La fe como participación en la vida de Dios

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Santo Tomás de Aquino dice que la fe nos aproxima al conocer de Dios. Al participar en la vida de Dios, empezamos a apreciarlo y a verlo todo como si lo hiciéramos con sus ojos (omnia quasi oculo Dei intuemur). La participación mediante la fe en la vida de Dios hace que nos convirtamos en hombres nuevos, que entendamos de una nueva manera la realidad, que tengamos una nueva visión, tanto de Dios como de la realidad temporal que nos rodea. En esta realidad temporal empezamos a advertir la actuación de la primera causa, Dios. Advertimos su presencia y su actuación tanto en nosotros como en el mundo de la naturaleza y de la historia. Advertimos que él es el autor, el creador de todo, y que lo que conocemos solamente de una manera humana y profana no es la totalidad de la realidad, sino que apenas es la visión de su aspecto externo, la captación de las causas secundarias, de las cuales se sirve Dios. La fe es una virtud que hace posible el contacto con Dios, y está en las bases de la vida sobrenatural. Puesto que es el fundamento de toda actividad sobrenatural, todo se realiza gracias a ella. La actividad de la vida sobrenatural está determinada por los aspectos positivos y las deficiencias de nuestra fe. Las dificultades de la vida sobrenatural siempre están relacionadas con la debilidad de la fe. La fe es la virtud fundamental, porque nos ofrece la posibilidad de participar en la vida de Dios. La fe es la participación en el pensamiento de Dios, es como una especie de razón sobrenatural asentada sobre las aptitudes naturales del alma. La fe nos capacita para pensar como Dios, para pensar así, tanto sobre nosotros mismos, como sobre todo lo demás con lo que tenemos contacto. De ahí que tener fe signifique armonizar nuestro pensamiento con el suyo; identificamos con su pensamiento. (Tadeuz Dajczer, Meditaciones sobre la fe).