La acción y los engaños del demonio

De un solitario leemos, al cual el demonio apareció mucho tiempo en figura de Ángel de Dios, y le decía muchas revelaciones, y hacía que cada noche relumbrase la celda, como si en ella hubiera lumbre de alguna vela o candil; después de todo lo cual lo persuadió que matase a su propio hijo, para que fuese igual en merecimientos al Patriarca Abraham. Lo cual el solitario engañado se aparejaba a hacer, si el hijo que lo sospechó no se fuera huyendo. A otro apareció también en figura de Ángel, y le dijo mucho tiempo muchas verdades para acreditarse con él; y después dijóle una gran mentira contra la fe, la cual el otro engañado creyó. También leemos de otro, que después de haber vivido cincuenta años con muy singular abstinencia, y con guarda de soledad más estrecha que cuantos estaban en aquel yermo, le hizo el demonio entender en figura de Ángel que se echase en un hondísimo pozo, para que por experiencia probase que a quien tanto había servido a Dios como él, ni aquello ni otra cosa le podía empecer (empecer: dañar). Todo lo cual él creyó, y lo puso por obra; y siendo con mucho trabajo sacado medio muerto del pozo, y siendo amonestado por los santos viejos del yermo que se arrepintiese de aquello, porque había sido ilusión del demonio, no lo quiso creer ni hacer. Y lo que peor es, que aunque murió al tercero día, tenía tan metido el engaño en su corazón, que aun viéndose morir por causa de la caída, creyó todavía que había sido revelación de Ángel de Dios. ¡Oh, cuánto conviene a los aprovechados en la virtud vivir en el santo recelo de sí, como gente, que aunque tengan conjeturas de que están bien con Dios, mas no certidumbre; ni saben si son dignos de amor o de aborrecimiento en el tiempo presente, y menos lo que será de ellos en el tiempo que les resta de vivir! (Juan De Ávila, Audi filia)