Llamado a la bienaventuranza

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Dios mío, yo adoro vuestra grandeza y vuestra bondad. La grandeza, que impone vuestra gloria a toda criatura, sin que nada pueda sustraerse a ella. La bondad, que llama a sus criaturas de predilección a los honores del banquete divino. ¡Dios mío! Yo soy uno de los llamados; haced que no sea uno de los indignos. “¡Los llamados son muchos, los escogidos tan pocos!”. ¡Y por vuestra gloria quisiera tanto ser del número de los escogidos! Deseo sentarme en el festín de vuestra eternidad; no sólo ni principalmente para gozar de Vos, sino sobre todo para rendiros la perfecta alabanza que resultará de mi unión con Vos. ¡Oh! ¡Que mi alabanza sea perfecta, Dios mío! ¡Que mi vida se dilate a fin de extender vuestra gloria! La plena bienaventuranza de esta alabanza es lo que deseo, lo que espero y lo que pido. Por esto, Señor, por la gloria de vuestro nombre, libradme de todo lo que retarda mi unión a Vos (José Tissot, La vida interior)