25 junio,2013

Jesús le da la fuerza para vencer al demonio y burlarse de él

Lunes, 23 de julio. Además hoy Jesús me ha demostrado que sigue queriéndome, no como antes, de unirme a él o recogiéndome, pero de otra forma. Me fui a la cama, me quedé dormida, y como dormía tan bien; después de un cuarto de hora (porque mi sueños son cortos), vi al final de la cama, en el suelo, al mismo hombrecito, negro, negro, pequeño, pequeño. Entendí quien era y me di fuerza y me dije: “¿Es que has comenzado nuevamente a no dejarme dormir?”. “¡Cómo! ¿Dormir?”, me contestó. “¿Por qué no rezas?” “Rezaré más tarde”, le dije. “Ahora duermo”. “Son dos días que no logras recogerte; bien, deja que yo me encargo”. Comenzaba a darme algunos golpecitos, tomé el crucifijo en la mano, pero era inútil. Estaba por colocarse sobre mí y golpearme todo lo que pudiera. No sé porqué ocurrió lo siguiente: vi que saltaba con toda fuerza y daba vueltas en el suelo. Yo me reía: hoy me pareció no tenerle miedo. Me dijo: “Hoy no puedo hacerte nada pero lo guardo para una próxima vez”. Le pregunté: “¿Pero por qué no puedes? Si otras veces sí has podido, puedes muy bien hacerlo todavía: yo sigo siendo la misma, solamente que tengo a Jesús en el cuello”. Entonces me dijo: “La que está en este cuarto, ¿que te ha hecho? Déjate quitar esa ropa de encima, y luego verás”. Yo insistí en no tener nada, porque estaba durmiendo, pero entendía de quien quería hablar. Después de estas palabras me quedé contenta en mi cama y me reía, mirano los gestos que hacía y la rabia que se lo comía. Me decía que si rezaba me haría sufrir más. “No me importa”, le decía. “Sufriré por Jesús”. En fin hoy me he divertido demasiado: lo veía tan enojado; me ha prometido que me las reserva para después. Ha esperado a esta noche, pero gracias a Dios no pudo durar por mucho tiempo: me hizo triturar tres veces bien fuerte, que después, para irme a la cama, necesité mucho tiempo. En algunos momentos corre tan lejos y con tanto susto que no se que pueda tener. Me dejó que apenas podía moverme. Cuando llamé a Jesús, qué va, nunca llegó; recé a mi ángel de la guarda que me condujera hacia Jesús, pero todo fue inútil. Se quedó un rato conmigo y me dijo: “Esta noche Jesús no viene ni siquiera para bendecirte, y yo tampoco te voy a bendecir esta noche”. Me asusté, porque si Jesús no me bendecía con fuerza, yo no me hubiese podido levantar: no tenía nada más en mi lugar. Vio entonces que estaba por llorar y dijo: “Nos envía Jesús, sabes. Y si tú supieras quien te envía esta noche, te sentirías muy contenta”. Mi mente entonces voló de inmediato al ángel Gabriel. Le pregunté, pero no dio respuesta alguna; me dejó por cierto tiempo en zozobra y con curiosidad. Por fin me dijo: “Pero si Jesús envía al ángel Gabriel para bendecirte, ¿tú qué harás? No hablarle, porque si no desobedeces al confesor”. “No, no hablo”, contesté impaciente;; “¿pero cómo puede bendecirme el ángel Gabriel?”. “Pero es Jesús quien lo envía; sin embargo Jesús ya lo ha enviado otras veces para bendecirte. Pero ¿lograrás quedarte callada y obedecer?”. “Sí, sí obedeceré; déjalo venir”. Después de algunos minutos vino. ¡Qué angustia sentí! Hubiese querido… pero fui buena, me retuve. Me bendijo con algunas palabras latinas, que se me quedaron grabadas en mi mente, y de inmediato se fue. Entonces no pude evitar decir: “Ángel Gabriel, ruega por nuestra Madre para que el sábado te traiga, y te permita quedarte bastante tiempo”. Se giró y me dijo riéndose: “Que seas buena”, y mientras lo decía se quitó de la cintura una cinta negra y dijo: “¿La quieres?”. Si claro que si la quería: “Me hace tanto bien, dámela ahora “. Me dijo con un gesto que no, que me la daría el sábado, y me dejó. Me dijo que esa cinta era la que la noche anterior me había librado del diablo.