La caridad no es ociosa

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Observemos al Hijo de Dios. Nadie como Nuestro Señor se ha visto arrebatado por el amor hacia las criaturas hasta el punto de dejar el trono de su padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a enfermedades.
Y ¿por qué? Para establecer entre nosotros, mediante su palabra y su ejemplo, la caridad con el prójimo. Es éste el amor que le ha crucificado y que ha cumplido la obra admirable de nuestra redención. Si tuviéramos un poco de este amor ¿Nos quedaríamos de brazos cruzados? ¡Oh, no! La caridad no puede estar ociosa, ella nos empuja a procurar la salvación y el alivio a los demás.

Conferencias a sacerdotes en misión