La esperanza es un deber

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Dice Mons. Gay, refiriendo la frase de San Juan: Dios es amor (4, 8): «Dios ama, Dios nos ama: nos ama porque es amor. Existir, amar, y ahora que existimos, amarnos es para Él una sola y misma cosa, una sola y misma necesidad. Así, pues, ¿no es la esperanza un deber para nosotros? Podemos temer excedernos en la esperanza? ¿Tendrá excusa la desconfianza, si todavía la hay en nosotros? El pecado se opone a Dios porque le ofende, pero nunca le cambia. Dios modifica sus actos, pero no sólo no modifica su esencia, sino que ni siquiera cambia su disposición primordial y sustancial para con nosotros: el amor que nos tiene. Frente a nuestra nada, su bondad se convierte en amor; frente al pecado, su amor se convierte en misericordia; y con esto queda todo dicho. Queda todo dicho, pero con una condición: que el pecador tenga esperanza; en cierto sentido, nadie tiene tantos títulos como el pecador para esperar en Dios. No hay duda de que la Santidad divina tiene tal horror al pecado, que su Justicia se ve obligada a castigarnos con penas espantosas; pero, precisamente por eso, la Misericordia de Dios se conmueve más por ésta que por todas las otras desgracias que pudieran herirnos. Si se le mira por el lado de la pena que merece, el pecado es la pérdida de Dios, o cual es el mal supremo y verdaderamente la miseria absoluta. ¿A dónde ha de ir la misericordia más grande, sino a la más grande miseria? Ésta es la razón por la cual la Misericordia divina se mueve por sí misma, con el fin de que el pecador se arrepienta, tenga confianza, obtenga el perdón y se salve. De todo esto se deduce que la misma vehemencia de la cólera divina, es en Dios una fuente nueva y más viva de piedad y bondad; y es para todos nosotros un fundamento nuevo de esperanza» (La vida y las virtudes cristianas. La Esperanza). (José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas)