Jesucristo, cabeza del Cuerpo Místico

189

El mérito, fruto y propiedad de la gracia, tiene, si así puedo expresarme, la misma extensión que la gracia en que se funda. Jesucristo está lleno de la gracia santificante, en virtud de la cual puede merecer personalmente para sí mismo. Pero esta gracia de Jesús no se detiene en El, no posee un carácter únicamente personal, inmanente, sino que es trascendente, goza del privilegio de la universalidad. Cristo ha sido predestinado para ser nuestra cabeza, nuestro jefe, nuestro representante. El Padre Eterno quiere hacer de El «el primogénito de toda criatura»; y como consecuencia de esta eterna predestinación a ser jefe de todos los elegidos, la gracia de Cristo, que es de nuestro linaje por la encarnación, reviste un carácter de eminencia y de universalidad cuyo fin no es ya santificar el alma humana de Jesús, sino hacer de El, en orden a la vida eterna, el jefe del género humano (es lo que se llama en Teología gratia capitis, gracia de jefe. Santo Tomás, III, q.48 a.1), y de aquí ese carácter social inherente a todos los actos de Jesús, cuando se los considera con respecto al género humano. Todo cuanto Jesucristo hace, lo hace no sólo por nosotros, sino en nuestro nombre; por eso San Pablo nos dice que «si la desobediencia de un solo hombre, Adán, nos arrastró al pecado y a la muerte, fue, en cambio, suficiente la obediencia, ¡y qué obediencia!, de otro hombre que era Dios al mismo tiempo para colocarnos a todos otra vez en el orden de la gracia» (Rm 5,19). Jesucristo, en su calidad de cabeza, de jefe, mereció por nosotros, del mismo modo que ocupando nuestro lugar satisfizo por nosotros. Y como el que merece es Dios, sus méritos tienen un valor infinito y una eficacia inagotable (no hay que decir que los méritos de Cristo deben sernos aplicados para que experimentemos su eficacia. El Bautismo inaugura esta aplicación; por el Bautismo somos incorporados a Cristo y nos hacemos miembros vivos de su cuerpo místico: establécese un lazo entre la cabeza y los miembros. Una vez justificados por el Bautismo, podemos a nuestra vez merecer).