La verdadera libertad

Cuando en cada instrumento veo lo que puede servirme para ir a Dios, cuando mi amor se adhiere a esto, llego a emplear cada cosa en la medida en que me sirve para la gloria divina que veo y amo sobre todo lo demás. Si, en efecto, nada veo ni estimo tanto como esta utilidad divina de mis instrumentos, los emplearé según su utilidad…, ni más… ni menos… Llegar a esto es obrar con gran libertad, digo mejor, esto es la libertad. Estas palabras “ni más… ni menos” indican bien, en efecto, el grado de libertad a que debe llegar mi acción: debo llegar a ser suficientemente dueño de mis instrumentos para poder libremente tomarlos, emplearlos o dejarlos, según su utilidad; utilizar cada cosa en cuanto es o puede ser conducente para la gloria de Dios, sin que mis gustos me hagan rebasar la medida ni mi repugnancia me impida completarla; emplear lo que es útil, en tanto en cuanto es útil; apartar lo que sea perjudicial, en cuanto lo sea; no permitir que mi acción sea modificada en su fondo por ninguna preferencia o repugnancia de mi naturaleza, es tener la grande, la soberana, la real libertad de los hijos de Dios. Y a esta plena libertad de acción es a la que soy llamado. Que mi espíritu permanezca en la verdad, mi corazón en la caridad y mis acciones en la libertad, y cumpliré todas las obligaciones de mi vida.   (José Tissot, La vida interior)