y grandes sean conocidos. Se iban insinuando en ellas intenciones de vanidad. El Señor, por medio de esas faltas, quiere despojarlas de la gloria mundana por la cual arrostraron toda clase de peligros, y al mostrarles que es efímera como la flor de los campos, las obliga a que se dediquen a Él sin reservas, y a que le consideren como el único fin de todas sus acciones» (Exhortat. ad Stagyr., n. 9). (José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas)